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No hay unión posible sin Uribe y Santos

Los problemas de Colombia no tienen un solo culpable, pero atribuirlos a una sola persona simplifica el debate y oxigena campañas políticas construidas sobre emociones primarias.

04 de diciembre de 2025
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  • No hay unión posible sin Uribe y Santos

Por Diego Santos - @diegoasantos

Yo soy de las personas que votó “Sí” en el plebiscito. Creí, sin titubeos, en la necesidad de una paz que sacara de la guerra a más de 13.000 combatientes y nos permitiera cerrar, aunque fuera parcialmente, un ciclo de violencia que cargamos como una losa. Pero creo de igual manera que, cuando el “No” ganó, así fuese por la mínima, el acuerdo debió archivarse. En democracia se vota, y en democracia se respeta el resultado. Punto.

Lo que vino después es historia conocida: negociaciones aceleradas, Nobel de Paz, modificaciones presentadas como sustanciales y un acuerdo refrendado por el Congreso. Juan Manuel Santos insiste en que no se le hizo conejo a los colombianos, que se incorporaron 56 de los 57 puntos propuestos por los líderes del No. No importa, al final lo que quedó en el ambiente fue la sensación de que la voluntad popular había sido ignorada. Una herida que sigue muy abierta.

Sin embargo, me resulta difícil digerir el odio visceral que una parte de la derecha profesa contra Santos. Ese sentimiento no nació por el plebiscito, sino que se incubó desde el momento en que Santos decidió separarse de Álvaro Uribe, cuando decidió hacer su propia presidencia.

La narrativa de que Santos es “el origen de todos los males actuales” se ha instalado con la fuerza de un tsunami en el debate digital. Quizás no es mayoritaria en el país real, pero sí domina el país virtual, ese que cada día dirige más la conversación pública. Esa narrativa, alimentada de manera grotesca y grosera, está desgarrando a Colombia, nos impide comprender el cuadro completo y nos hace perder perspectiva sobre las verdaderas causas de nuestro retroceso.

Los problemas de Colombia no tienen un solo culpable, pero atribuirlos a una sola persona simplifica el debate y oxigena campañas políticas construidas sobre emociones primarias. Esa simplificación, repito, le está haciendo un daño enorme al país. Nos vuelve hipócritas: intransigentes con lo que nos conviene y ciegos ante otros comportamientos. “Mi moral me impide apoyar a Juan Carlos Pinzón porque trabajó con Santos, pero no importa hacerlo por alguien que ha defendido a criminales que han matado a decenas de miles de colombianos”.

Ni Santos es el demonio que algunos quieren vender, ni Uribe es el D--s al que otros pretenden que rindamos pleitesía. Ambos tienen sombras y ambos tienen méritos. Ambos acertaron y ambos cometieron errores profundos. Así funciona la historia cuando se mira de frente.

La unión que hoy reclaman millones jamás ocurrirá si Uribe y Santos no se sientan a hablar. La llave la tienen ellos. Son los únicos capaces de enviar una señal inequívoca de madurez. El resto de precandidatos podrá hacer maromas, recorrer el país, grabar videos, untarse de pueblo y pelear en redes, pero mientras esa reunión, la que parece absurda e impensable, no se dé, el Pacto Histórico seguirá imbatible. Colombia no necesita que ellos se quieran. Necesita, simplemente, que por una vez entiendan que el país está primero.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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