Fito Páez tiene la música incrustada en los huesos, no hay duda, pero además crea magia con ella; lo que hace encima del escenario no tiene explicación lógica y menos ahora, en tiempos en los que un mejor show se determina por quien tenga la tarima más grande, un grupo más nutrido de bailarines o más fuegos artificiales. Fito Páez tiene su propio molde, ese que forja con arte puro, sin trucos ni añadiduras.
En momentos de euforia y jolgorio, en su show en Medellín este martes 9 de junio, logró –con su banda de ocho talentosos músicos– dejar en silencio La Macarena para que los asistentes escucháramos con atención “el regalo que les preparamos”, dijo, y así darle un final de lujo a uno de sus himnos entrañables: Yo vengo a ofrecer mi corazón. Un cierre instrumental en el que él, como director de orquesta, movía las manos con precisión guiando a su banda. La música nos hipnotizó, nos elevó las ondas cerebrales como si estuviéramos meditando y nos alejó de la hostilidad del mundo, al menos por unos minutos.
Así fue el paso por la ciudad de la gira Sale el Sol que el rosarino está haciendo en Colombia. Primero fue Cali, luego Manizales y este martes le tocaba el turno a Medellín, una ciudad rockera, tanguera y salsera, como su Paranoica Fierita Suite, canción de los 2000 que, por mi parte, nunca había podido disfrutar en vivo con su tango arrabalero y su cierre tropical. Todo un gusto para los oídos.
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