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Ni James ni Karol G nos deben nada

¿Hemos dimensionado lo que significa que nuestros artistas y deportistas estén conquistando los mercados más exigentes del planeta?

19 de septiembre de 2025
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  • Ni James ni Karol G nos deben nada

Por Juan Carlos Manrique - jcmanriq@gmail.com

Los artistas y deportistas colombianos cargan sobre sus hombros todos nuestros demonios y frustraciones. Les exigimos lograr lo que nosotros no hemos logrado. En ellos depositamos esperanzas que no construimos y para colmo, los juzgamos con una severidad que jamás usamos para mirarnos al espejo. Dos ejemplos recientes ilustran esta manía nacional: la Selección Colombia y Karol G.

La Selección acaba de clasificar al Mundial y terminó tercera en las eliminatorias. Sin embargo, aquí muchos lo consideran insuficiente: hablan de una clasificación mediocre, como si llegar entre los tres mejores de Sudamérica fuera un trámite sin mérito. Y lo hacen con argumentos que se contradicen. Afirman que el fútbol no debe medirse solo por resultados, sino por el juego. Pero acto seguido califican la campaña de mediocre precisamente por los resultados de las últimas fechas. Se quejan de que el equipo no jugó con intensidad en todos los partidos, durante los 90 minutos. ¿Acaso algún equipo del mundo lo hace?

Ejemplos hay de sobra. Italia hace 8 días, cuna de las tácticas defensivas del planeta, recibió cuatro goles de Israel en un solo partido. En la última final de Champions, el PSG borró de la cancha al Inter de Milán con un aplastante 5-0. Bayern Múnich a su vez, en otra versión, había borrado al Barcelona de Messi con un insólito 8-2. ¿Eso significa que el fútbol italiano o el español es de mediocres o “pechos fríos”? Por supuesto que no. El fútbol es un deporte de suerte, momentos, estados de ánimo y genialidades.

Conviene recordar un dato básico: solo ocho países han ganado la Copa Mundial de la FIFA en toda la historia. Solo ocho. Y el último título de Argentina, que hoy tanto se celebra, fue una mezcla de suerte, talento y momentos puntuales. ¿De verdad creemos que Colombia tiene la obligación de ganar?

Tampoco perdonamos a James Rodríguez, que ya no sea el “10” del Real Madrid. Como si aquello hubiera sido un pacto con la patria: si él estaba en la cima, todos estábamos en la cima. Y si cayó de ese pedestal, sentimos que nos arrastró consigo. No se lo perdonamos.

El caso de Karol G es igual de elocuente. Periodistas de programas radiales, que jamás han afinado una nota, la criticaron por desafinar en su presentación junto a Andrea Bocelli en el Vaticano. ¿En serio? Estamos hablando de una artista colombiana que canta en el Vaticano con Bocelli, y los comentarios se reducen a si falló en un do, un re o un fa. Una genial Karol G llenó cuatro veces el estadio Santiago Bernabéu. Fue el cierre de su gira Mañana Será Bonito, un éxito sin precedentes para una artista.

¿Hemos dimensionado lo que significa que nuestros artistas y deportistas estén conquistando los mercados más exigentes del planeta?

Lo justo es aplaudirlos a rabiar. No tenemos nada que reclamarles ni exigirles. Sus victorias no nos pertenecen, y mucho menos son producto de nuestra cultura. La verdad es otra: no

se trata de que ellos sean ganadores por nosotros. Se trata de que nosotros, como sociedad, aprendamos a ser tan ganadores como ellos.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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