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¿Cuáles son las conversaciones del siglo XXI?

Colombia no necesita importar soluciones. Necesita exportar sus aciertos. Pero para eso, primero hay que creer que los tenemos.

25 de julio de 2025
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  • ¿Cuáles son las conversaciones del siglo XXI?

Por Juan Carlos Manrique - jcmanriq@gmail.com

En 1280 nació en África Musa Keita, considerado el hombre más rico de la historia. Nunca probó la pizza, el helado de vainilla o la bandeja paisa. Tampoco tomó una aspirina, encendió un aire acondicionado ni viajó en tren. Hoy, cualquier colombiano o ciudadano del mundo en un entorno mínimamente sano vive mil veces mejor que Musa Keita.

El progreso de la humanidad ha sido brutal. El verdadero reto es lograr que ese bienestar sea incluyente. Es hora de que los colombianos reaccionemos, experimentemos y subamos a Colombia en el bus del progreso. ¿Y si empezamos a tener esta conversación hoy? Y, por un instante, dejamos de hablar de Petro y los 100 candidatos tipo Panini. ¿Seguiremos atrapados en la coyuntura de “Petro contra todos y todos contra Petro”? ¿O nos atrevemos a tener conversaciones potentes y necesarias del siglo XXI? Como las están teniendo otros países, en medio de la incertidumbre. Somos prisioneros de una peligrosa obsesión: copiar modelos ajenos como si fueran pócimas mágicas. Singapur, Finlandia, Suecia, Japón ... nombrarlos no basta para heredar su desarrollo. Ningún país se transformó imitando a otro.

Lo dijo sin rodeos Xavier SalaiMartin durante la clausura del Foro de Desarrollo Local de la OCDE en Barranquilla: el progreso no se importa, se experimenta. Se descubre desde el hacer. Desde la identidad de cada nación, de cada territorio. No hay una sola estrategia. Hay muchas. Son situacionales. Son únicas. Copiar sin contexto es una forma elegante de estancarse. Es planear para fracasar. ¿Queremos empleo como el de Suecia? Genial. Pero allá las reglas se respetan. Por eso, en España, al intentar copiar a Suecia, el desempleo se disparó. ¿Por qué? Porque ignoraron la cultura, el contexto, la historia. Porque creyeron que el desarrollo era “copy-paste”: copiar, pegar, aplicar.

Necesitamos decirlo sin vergüenza: Colombia no necesita recetas prestadas. Necesita confianza para crear las propias. ¿Queremos transformar nuestros territorios? Entonces hay que tratarlos como lo que son: laboratorios vivos. Emprender, elegir, experimentar, fallar, ajustar, insistir.

Cuando SalaiMartin visitó el Museo al Aire Libre de Barrio Abajo, no vio murales. Vio política pública en acción. Vio comunidad, identidad, riesgo, belleza y propósito. Todo eso que nunca aparece en los papers del Banco Mundial, pero que sí cambia vidas.

Colombia no necesita importar soluciones. Necesita exportar sus aciertos. Pero para eso, primero hay que creer que los tenemos. Hay que dejar de pensar que todo lo bueno viene de afuera y empezar a reconocer lo mucho que hemos logrado: en los municipios, en las regiones y también en nuestras ciudades.

La gran lección de Barranquilla —y también de Medellín— es clara: el desarrollo no se decreta, se experimenta. Y si no entendemos eso, seguiremos atrapados en un eterno “casi”. Casi como Finlandia. Casi como Suiza. Casi ganamos la Copa América.

Colombia no tiene que parecerse a nadie. Tiene que atreverse a ser ella misma. Ese es el primer paso real hacia el progreso. Por eso espero con entusiasmo el nuevo libro de Alejandro Salazar, Colombia Ganadora. Porque este es el tipo de conversación ambiciosa, propositiva y necesaria del siglo XXI.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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