El trabajo silencioso a lo largo de varios años de arqueólogos, restauradores, antropólogos, geólogos, ingenieros, físicos y sabedores tradicionales arrojó sus hallazgos este año revelando nuevas pistas de las ramas hasta ahora perdidas del árbol de la historia y la prehistoria del departamento. El que acabó fue un año prolífico para la arqueología en Antioquia. En dos puntos del Suroeste se descubrieron piezas que permitieron dar un salto gigantesco para comprender la relación de las comunidades ancestrales con su el territorio y con la espiritualidad. En el Nordeste, las pistas que salieron a la luz llevaron a los expertos a un viaje de 7.000 años. En Medellín, tras meses de arduo trabajo fueron expuestos los vestigios del primer acueducto de Medellín que aparecieron en las entrañas del renovado Claustro San Ignacio.
Este año también promete entregar fascinantes hallazgos arqueológicos. Por mencionar solo algunos frentes de trabajo, el arqueólogo Pablo Aristizábal y sus equipos de trabajo están cerca de nuevos rescates de piezas en la cuenca media del río Cartama. Ya tienen pistas de hallazgos enormes en Támesis, donde se levantará el resort de Rigoberto Urán; adelantan con el Estado una posible declaratoria en el Suroeste como un gran enclave arqueológico; y comenzarán obras en el desarenadero del acueducto antiguo de Medellín, es decir, la zona en la que ‘limpiaban’ a la quebrada Santa Elena antes de que surtiera a la ciudad.
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El hallazgo fortuito que hizo un caficultor en su predio en Jericó, en agosto de 2023, se confirmó este año como una de las grandes noticias arqueológicas recientes. El campesino Llor Wili Tamayo encontró en un escarpe de su finca, dentro de un abrigo rocoso, fragmentos cerámicos. Llamó de inmediato al arqueólogo Pablo Aristizábal, quien recuperó con su equipo 283 elementos arqueológicos, incluyendo cerámica y artefactos líticos (herramientas en piedra). Este año por fin se supo que los vestigios descubiertos pertenecen a la técnica cerámica del Marrón Inciso o Quimbaya Clásico, elaboradas entre el 234 y el 418 d.C.
Según Aristizábal, la forma y el lugar donde fueron halladas indican un uso ceremonial de los abrigos rocosos, vinculados a posibles rituales de ofrenda a los dioses de la lluvia y el agua.
Tal vez lo más fascinante del hallazgo es que integra a Jericó a una red de sitios ceremoniales previamente identificados en Colombia y el resto de América Latina. La evidencia señala que comunidades ancestrales en lo que hoy es Antioquia ‘conversaban’ de alguna manera con pueblos milenarios de todo el continente. Se han documentado hallazgos similares en las cuevas cercanas a Cerro Tusa, en Venecia; en los organales de Titiribí; en el Parque Tayrona, Santa Marta; y en los cenotes del mundo maya en el Petén guatemalteco y en la península de Yucatán, en México. Estos han sido reconocidos como lugares de conexión entre el mundo terreno y el inframundo, utilizados para rituales de fertilidad y pagamentos por el agua y la vida.
Es tal la importancia del hallazgo, que trabajan con el Instituto Colombiano de Antropología e Historia para que la Agencia Nacional de Licencias Ambientales –ANLA– incluya esta zona entre los determinantes ambientales a proteger de la megaminería, y se convierta en otra zona de preservación que impida la explotación minera por parte de AngloGold Ashanti. De hecho, los análisis adelantados por el equipo de Aristizábal señalan que estos polígonos de alta importancia arqueológica quedarían a merced de los impactos del proyecto minero Quebradona. Los hallazgos, además, robustecen la evidencia con la que se busca que la Nación declare a la región del Suroeste como patrimonio arqueológico de naturaleza y arqueología, tal como lo son hoy Chiribiquete o San Agustín. Las piezas rescatadas del escarpe occidental del cañón del Cauca están bajo custodia de la vereda La Soledad, con el Cauca de fondo, para el disfrute de los antioqueños.
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Otro hallazgo fortuito fue el que ocurrió en 2023 en el corazón del Claustro San Ignacio mientras adelantaban las ambiciosas obras de restauración. Al encontrar piezas arqueológicas y vestigios de lo que parecía ser el primer acueducto de Medellín, también corrieron a llamar al arqueólogo Pablo Aristizábal. Hace pocas semanas Comfama corrió el velo y mostró los maravillosos hallazgos a la ciudadanía.
Lo que encontró Pablo y el equipo de arqueología y restauración fueron tres zonas cada una de 30 metros cuadrados donde al excavar salieron a la luz las redes del edificio intactas, partes de las fundaciones del claustro, pero sobre todo las redes de acequias y atanores antiguos que hacen parte del primer acueducto de Medellín que comenzó a construirse a finales del siglo XVIII.
Lo que explica el profesor Luis Fernando González, arquitecto y doctor en historia, pone en relieve la importancia del hallazgo y casi hace poner los pelos de punta ante lo que revela. Según González, lo hallado en el Claustro franciscano no solo hace parte de la obra arquitectónica más antigua que todavía permanece en pie en Medellín sino que traza los vínculos que tiene esta ciudad con el mundo hispano-musulmán. Resulta que técnicas tardoromanas y norafricanas que convergieron en el Al-Ándalus, la España musulmana, y que se propagaron a América en la Conquista, inspiraron conceptos constructivos aplicados en esta obra de ingeniería descubierta, como el enchinado de piedra o el canto rodado, también el zulaque, que por primera vez se halló en una construcción en el Valle de Aburrá.
El zulaque era el resultado de mezclar material vegetal como manteca de cerdo con fibra vegetal para garantizar que el agua que viajaba por los atanores, las tuberías de barro cocido, no se derramara. Es una magistral invención hidráulica que el mundo le debe a los musulmanes. Rescatar estos vestigios no fue fácil. El equipo de Aristizábal trabajó durante meses en un espacio muy reducido y con piezas muy frágiles. Aplicando técnicas de restauración y levantamiento arquitectónico de última generación pudieron convertir ese patio en una ventana hacia el pasado como pocas existentes en una ciudad en Colombia. La restauración total del claustro estará lista en 2027, todavía falta una intervención en el histórico torreón construido en 1926 para ser observatorio meteorológico, el primer Siata de la ciudad. Todo el complejo de San Ignacio apunta a ser el gran faro arquitectónico y patrimonial de una ciudad deformada en su inevitable transformación.
Diez años de ininterrumpida labor arqueológica les permitió a un equipo de arqueólogos y expertos en diferentes campos viajar 7.000 años atrás para conocer detalles excepcionales sobre cómo ocuparon la tierra las comunidades humanas que vivieron en lo que hoy es el Nordeste antioqueño.
Desde 2015, un equipo multidisciplinario encabezado por el arqueólogo Juan Pablo Díaz adelantó labores de arqueología preventiva en la cuenca media y baja del río Porce, en zona de influencia de las pequeñas centrales hidroeléctricas Luzma I y II, en jurisdicción de Amalfi.
Encontraron miles de fragmentos cerámicos, piezas líticas, fragmentos de plantas quemadas, piezas orfebres de correspondientes a distintos periodos y procedencias prehispánicas, fragmentos de vidrios, lozas y metales, estos últimos de los periodos Colonial y Republicano. Pero además de esas evidencias materiales, el largo trabajo encontró en muestras de suelos marcadores químicos evidencias ambientales con las que pudieron recrear características fundamentales para entender mejor a los grupos humanos prehispánicos e históricos que habitaron este territorio.
En 2024 terminó el análisis de ese trabajo y este año se difundieron al público, aunque ciertamente no ha tenido la relevancia que debería dada la importancia de los hallazgos.
Hallaron evidencia de presencia humana en esa zona desde hace 7.000 años, en el Holoceno Precerámico, cuando las sociedades humanas en varias partes del planeta desarrollaron dinámicas complejas como el esbozo de la agricultura. También encontraron restos de viviendas, fogones, caminos largos y ampliamente conectados, estructuras funerarias, todos estos indicios de que allí se asentaron comunidades que hicieron ocupaciones prolongadas en la cuenca del Porce.
Además hallaron pistas que dicen que allí se dio un intenso intercambio no solo de materiales sino de conocimiento, al encontrar vestigios de cerámica cancana, que hace 5.000 años fue el fruto de una innovación tecnológica.
Un hallazgo como este es también una reivindicación histórica en una región que fue víctima de uno de los peores expolios de riqueza arqueológica en Colombia y del que poco se habla. Hace más de 100 años, en medio de la colonización de las multinacionales extranjeras que llegaron desde finales del siglo XIX a repartirse el oro que brotaba de las entrañas del Norte y Nordeste antioqueño, sobre todo en toda la cuenca del río Nechí, miles de piezas y adornos de oro puro con características únicas hasta ahora descubiertas en el planeta, fabricada por los pueblos indígenas asentados en esta cuenca, terminaron en manos de coleccionistas gringos y europeos, un tráfico del que existen pocas pistas. Algunas terminaron en lugares reconocidos como Museo de Historia Natural de Chicago. Así que el rescate de la Historia y prehistoria de esas comunidades es una noticia enorme.
En el Agroparque Biosuroeste, un proyecto agroecológico donde se siembra aguacate hass y se desarrolla turismo e investigación, otro equipo también encabezado por Pablo Aristizábal encontró piezas excepcionales que ayudan a entender mejor la relación que comunidades milenarias asentadas en el Suroeste tuvieron con la muerte.
En la cuenca media río Cartama, entre los municipios de Támesis y Valparaíso, en un sector conocido como Las Camelias, hallaron nuevas pistas de comunidades que vivieron entre los años 400 y 600 d. C., un pueblo de alfareros, pescadores y talladores de piedra.
Allí encontraron dos urnas funerarias en cerámicas con los restos óseos de un hombre y una mujer con detalles perfectamente conservados como una serpiente mudando de piel tallada en las vasijas, símbolo del perpetuo comienzo y final de la vida.
En una de las vasijas los investigadores encontraron un collar con 18 cuentas de oro elaborado con la técnica de la cera perdida, un proceso que consistía en elaborar primero un molde con la figura deseada y después de dejarle una abertura se llenaba con oro para darle el volumen, la forma y consistencia definitiva. Según Aristizábal, es una técnica enimentemente del Quimbaya clásico y entrega nutrida información sobre el significado que tenía el oro para esos pueblos ancestrales.
El oro utilizado para la elaboración de piezas como la hallada la obtenían de las terrazas aluviales. Los ancestros entendían que la Tierra se los ofrecía para completar un ciclo que unía a los seres humanos con la naturaleza. El oro, para ellos, era como los huesos de la Tierra. Extraerlos sin necesidad o sin permiso equivalía a que al ser humano le extrajeran un hueso y quedase mutilado.
Pablo señala que esto último, sumado a los símbolos en las vasijas, restos de carbón vegetal adheridos a los restos óseos y la presencia de plantas fosilizadas aromáticas en estos túmulos descubiertos, dan cuenta de un profundo conocimiento de estas comunidades ancestrales con los recursos que los rodeaban.
Las piezas encontradas en el Agroparque Biosuroeste fueron seleccionadas y expuestas al público tras un largo proceso de investigación, mientras esperan seguir uniendo los lazos de la prehistoria y el pasado de lo que hoy es el Suroeste.
Con este hallazgo también esperan ampliar los argumentos que respalden un macroproyecto para convertir al Suroeste antioqueño en una región de alto interés arqueológico, que llegue a ser incluso reconocido por autoridades mundiales.