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Por Alejo Vargas Velásquez - vargasvelasquezalejo@gmail.com
En Colombia seguimos teniendo un conflicto armado interno -con todas las transformaciones que se han dado del mismo y acompañado de altos niveles de violencia-; esto pese a que algunos gobiernos, incluido el que está terminando, creen que el problema se resuelve diciendo que ya no existe -como decían a finales del siglo anterior los gobiernos conservadores y liberales, que creían era la manera de no reconocer el conflicto armado y negar su existencia- y quizá algunos académicos que parecen sumarse a ello por razones diversas.
Ahora bien, todo gobierno es libre de formular las políticas para enfrentar ese problema. Pareciera que el del presidente de la Espriella apunta a priorizar una política de mano dura, de confrontación militar-policial y sobre todo cerrar cualquier posibilidad de alguna salida negociada o concertada con estos grupos. Al respecto, mi opinión apunta a señalar que ojalá haya un buen diseño de estrategia militar-policial porque el tema no se soluciona solamente con discursos -así como tampoco la paz se hacía solo con discursos, sino pregúntenle al saliente presidente Petro-.
Quisiera solamente recordar que los grupos insurgentes restantes, especialmente el ELN, porque los llamados disidentes de FARC son una mezcla muy diversa que en principio recomendaría cogerlos con pinzas. Estos grupos tienen más de seis decenios de existencia y de experiencia y han lidiado con diversos gobiernos, unos que le coqueteaban a la paz como el del presidente Belisario Betancur, el del presidente Andrés Pastrana, y otros que de entrada plantearon enfrentarlos militarmente como los dos gobiernos del presidente Álvaro Uribe y tuvieron igualmente que lidiar con los dos gobiernos que desarrollaron políticas de terminación del conflicto armado exitosas, el de Virgilio Barco y el de Juan Manuel Santos. Esto para decir que son organizaciones con experiencia que no se van a asustar solamente con que les hablen duro.
Ojalá el gobierno del presidente de la Espriella tenga con su ministro de Defensa y seguramente la cooperación norteamericana, una buena estrategia de seguridad para enfrentar las organizaciones insurgentes y los grupos de crimen organizado -grandes o regionales-. La experiencia muestra que a estos dos tipos de grupos se les debe enfrentar de manera diferenciada, pero en ambos casos con estrategias precisas y puntos de llegada definidos, pero donde claramente se combinen las políticas de seguridad y las opciones de sometimiento al Estado; lo que la Escuela de Harvard de Negociación de Conflictos denomina la combinación de ‘garrote y zanahoria’.
Otra cosa distinta y eso lo sabe bien el presidente de la Espriella y su vicepresidente Restrepo, es cumplir los compromisos que ya se adquirieron en el Acuerdo del Teatro Colón, que son ya compromisos de Estado y que como bien lo saben, su cumplimiento implica honrar compromisos de Estado -y esto es especialmente relevante para un gobierno como el que van a presidir y donde cumplir la palabra del Estado es fundamental, más allá de si no se comparte plenamente lo acordado- y es también un mensaje positivo tanto para aquellos antiguos miembros de FARC que asumieron la idea de desarmarse y acogerse a las propuestas del Estado, como para los miembros de los otros grupos..