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Recuperar lo irrecuperable

Creo que todos nos engañamos de alguna manera y lo hacemos para volver a aquellos momentos donde fuimos felices, aquellos que nunca podrán volver a reproducirse de la misma manera.

hace 47 minutos
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  • Recuperar lo irrecuperable

Por Sara Jaramillo Klinkert - @sarimillo

Crecí en un lugar repleto de árboles de mangos de una rara especie que nunca he vuelto a ver. Eran grandes, turgentes y tenían la particularidad de que no se maduraban nunca. Sin temor a equivocarme puedo decir que, durante los veintiocho años que viví en aquel lugar, comí mango biche absolutamente todos los días de mi vida. Como si la carga de acidez no fuera suficiente los bañaba en limón, pimienta y sal. Por supuesto mis encías se volvieron sensibles y ahora no los tolero, sin embargo, los sigo comprando. Supongo que me gusta verlos en el frutero, como si al hacerlo, pudiera retroceder más de treinta años y sentarme otra vez en las escalitas del jardín junto a mis hermanos cuando la vida era fácil y estábamos completos.

No recuerdo dónde leí la historia de un condenado a muerte que aguardaba leyendo en su celda la fecha de su ejecución. Cuando llegó el día, los guardias fueron a buscarlo y él, antes de cerrar el libro, dobló la esquina superior de la página en la que había interrumpido la lectura. No sé si tildarlo como un acto de resistencia, de esperanza o de negación de la realidad, de lo que sí estoy segura, es de que fue el último acto poético de su vida. Una forma de calmar su mente asegurándole una continuidad que no iba a producirse. A los seres humanos nos da tranquilidad saber que las cosas, tal y como las conocemos, no van a cambiar demasiado. Por eso inventamos relojes y calendarios, por eso nos miramos al espejo todos los días y nos empeñamos en establecer rutinas más o menos estables.

Muchos años después de perder la vista Borges confesó: «Yo sigo jugando a no ser ciego, yo sigo comprando libros; yo sigo llenando mi casa de libros. El otro día me regalaron una edición del año 1966 de la Enciclopedia Brockhause. Yo sentí la presencia de ese libro en mi casa, la sentí como una suerte de felicidad. Ahí estaban los veintitantos volúmenes con una letra gótica que no puedo leer, con los mapas y grabados que no puedo ver; y sin embargo, el libro estaba ahí». Parece una confesión disparatada, pero tiene mucho sentido. Borges había vivido rodeado de libros y no sabía vivir de otra manera. Lo acompañaban, le recordaban lo conocido, aunque no pudiera leerlos. Hacer que su mente olvidara, aunque fuera un instante, que no estaba ciego se había convertido en un juego que siempre perdía; un juego que, sin embargo, se negaba a dejar de jugar.

Creo que todos nos engañamos de alguna manera y lo hacemos para volver a aquellos momentos donde fuimos felices, aquellos que nunca podrán volver a reproducirse de la misma manera. Por eso, yo compro mangos que no voy a comerme y Borges atesoró libros hasta el último de sus días. Por eso aquel hombre en su celda marcó una página sabiendo que no iba a poder terminar de leerla. Tan solo tres ejemplos de lo mismo: la necesidad humana de recuperar lo irrecuperable.

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