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Mejor elegir un rinoceronte que un asno

En tiempos de populismos, posverdad y promesas vacías, conviene no olvidar esta lección: cuando la democracia se convierte en farsa, la sátira es resistencia.

05 de septiembre de 2025
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  • Mejor elegir un rinoceronte que un asno

Por Juan Carlos Manrique - jcmanriq@gmail.com

En la política, la sátira puede ser la mejor forma de protesta. Eso ocurrió en São Paulo en 1959, cuando un grupo de estudiantes universitarios —inspirados en el periodista Itaboraí Martins—, cansados de la corrupción y el oportunismo, propuso un candidato inesperado: Cacareco, un rinoceronte hembra de cuatro años que vivía en el zoológico. El gesto, nacido entre la ironía y la indignación, terminó convirtiéndose en un fenómeno: la rinoceronte recibió cerca de 100.000 votos, más que cualquier candidato humano.

De aquella protesta quedó una frase que todavía resuena: “Mejor elegir un rinoceronte que un asno”. Más allá del humor, el mensaje era demoledor: si las alternativas políticas no inspiran confianza, hasta un animal puede encarnar con mayor dignidad la representación ciudadana.

El episodio es una metáfora que sigue viva. La historia de Cacareco recuerda que la indignación popular siempre encuentra un cauce, por insólito que parezca.

Lo interesante es que aquel voto no fue simplemente un chiste: fue un acto político profundo. Escribir el nombre de un animal en una papeleta fue la manera más clara de decir: “ninguno de ustedes me representa”. Era la versión primitiva, pero poderosa, del voto en blanco o del abstencionismo consciente. Solo que, en lugar de una cifra estadística, fue un símbolo con trompa, piel gruesa y cuerno.

El mamífero, sin quererlo, se volvió eterno en la historia política brasileña. Y su fama creció más allá de Brasil. Cacareco inspiró el Rhinoceros Party de Canadá, un partido político que participó en las elecciones federales entre 1963 y 1993. Con un humor descarado, prometían “no cumplir ninguna de nuestras promesas”. Su fundador, el escritor Jacques Ferron, proclamó como líder ideológico del partido a Cornelio Primero, un rinoceronte del zoológico de Granby, al este de Montreal. No buscaban el poder, sino entretener y desnudar la ridiculez de un sistema que, a menudo, parece una parodia de sí mismo.

Este es un llamado a los gremios, a los medios de comunicación y a los precandidatos. Corten ya la práctica desastrosa de convertir los debates en concursos de reinado: respuestas de un minuto, soluciones mágicas para todo. Respuestas de sí o no, simplificando la complejidad de los retos. Se vale decir no sé. Se vale reconocer que no todo cabe en una frase de TikTok. Es hora de exigir a los precandidatos que demuestren su talente de líderes. ¿Alguno tendrá una propuesta potente? ¿O creen que la clave está en usar tenis blancos y medias de colores?

Más de seis décadas después, Cacareco sigue siendo un ícono cultural. Su esqueleto descansa en un museo universitario, como si recordara que la política, cuando pierde toda credibilidad, abre espacio a las soluciones más absurdas. Y, sin embargo, ese absurdo guarda una lógica demoledora: la del ciudadano que prefiere gritar su hartazgo con un gesto simbólico antes que convalidar, sumiso, la mediocridad de siempre.

En tiempos de populismos, posverdad y promesas vacías, conviene no olvidar esta lección: cuando la democracia se convierte en farsa, la sátira es resistencia. Como dijeron en 1959, mejor elegir un rinoceronte que un asno.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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