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La nueva inquisición progresista

Nadie tiene derecho a censurar el afecto entre dos adultos, pero tampoco nadie tiene derecho a ejercer de juez, jurado y verdugo digital.

06 de noviembre de 2025
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  • La nueva inquisición progresista

Por Diego Santos - @diegoasantos

Esta semana, un joven expuso a la hoguera violenta de las redes a una mamá que esta le tapó los ojos a su hijo cuando éste primero se besó con su novio. Si bien el rechazo de la madre en pleno siglo XXI no estuvo bien, mucho menos lo fue la reacción del muchacho, quien subió una foto de ella en X para denunciarla por “homofobia”.

Les soy franco; me abrumó más la intransigencia del joven que la de la mamá. Vivimos en una época paradójica. Los que hace unos años pedían tolerancia, hoy la niegan. Los que clamaban por la libertad de expresión, hoy la restringen a quienes no piensan como ellos. Los que se presentaban como víctimas del señalamiento, hoy se han convertido en los verdugos morales de todo aquel que no aplauda su credo.

Detrás del aparente acto de denuncia del joven se escondió otra cosa: la intención de un linchamiento público.

Esa mujer, cuya única “culpa” fue expresar una opinión indirecta —intolerante, sí, pero opinión al fin y al cabo— quedó expuesta ante más de 10 millones de personas. Su rostro circuló sin su consentimiento, su intimidad fue violada, y ahora corre el riesgo de perder su trabajo, su tranquilidad o incluso su seguridad personal. Todo porque alguien decidió que merecía ser cancelada.

¿Desde cuándo la libertad consiste en aplastar al que piensa distinto? ¿Desde cuándo la defensa de los derechos se volvió sinónimo de destruir al otro?

No se trata de justificar la actitud de la señora. Nadie tiene derecho a censurar el afecto entre dos adultos, pero tampoco nadie tiene derecho a ejercer de juez, jurado y verdugo digital. Esa es la lógica de las nuevas turbas del siglo XXI: los progresistas que se creen moralmente superiores, pero actúan con la misma violencia simbólica que tanto dicen repudiar.

La ironía es brutal. Antes, el odio se disfrazaba de religión. Hoy, el odio se disfraza de justicia social. Y en ambos casos, el resultado es el mismo: el miedo a opinar. Millones de personas callan por temor a ser señaladas, caricaturizadas o expuestas. La autocensura se volvió el nuevo orden moral. Y así, en nombre de la diversidad, se impone el pensamiento único.

El joven pudo haber respondido con altura, con un mensaje empático: “Ojalá un día nadie vea un beso entre dos hombres como una amenaza”. Eso era un gesto valiente. Pero prefirió la venganza, que degrada. Por eso lo llamé desgraciado, y por eso le deseo que todo el peso de la ley le caiga encima.

Porque lo verdaderamente peligroso no es que dos hombres se besen. Lo peligroso es que una sociedad empiece a creer que solo una verdad —la suya— tiene derecho a existir.
Es hora de empezar a decirlo sin miedo: la libertad no puede ser selectiva. Defender los derechos de unos no puede implicar silenciar a los demás. Porque cuando la tolerancia se vuelve herramienta de intimidación, deja de ser tolerancia y se convierte en tiranía.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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