Jaime Jaramillo Escobar —el nadaísta que firmaba como X-504— está vivo en una esquina de su pueblo natal. El que escribía “Historia de un pueblo, el que olvida es como el que está muerto”, nació en 1932 en Pueblorrico, ese pueblo enclavado en lo alto del cañón del río Cauca. Jaramillo sonríe todo el tiempo en la sala dedicada a su legado en El Arka, un café museo que cuenta la historia del municipio dulce del Suroeste.
Jaramillo, nacido en estas tierras y compañero de andanzas de Gonzalo Arango, es uno de los ejes centrales de la casa museo, donde reposan álbumes familiares y las carátulas de sus libros premiados. Esta habitación no es solo un museo estático, es la sede de la Barca de los Locos, una plataforma juvenil que tomó la herencia nadaísta para musicalizar los versos de Jaramillo con los ritmos de los años 60 y 70, asegurando que la rebeldía del poeta siga latiendo en las nuevas generaciones.
Pero el Arka Café Museo —escrito con K para evocar un nombre dinámico que acoja a todos sin distinciones— es mucho más que la sala de X-504. Es el sueño materializado de Omar Obando y su familia, un proyecto que nació con el propósito de no dejar morir una de las casas emblemáticas del municipio.
La historia de Omar es la de un hombre que ha hecho de la cultura su forma de supervivencia. Durante años trabajó en la Casa de la Cultura, pero su anhelo era tener su propio espacio. Junto a su esposa, auxiliar de odontología, y sus tres hijos, decidió invertir los dividendos de Telepueblorrico —la empresa que provee internet y televisión—, en este centro cultural que funciona bajo una premisa social.
“A punta de café y un ponqué no se sostiene un espacio así”, confiesa Omar, explicando que es el servicio de televisión e internet que provee a Pueblorrico y Tarso lo que financia esta apuesta por la memoria.
La familia Obando es el motor que mantiene el Arka a flote. Su hijo Isaac estudia filología y fue quien impulsó la creación de la sala literaria; otro de sus hijos, contador de profesión, maneja los números de la empresa familiar, y el más joven estudia cine, aportando la visión técnica que requiere el canal local. Su hija, por su parte, aporta su pasión por el teatro, cerrando un círculo de talentos que convergen en el patio central de la casona.
La casa que hoy habitan tiene más de 150 años y es una joya de la colonización antioqueña construida en tapia, bahareque y teja. Antes de ser el Arka, fue casa cural, colegio y la residencia de Jesús Arcila, un odontólogo y líder social que fundó la primera emisora del pueblo, Pregones del Gólgota. La estructura conserva elementos arquitectónicos únicos, como la ventana de los novios, un pequeño rincón con dos muros donde antaño las parejas se cortejaban bajo la vigilancia materna.
A pesar de su rica historia, la casa estuvo a punto de ser demolida tras caer en un profundo deterioro. Sin embargo, Omar y su familia la rescataron, invirtiendo un año de trabajo para restaurar sus once habitaciones y transformarlas en salas temáticas que hoy albergan la historia visual y artística del pueblo.
Al recorrer los pasillos, el visitante se encuentra con la Sala Porfirio Álvarez, uno de los dos únicos colombianos en el Salón de la Fama del taekwondo. También destaca la sala de fotografía, donde Omar, fotógrafo de oficio, ha recopilado álbumes que cuentan la historia del municipio desde los 70. Allí reposan registros del presbítero Jesús Antonio Agudelo y crónicas visuales de la Teología de la Liberación, movimiento que tuvo gran fuerza en la región. Incluso hay espacio para la picardía local: álbumes con los personajes típicos del pueblo y los mosaicos de egresados del colegio, que invitan a los lugareños a buscarse en las fotos.
El compromiso de los Obando con el patrimonio también se refleja en la recuperación de la obra de Antonio Herrera Cardona, un muralista y pintor de gran reconocimiento en Medellín que pintó más de 3.700 Quijotes. Omar está preparando una exposición para honrar su legado.
En el patio central, el corazón de la casa museo, la agenda nunca se detiene. Allí se transmiten partidos de fútbol en pantalla gigante, se celebran “pijamadas” de cine para niños, se lanzan libros y se realizan conciertos de la estudiantina local. Omar visualiza el Arka como el baúl de los tesoros de Pueblorrico. Entre esas joyas se encuentran tres antiguas máquinas de despulpado de café de marcas locales que datan de antes de 1950, cuando el municipio era un epicentro industrial del Suroeste antioqueño con fábricas de chocolate, jabón y gaseosas.
“Queremos mostrar por qué Pueblorrico es Pueblorrico, un pueblo pequeño pero lleno de valores”, afirma Omar.
Hoy, el Arka no es solo un café; es el lugar donde los turistas llegan preguntando por la historia del pueblo y donde los jóvenes encuentran una alternativa cultural.
En una pared de la sala de X-504 está escrito uno de sus versos: “Suelen decirme –a manera de crítica– que vivo en la Luna. ¿Les he dicho yo –a manera de crítica– que viven en Tierra?”.