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Por Juan Esteban García Blanquicett - @juangarciaeb

Desde mi banquito

Quizá allí sobreviva algo de aquel recreo. Una mano no puede evitar la caída ni borrar el golpe, pero sí puede hacer distinto el momento de levantarse.

hace 1 hora
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  • Desde mi banquito

Por Juan Esteban García Blanquicett - @juangarciaeb

Todo empieza en nuestra infancia. En un recreo cualquiera, un niño corre detrás de un balón, tropieza y termina en el suelo, con los cuadernos regados y una rodilla raspada. Mientras intenta levantarse rápido, otro niño abandona el juego, se acerca, recoge sus lápices y le extiende la mano. Lo ayuda a ponerse de pie y, minutos después, los dos vuelven a correr.

De niños hacíamos esas cosas sin pensarlas demasiado. No necesitábamos palabras ni razones para acercarnos. Bastaba entender que el otro necesitaba una mano y que nosotros podíamos ofrecerla. Quizá la infancia guarda una sabiduría que con los años vamos llenando de preguntas: esa manera espontánea de detenernos por alguien, sin calcular cuánto cuesta o qué recibiremos a cambio.

Hace algún tiempo, David Escobar, un buen amigo y mentor, me habló de los banquitos de algunas comunidades indígenas colombianas. Alrededor de ellos se conversa, se escucha y se teje pensamiento. Me quedó aquella imagen: personas sentadas cerca, dejando que la palabra pase de una a otra y construyendo con lo que cada quien trae. Un tejido nunca empieza siendo grande; su fuerza aparece cuando los hilos comienzan a encontrarse.

Esta semana sentimos algo parecido después de las tristes imágenes del terremoto. Vimos casas heridas, familias afuera de su hogar y comunidades intentando comprender cómo volver a empezar cuando la vida cambia en segundos. Entre paredes agrietadas y objetos a la intemperie había mucho más que pérdidas materiales: años de trabajo, fotografías, sobremesas, recuerdos y pequeños mundos que ahora necesitaban volver a ponerse en pie.

Frente a esas imágenes, la solidaridad apareció desde muchos rincones del país. Organizaciones, empresas, artistas, familias y ciudadanos pusieron en movimiento recursos, tiempo, voces y manos. Algunos podían convocar; otros transportar, organizar o donar. Hubo quienes abrieron puertas, llenaron cajas o hicieron llamadas. Nadie podía hacerlo todo, pero cada uno podía hacer algo. Y, poco a poco, esas voluntades comenzaron a encontrarse.

Hay momentos en los que un país se reconoce mejor en esos gestos que en sus grandes discursos. En una bodega donde desconocidos empacan ayudas, en un vehículo que parte hacia una comunidad, en un artista que presta su voz o en una familia que comparte con otra a la que probablemente nunca conocerá. Son gestos pequeños frente a una tragedia enorme, pero juntos dicen algo inmenso: no tienes que atravesar esto solo.

Quizá allí sobreviva algo de aquel recreo. Una mano no puede evitar la caída ni borrar el golpe, pero sí puede hacer distinto el momento de levantarse. Con los años cambian los escenarios, las heridas son otras y aquello que debe reconstruirse puede ser mucho más grande. Sin embargo, sigue existiendo esa posibilidad sencilla de acercarse, ofrecer algo propio y acompañar mientras el otro vuelve a ponerse de pie.

Borges escribió en Los justos sobre personas comunes que realizan actos sencillos y que, sin saberlo, ayudan a salvar el mundo. Tal vez muchos estuvieron presentes esta semana: quien abrió una puerta, prestó un carro, usó su voz para convocar, empacó una caja o compartió un mercado. Quizá nunca conozcamos todos sus nombres. Tampoco hace falta. Tal vez el mundo siempre se haya sostenido así: una mano aparece, otra la encuentra y, entre ambas, algo vuelve a levantarse silenciosamente entre todos.

Siempre desde nuestro banquito.

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Por Juan Esteban García Blanquicett - @juangarciaeb

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