Carmen Acosta no aprendió a cocinar por vocación. Lo aprendió por necesidad, en uno de esos momentos en que, como ella misma dice, “uno solo quiere morirse”.
Cuando quedó viuda con una hija de nueve años, sin trabajo y con muchas cuentas por pagar, lo primero que hizo fue salir a la calle a vender arroz con leche cocinado en leña. “Con lo poquito que conseguía nos alimentábamos y pagaba la cuenta del servicio”, recuerda en entrevista con EL COLOMBIANO.
Esa fue la primera receta. Las que siguieron vinieron de más atrás, de las abuelas de San Carlos, Córdoba, que le enseñaron a hacer galletas de limón y panochas de coco, los dulces que ella buscaba cuando viajaba a la costa y que no encontraba en Medellín. “Uno siempre busca lo que está enseñado y no lo consigue en otra parte”, dice.
Las primeras galletas le quedaban, en sus propias palabras, “como un palo, como un cacho”. Las mejoraba cada domingo, levantándose a las cuatro de la mañana mientras trabajaba de lunes a viernes como agente educativa en el programa Buen Comienzo.
Con el tiempo, un funcionario del corregimiento de Altavista la invitó a mercados campesinos. Luego vinieron las ferias, los eventos de ciudad, la Feria de las Flores. Lleva diez años en mercados campesinos, siete en el parque Santa María de los Ángeles todos los domingos, y un sábado al mes en la Plazoleta de la Alpujarra.
Dejó Buen Comienzo cuando la cocina le dio más que el salario mensual. “Cuando me pagaban, ya yo debía eso y más, y quedaba peor”, explica. Con lo que gana cocinando, pagó la universidad de su hija, que se graduó el pasado mes de diciembre. Ahora, dice, “la vida es muy bella”.
Sus galletas hoy son tan populares que tienen revendedores: una señora que trabaja en la feria del ganado, un profesor del colegio Débora Arango, un obrero de construcción... “Son esos sabores que traje de allá, son esas cosas que me di cuenta que no tienen competencia”.
Un evento, muchas historias
Carmen es una de las matronas que participará el sábado 30 de mayo en la feria gastronómica Medellín: memoria y sabor con las matronas urbanas, que se realizará desde el mediodía en la sede de La Pascasia, en el centro, con entrada libre y música de tienda.
La iniciativa es gestionada por No solo de pan vive el hambre y La Pascasia, en colaboración con Bajo la piel de Medellín.
El evento nació de Alimento en Medellín, memoria de la tierra, una investigación realizada en 2025 sobre las cocineras de barrios periféricos y corregimientos de la ciudad, que documentó saberes culinarios que no están escritos en ningún libro y que corren el riesgo de perderse con cada generación.
Las participantes vienen de distintos orígenes y barrios. Por ejemplo, Gilma María Peláez, de San Andrés de Cuerquia, llega con arepas tela, mazamorra y pasteles de pollo. Luz Elena Guzmán, madre comunitaria del ICBF en Manrique durante 36 años, trae arroz paisa y empanadas. Luz Dary Román, fundadora de la Casa Museo Manzanillo, llegará con morcilla y torta de cidra.
Desde La Pascasia recomiendan llegar temprano, pues la feria se realizará antes del inicio de la ley seca por la jornada electoral ese fin de semana.
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¿Qué encontrará en la feria?
La feria se realizará el sábado 30 de mayo desde el mediodía en La Pascasia, con entrada libre. El evento reúne a ocho cocineras y colectivos de mujeres de barrios periféricos y corregimientos de la ciudad, con una oferta que incluye fritos, amasijos, embutidos, conservas y dulces tradicionales de distintas regiones.
Entre los productos disponibles habrá arepas tela, mazamorra, pasteles de pollo, morcilla, torta de cidra, pasteles chocoanos, aborrajados, carimañolas, galletas de limón, panochas de coco, enyucado costeño, arroz con leche, canasticas de plátano rellenas de ceviche de atún, mermeladas, conservas y aromáticas de huerta. Los precios van desde $1.000 hasta $25.000.