Obnubilados en que sus hijos serán los Lionel Messi o Cristiano Ronaldo del futuro, algunos padres de familia equivocan el camino en la orientación y acompañamiento que les hacen en su proceso formativo. Solo basta con asistir a un partido del fútbol aficionado de las categorías menores en cualquier ciudad de Colombia, y hasta de Suramérica, para darse cuenta del camino errado que muchos están eligiendo.
La presión psicológica que ejercen algunos papás en los entrenamientos y los partidos hacia sus hijos y compañeros de equipo, contra los rivales e inclusive sobre los árbitros y entrenadores, es fuerte y no miden las consecuencias. En estos casos todo ese afán para que sus hijos sobresalgan se expresa en gritos y discusiones que, a veces, trascienden a las canchas y se convierten en agresiones físicas y verbales que terminan involucrando a los niños y jóvenes.
En un video publicado recientemente por Infobae se ve al árbitro argentino Agustín Celiz que, ante las peleas entre los papás de los jugadores menores que competían en ese momento, tomó una sorpresiva decisión. Suspendió el encuentro y les preguntó a quienes discutían en las tribunas si ya habían terminado la pelea para poder seguir el partido. En su intento para bajarle la tensión al ambiente, buscó a los capitanes de ambos equipos y los amonestó con tarjetas amarillas y dijo en voz alta: “El nene que se vaya expulsado es responsabilidad de la gente de afuera que está gritando mientras los niños juegan. Un grito más de afuera y se van expulsados los dos capitanes”.
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El juez, entrevistado luego, aseguró que en estas categorías ese ambiente hostil se ha normalizado. Si bien entiende que en Suramérica el fútbol se vive de una manera apasionada, aseguró que le da “pena ver a un niño que se frustra ante los reclamos que recibe porque ya no empieza a jugar de la mima manera, se pierde del partido. El nene puede tener una habilidad elevada, pero no lo puede demostrar al 100% porque pasan esta cosas”.
El exjugador Yulián Mejía, quien militó en Atlético Nacional y hoy en día orienta una escuela de fútbol en el barrio El Salvador de Medellín, fue contundente en relación con este asunto: “Muchos papás están dañando el fútbol formativo. No dejan que los procesos avancen. Cada uno cree que tienen a Messi, Neymar, Cristiano en la casa. Son niños que les falta mucho aún por mejorar. Los papás deberíamos dejar que los pequeños se divirtieran. En mi caso pasó, yo sentía la libertad de jugar sin que mi papá me estuviera diciendo algo, como pasa ahora”.
Una mirada profesional
Mary Sol Patiño Mora, psicóloga y neuropsicóloga, docente de la Facultad de Medicina de la U de A., especialista en psicología deportiva, líder en salud mental del programa de Salud contigo del Alma Máter, advierte que no se pueden generalizar los comportamientos de los padres hoy en día, pues reconoce que muchos actúan de manera adecuada.
Al ser consultada por EL COLOMBIANO, la especialista dijo que hablar del papel que desempeñan los papás en el desarrollo deportivo de los futbolistas a cualquier edad resulta fundamental. “En teoría, la familia debería actuar siempre como un factor protector que promueva la autorrealización y el crecimiento del deportista; sin embargo, en la práctica cotidiana del fútbol nos encontramos con la necesidad constante de intervenir para liberar a los niños de cargas innecesarias y presiones que no aportan a su proceso. La influencia negativa de las expectativas desmedidas genera un impacto directo en la dimensión emocional, el rendimiento en cancha y el comportamiento relacional”.
Añadió que desde la perspectiva psicológica y emocional, la presión desproporcionada provoca, en primer lugar, la pérdida de la capacidad de disfrutar del juego. “Un cerebro tranquilo y en estado de fluidez aprende con mayor facilidad que uno sometido a un estrés continuo. En segundo lugar, desencadena una elevada ansiedad precompetitiva alimentada por el miedo a defraudar a los padres o a cometer errores, lo que arruina el trabajo preparado durante la semana. Además, señaló, que “los niños terminan condicionando el amor y la aprobación familiar a sus resultados deportivos, lo que deteriora su autoestima, genera sentimientos de insuficiencia y, en casos extremos, deriva en depresión infantil y en el abandono prematuro del deporte por frustración acumulada”.
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A este escenario se suma una dinámica recurrente y de gran impacto: la proyección de las aspiraciones no cumplidas de los padres sobre los hijos. Con frecuencia, los adultos ven en el proceso deportivo del niño la oportunidad de realizar sus propios sueños frustrados. En estos casos, la labor profesional consiste en evaluar y validar de manera constante si el deseo de jugar pertenece realmente al joven o a su entorno familiar. “Cuando el impulso no es propio, la falta de motivación auténtica se evidencia de inmediato: niños que asisten sin entusiasmo, inventan excusas o somatizan el estrés mediante enfermedades frecuentes”.
Mary Sol Patiño advirtió que un fenómeno similar ocurre con los hijos de futbolistas profesionales consolidados, donde se asume al hijo como una extensión del éxito de los padres, pretendiendo que continúe con el mismo legado. “Sin embargo, el talento y la disciplina no se transmiten automáticamente por herencia; la ascendencia futbolística facilita la adopción de ciertos hábitos, pero no garantiza el éxito ni un desempeño profesional superior”.
¿Qué pasa con el rendimiento de los niños?
En cuanto al rendimiento deportivo, la tensión mental de un niño futbolista se traduce en parálisis muscular y bloqueos en la toma de decisiones. Patiño aseguró que el temor a fallar cohibe la creatividad, frena la iniciativa propia y limita al jugador a un desempeño rígido y temeroso. “Por otro lado, en la esfera del comportamiento y las relaciones, la frustración mal gestionada suele derivar en conductas antideportivas y en el deterioro de la convivencia familiar. Cuando los padres asumen el rol de entrenadores desde la tribuna, desorientan al niño, interfieren en su concentración y transforman el trayecto de regreso a casa en un espacio de alta tensión”.
Para contrarrestar esta dinámica, el trabajo de acompañamiento con las familias debe estructurarse en tres momentos clave. Antes del partido, los padres deben liberarlos de exigencias tácticas y transmitir mensajes centrados en el disfrute y en la aceptación del error como parte natural del aprendizaje. Durante el juego, la pauta principal es mantener una postura de apoyo incondicional y silencio estratégico, evitando las instrucciones técnicas para permitir que el niño conecte con la dinámica del equipo. Finalmente, en el regreso a casa, resulta indispensable la escucha activa, respetando el espacio y los tiempos de silencio del deportista, sin juzgar su desempeño ni criticar las decisiones del cuerpo técnico.
Módulo de preguntas y respuestas...
- ¿Cómo afecta la presión de los padres el rendimiento deportivo de los niños futbolistas?
- La presión de los padres provoca parálisis muscular, bloqueos en la toma de decisiones y pérdida de la iniciativa propia en la cancha. Al jugar con miedo a cometer errores o defraudar a su familia, se inhibe la creatividad del niño y se deteriora su capacidad técnica, traduciéndose en un desempeño rígido y temeroso.
- ¿Qué consecuencias psicológicas produce la sobreexigencia familiar en el fútbol infantil?
- La sobreexigencia familiar causa ansiedad precompetitiva, pérdida de la capacidad de disfrutar el deporte y baja autoestima al condicionar el afecto familiar a los resultados deportivos. A largo plazo, esta presión acumulada puede derivar en cuadros de depresión infantil, somatización del estrés a través de enfermedades recurrentes y el abandono prematuro del fútbol.
- ¿Por qué los padres no deben dar instrucciones técnicas desde la tribuna a sus hijos?
- Dar instrucciones desde la tribuna desorienta al niño al generar un conflicto entre las órdenes del entrenador y los reclamos de la familia. Esto rompe la concentración del jugador en el campo, limita el desarrollo de sus funciones ejecutivas e incrementa la tensión emocional durante la competencia.