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“Prefiero ser glorioso en mi mesa de escritura que famoso”: candidato al Nobel Mircea Cărtărescu en Medellín

Candidato al Nobel de Literatura, Mircea Cărtărescu es uno de los principales invitados a la Fiesta del Libro de Medellín.

  • Mircea Cărtărescu es un escritor rumano, candidato al Nobel de Literatura. Visitó Medellín durante la Fiesta del Libro y la Cultura. Foto: Manuel Saldarriaga.
    Mircea Cărtărescu es un escritor rumano, candidato al Nobel de Literatura. Visitó Medellín durante la Fiesta del Libro y la Cultura. Foto: Manuel Saldarriaga.
hace 45 minutos
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Desde hace un tiempo, cada año, por esta época, un nutrido grupo de lectores colombianos cruza los dedos para que los académicos de Estocolmo le concedan –por fin– el Nobel de Literatura al rumano Mircea Cărtărescu. Sus novelas –algunas de una considerable extensión– y sus libros de cuentos son títulos habituales en los grupos de lectura del país. De hecho, El ojo castaño de nuestro amor, Lulu y Solenoide son libros que despiertan las simpatías de profesores, estudiantes, lectores compulsivos y de ocasión. ¿Por qué un autor de una parte remota del mundo le resulta tan entrañable a los colombianos? Las hipótesis son muchas y todas ellas parten de un talento literario que se despliega en cada página de sus libros.

Invitado a la Fiesta del Libro de Medellín, Cărtărescu atendió a EL COLOMBIANO en la terraza de un hotel de El Poblado. Allí, mientras este diálogo se desenvolvió, su esposa Ioana Nicolaie le tomó fotos a él y al paisaje de la ciudad. Además, como si fuera poco, Marian Ochoa de Eribe fue la intérprete entre el reportero y el escritor.

Justo leí en el taxi leí una nota que dice que los rumanos y los colombianos son las poblaciones migrantes trabajadoras más numerosas en España. ¿Se le ocurren algunas otras conexiones entre su país y este país?

“Se dice a veces que Rumania es, de hecho, un país latinoamericano, no se sabe cómo extraviado en Europa. Y es fácil de entender por qué. Hay muchas cosas que tenemos en común. Tenemos la misma tendencia hacia las dictaduras de todas las direcciones, la misma propensión hacia una literatura de imaginación, la misma cualidad amable de la gente y, ante todo, la lengua. La lengua rumana es una lengua de origen latino, al igual que el español, así que existen innumerables cosas que nos unen”.

¿Y cree que estas conexiones podrían explicar su éxito aquí en Colombia y en América Latina?

“Parcialmente, sí. Yo también soy un escritor de imaginación. Quien ama a García Márquez debería amar también mis libros porque son de la misma sustancia. Pero creo que también lo diferente atrae a los lectores: mundos más exóticos, como Bucarest, una cierta poeticidad del texto, un carácter surrealista y onírico. Y yo estoy satisfecho tanto por las diferencias como por las semejanzas”.

¿Es consciente de que aquí en Colombia es muy conocido?

“Para mí la gloria o la fama significan muy poco. Yo prefiero ser glorioso a mis propios ojos, sentado ante la mesa de escritura. Pero, al mismo tiempo, estoy agradecido a todos mis lectores de cualquier lugar del mundo, incluidos, por supuesto, los de Colombia”.

De alguna manera, el éxito de estar ahí, en esa mesa de trabajo, también se traduce en que mucha gente lo lea y que tenga muchos compromisos. ¿Cómo concilia esos compromisos de promocionar un libro con escribir?

“Es una pregunta muy difícil para mí. Me he hecho muchas veces esta pregunta y no puedo salir de este dilema sino diciendo que viajar es placentero para mí. Me gusta enormemente conocer lugares y personas nuevas, así que no me siento de ninguna manera frustrado por el hecho de que no pueda escribir todo el tiempo, pero es verdad que también necesito tiempo para escribir. En los últimos dos años he viajado demasiado y ahora quisiera replegarme y dedicar mucho más tiempo al trabajo, en mi oficina, en mi habitación. No puedes combinar las dos cosas perfectamente, pero tienes que encontrar, exactamente un compromiso cómodo entre las dos”.

También le quisiera contar que cada vez que se acerca la fecha de la entrega del Nobel, aquí en Colombia hay gente que le gustaría que usted se lo ganara, como si fuera un partido de fútbol...

“Sí, yo lo he dicho siempre: ser considerado digno del Premio Nobel es un gran honor, pero recibirlo es solo una gran suerte. Yo no pienso habitualmente en este asunto porque soy un estoico y no pienso en cosas sobre las que no puedo influir. Pero cuando alguien me dice: “Yo creo que usted merecería este premio”, estoy muy feliz porque eso significa que he ganado a una persona más”.

¿Qué significa para usted que nosotros, los lectores en español, lleguemos a su obra con la voz de Marian Ochoa de Eribe?

“Es una gran suerte para mí. Un escritor necesita un traductor que conozca bien la cultura de la que proviene, así como su propia personalidad y su obra. También necesita que conozca perfectamente todos los registros de las dos lenguas. Marian es una traductora extraordinaria. Es una gran suerte para mí, así como el gran editor que me publica, Enrique Redel. Soy un escritor muy afortunado”.

Si pasamos a temas menos nobles, señor Cărtărescu, la vez pasada que usted vino a Medellín hablamos de la guerra de Ucrania y usted manifestó preocupación. Pareciera que esa guerra entró en un limbo. ¿Qué opinión tiene ahora sobre este tema?

“Mi opinión siempre ha sido que Ucrania fue un Estado agredido y que tuvo la gran suerte de encontrar un héroe en esta guerra injusta, a saber, Volodímir Zelenski. Muchas veces creemos que el heroísmo es algo del siglo XIX y tendemos a pensar que en el mundo moderno ya no es posible. Pero he aquí que existe un pueblo heroico, el pueblo ucraniano, y un héroe que lo conduce, y creo que toda Europa debería estarle agradecida”.

¿Tiene alguna opinión sobre la inteligencia artificial, sobre todo en este contexto en el que el mundo se está preguntando si esa inteligencia nos va a superar...?

“Es uno de los grandes problemas de la contemporaneidad porque, por primera vez en la historia, tenemos una herramienta que toma decisiones. Un cuchillo puede utilizarse para cortar el pan o para matar a un hombre, pero la decisión es del ser humano. En cambio, en el caso de la inteligencia artificial, esta inteligencia decide si hacer el bien o hacer el mal. Y si decide exterminar a la humanidad, estamos perdidos. Esa es la gran diferencia entre todas las herramientas que el ser humano ha fabricado y utilizado a lo largo de la historia y esta nueva herramienta, que no es una herramienta... Es un gran peligro para todos nosotros”.

Si volvemos a temas más amables ¿está escribiendo algo? ¿Tiene algún proyecto? ¿Le gusta hablar de sus proyectos?

“Mis proyectos están relacionados con la escritura. Yo no pienso más que en el libro que voy a escribir. Nunca me releo. Me concentro en lo que hago en este momento. Estoy a la mitad de una novela, algo que me exige todas mis fuerzas, y en un año espero tener otro libro que confirme, espero, pero podría también refutar, como siempre, mi evolución literaria”.

Conozco un escritor colombiano que ha recopilado sus entrevistas, incluso hizo el ejercicio de hacerle una entrevista imaginaria a usted. Ese libro comienza preguntándole por los colores que usted recuerda de Bucarest. ¿Qué podría responder?

“Bucarest es para mí diferente en cada libro. En mis libros de poesía era como una cola de pavo real. En mis primeros libros de prosa era la ciudad más hermosa y brillante del mundo. Pero en mis libros más extensos, como Solenoide o Cegador, aparece como una ciudad gris y triste. Bucarest no es ninguna de todas esas imágenes que aparecen en mis libros, porque, de hecho, es una ciudad inventada por mí. Y creo que todas las ciudades que aparecen en cada libro son ciudades inventadas por los escritores.

Estuve en Buenos Aires y no reconocí el mundo de Borges, porque Borges inventó Buenos Aires. La ciudad propiamente dicha puede ser interesante, pero a mí me interesa el Buenos Aires de Borges. De la misma manera, si fuera a Alejandría, en Egipto, me interesaría la ciudad de los libros de Lawrence Durrell. Si fuera a San Petersburgo, buscaría el San Petersburgo de Dostoievski. Cada uno inventamos, de hecho, nuestras ciudades.

Y no es de extrañar que uno de los grandes escritores italianos, Italo Calvino, haya escrito un libro en el que describe 50 ciudades que no existen. Estoy convencido de que un escritor colombiano también ha inventado Medellín u otros lugares y que estos son más poderosos y más verdaderos que las ciudades reales”.

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