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Independientemente de quién se quede con la corona, ojalá esta competencia —en una tecnología tan decisiva para la economía y el empleo— se mantenga y se traduzca en más y mejores alternativas.
En los últimos días, un nombre se instaló en el centro de la batalla por dominar la Inteligencia Artificial (IA) y encendió alarmas en los mercados: Claude Code.
La IA desarrollada por Anthropic ha sorprendido por su capacidad para programar y escribir código, asumiendo tareas que hasta hace poco resultaban impensables incluso para esta tecnología. El despliegue de las versiones más recientes de Claude, orientadas a industrias como el derecho y las finanzas, no solo ha generado entusiasmo entre muchos usuarios, sino también inquietud entre compañías que cotizan en bolsa: varias acciones ligadas a software corporativo, datos financieros y consultoría sintieron el remezón de esa expectativa. Si un modelo de IA ya empieza a hacer en minutos lo que muchas de estas empresas cobran millones de dólares por realizar, ¿qué tan sostenible será su modelo de negocio dentro de unos años?
Para quien no hubiera leído noticias en el último año, este revuelo por la IA resultaría predecible. Sin embargo, habría una novedad: los protagonistas. Hasta hace poco, el imaginario público reducía la conversación a un único actor dentro de la IA: ChatGPT, de OpenAI. Pero la escena está cambiando. Hoy la carrera se parece más a un pelotón que a un ciclista solitario: múltiples compañías se disputan el liderazgo en el desarrollo de esta tecnología.
Claude, la IA de Anthropic, ilustra mejor que ninguna otra esta transición. La compañía nació en 2021, fundada por exinvestigadores de OpenAI liderados por los hermanos Dario y Daniela Amodei, con la premisa de desarrollar modelos avanzados sin ignorar los riesgos de seguridad. Con el tiempo, Anthropic entendió que su gran oportunidad estaba en el mundo corporativo: herramientas para desarrolladores y empresas, más que en el uso cotidiano del consumidor. Claude Code encaja en esa apuesta, al convertir el dominio del código en puerta de entrada a una automatización más amplia del trabajo de oficina y a un modelo de negocio que hoy muchos perciben como más estable que el de OpenAI y ChatGPT.
Pero la competencia no termina en Anthropic.
Aparece también Google, con Gemini, como un contendiente de peso. A diferencia de las startups que dependen de alianzas para obtener datos y capacidad de cómputo, Google llega con ventajas propias: centros de datos, chips diseñados internamente (TPUs) y una red de productos con miles de millones de usuarios, como YouTube, Android, Chrome, Gmail y, por supuesto, su buscador. Además, al ser ya una de las compañías más valiosas del mundo, está en condiciones de impulsar esta apuesta con inversiones colosales que puede financiar de manera más orgánica que su competencia, especialmente en infraestructura: centros de datos y capacidad de procesamiento, el gran cuello de botella para muchos rivales. Son ventajas que pocos pueden igualar.
En el otro extremo del espectro está xAI, el laboratorio de Elon Musk, con Grok como bandera. Su apuesta combina velocidad, un desarrollo más liberal —y a ratos deliberadamente provocador, fiel a su estilo— y una estrategia de distribución atada a X (antes Twitter), la punta de lanza del ecosistema que pretende consolidar el hombre más rico del mundo. Musk, coherente con su guion, elevó la ambición a una escala inédita al anunciar en los últimos días que fusionaría xAI con SpaceX, con la promesa de una nueva entidad capaz de llevar centros de datos al espacio y construir una ventaja en acceso a energía y capacidad de procesamiento, justo cuando la IA demandará cada vez más de ambos. Es una jugada de alto riesgo: mezcla un negocio rentable y consolidado como SpaceX —que parecía encaminado a ampliar aún más su valor con un eventual listado en bolsa— con otro que quema caja a gran velocidad y arrastra riesgos considerables. Ningún gigante quiere quedarse por fuera de esta ola.
Sin embargo, en medio de este torbellino de nuevos jugadores, OpenAI sigue siendo el referente. ChatGPT no solo fue el primero en alcanzar adopción masiva, sino que mantiene una base robusta de usuarios y un ecosistema de desarrolladores difícil de replicar, con una capacidad notable para convertir avances técnicos en productos populares. Pero su liderazgo ya no luce tan cómodo. La empresa carga con los elevados costos de cómputo y con el gasto de miles de millones de dólares que exige operar e innovar. Enfrenta, además, la presión de monetizar sin espantar a sus usuarios y se topa con rivales que la atacan por varios flancos: Anthropic en el nicho corporativo, Google en infraestructura y distribución, y otros actores como DeepSeek en eficiencia con modelos de bajo costo.
La historia de la tecnología sugiere que las victorias tempranas rara vez garantizan liderazgos perpetuos. Yahoo tuvo ventaja y terminó desplazado por Google; BlackBerry dominó durante unos años antes de ceder ante el iPhone; y MySpace fue sinónimo de red social y hoy pocos lo recuerdan frente a Facebook o Instagram.
Para usuarios y empresas, esta fragmentación del liderazgo en IA es, en principio, una buena noticia: un mercado con rivales fuertes tiende a producir mejores herramientas, precios más razonables y mayores incentivos para innovar. Independientemente de quién se quede con la corona, ojalá esta competencia —en una tecnología tan decisiva para la economía y el empleo— se mantenga y se traduzca en más y mejores alternativas.