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Las falsas promesas del socialismo

La historia del siglo XX está marcada por la censura, la persecución política y, en casos extremos, por hambrunas y represiones masivas bajo regímenes que se proclamaban liberadores.

hace 6 horas
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  • Las falsas promesas del socialismo

Por David Yanovich - opinion@elcolombiano.com.co

Durante décadas, el socialismo fue presentado como la gran promesa moral de la modernidad: igualdad, justicia, dignidad para los olvidados. En nombre de esa aspiración se levantaron revoluciones, se expropiaron empresas, se colectivizó la tierra y se concentró el poder político bajo la premisa de que el Estado —encarnación supuesta del pueblo— sabría administrar mejor la economía y la sociedad. El resultado histórico, sin embargo, es mucho menos romántico y mucho más contundente.

Los datos están ahí. La Unión Soviética logró industrializarse rápidamente, sí, pero terminó estancada, con un PIB per cápita que nunca superó la mitad del estadounidense y con una economía incapaz de sostener el ritmo de innovación global. Europa del Este creció en los años de reconstrucción, pero quedó rezagada frente a sus vecinos occidentales. China, antes de abandonar la ortodoxia maoísta, tenía niveles de ingreso comparables a los países más pobres del planeta. Vietnam solo comenzó a despegar cuando introdujo reformas de mercado. Cuba universalizó servicios sociales, pero quedó atrapada en una productividad crónicamente baja y dependiente de subsidios externos.

El patrón se repite: el socialismo puede movilizar recursos de forma masiva en el corto plazo, pero fracasa en generar prosperidad sostenida. Y no es casualidad. Al abolir o restringir severamente la propiedad privada, al reemplazar el sistema de precios por planes quinquenales y al sofocar la iniciativa individual, destruye los mecanismos que permiten la asignación eficiente de recursos. Sin libertad económica no hay emprendimiento; sin emprendimiento no hay innovación; sin innovación no hay crecimiento real.

Pero el problema va más allá del crecimiento. El socialismo erosiona libertades civiles de manera casi inevitable. Cuando el Estado controla el empleo, la vivienda, la alimentación y los medios de producción, también controla las vidas. La disidencia se vuelve peligrosa porque desafía no solo a un gobierno, sino a la estructura completa de distribución de recursos. La historia del siglo XX está marcada por la censura, la persecución política y, en casos extremos, por hambrunas y represiones masivas bajo regímenes que se proclamaban liberadores.

Y la igualdad prometida tampoco llega. Lo que se impone es una igualdad por lo bajo: escasez compartida, salarios comprimidos, bienes racionados. Mientras tanto, surge una nueva élite —los “elegidos” del partido, la nomenklatura, los cuadros dirigentes— con acceso privilegiado a mejores viviendas, productos importados y oportunidades exclusivas. Se elimina la desigualdad abierta del mercado para sustituirla por una desigualdad opaca, política y arbitraria.

Al final, el balance es claro: el socialismo tiende a reducir la libertad económica y civil, crea incentivos perversos, desalienta la productividad y termina empobreciendo la calidad de vida relativa de sus ciudadanos frente a sociedades abiertas. Puede mejorar ciertos indicadores básicos cuando parte de condiciones muy precarias, pero no logra sostener la prosperidad ni garantizar la libertad.

La evidencia histórica es amplia y consistente. La pregunta no es si el ideal suena noble, sino si el modelo funciona. Y, una y otra vez, los resultados muestran que no.

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