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Maldita joven vejez

Veo a mi alrededor a personas de mi edad y los veo demacrados, algunos gordos y otros chupados, vestidos con ropa holgada y con los nuevos zapatos para viejos, los On o los Skechers.

23 de octubre de 2025
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  • Maldita joven vejez

Por Diego Santos - @diegoasantos

En honor a mi 69na columna en El Colombiano, hoy escribiré sobre algo muy distinto a lo que ustedes, mis queridos lectores, acostumbran a leerme. Y no, no será sobre sexo, faltaría más, por aquello del 69, sino de algo que me viene pasando: siento de forma irremediable que entré en la vejez. Y eso, desconocidos amigos, me tiene muy atormentado, pese a que estoy por cumplir 47 años, una edad en la que la mayoría de los hombres creen que aún están en sus veinte.

No sabría explicarles qué me llevó a esta maluca sensación. No sé si me sugestionó el uruguayo Mario Benedetti con su novela ‘La Tregua’, en la que el protagonista, un señor de 49 años, está próximo a jubilarse y el narrador lo describe como un hombre que pareciera de 80. O quizás fue un primo que tiene mi misma edad, que hace un par de años corrió una maratón por debajo de las dos horas y media, y el sábado pasado me dijo que ya éramos viejos, que él aspiraba a llegar con bienestar a los 50.

No ayudó tampoco el haberme encontrado en la Fundación Santa Fe de Bogotá con un amigo un año mayor que me dijo que tenía achaques en la espalda. —El médico me recomendó evitar deportes de choque, como correr. Es que ya no tenemos 20—. Y para más inri, llevo media hora tratando de acordarme de una conversación que tuve sobre la materia con alguien que tampoco recuerdo quién era.

Cada vez que salgo del carro, bufo como si me costara una vida el esfuerzo. El sonido ya me es casi tan natural como el parpadear. Mis hijas me ven y me dicen al tiempo “¡Ay, qué tierno, papi!”, seguido de una agarrada de los cachetes. —Es que tienes los cachetes como los de un viejito—, me dice la menor.

Veo a mi alrededor a personas de mi edad y los veo demacrados, algunos gordos y otros chupados, vestidos con ropa holgada y con los nuevos zapatos para viejos, los On o los Skechers. Envidio a los pelados de 30 y de 40 años. Seguro ellos no mojan el calzoncillo después de orinar. ¡Maldita joven vejez!

Y a propósito de esta columna, no puedo dejar de pensar que mi abuelo, Hernando Santos, quien fuera director de EL TIEMPO, escribió a los 77 años una columna titulada ´La Vejez´, una hermosa columna en la que acogía su edad y la felicidad de ver a los nietos crecer. Un par de semanas después, murió.

Yo no me voy a morir en un par de semanas, pues me niego a aceptar mi vejez y a abrazar la felicidad de ver a mis hijas crecer y que armen sus respectivas familias para así ver crecer a mis nietos. Nada de eso. No puedo caer en esa maldición de ser viejo a tan temprana edad, si de verdad me siento de veintipico. ¡Que viva mi eterna juventud!

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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