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La gente tolera atajos cuando la utopía de la democracia liberal no entrega soluciones.
Por Juan Carlos Manrique - opinion@elcolombiano.com.co
El fascismo y el comunismo se conectan cada vez más en uno de sus objetivos centrales. Por caminos distintos, insisten en destruir el modelo de la democracia liberal.
Su punto de encuentro pasa por el llamado nacional-populismo. Se ataca la democracia en nombre de la democracia con una máscara que los hace más astutos. Se simula defenderla mientras se vacía por dentro todo su contenido para imponer un modelo autodenominado progresista o patriótico.
Todo lo que defiende la democracia liberal —separación de poderes, el pluralismo, libertades individuales y límites al Estado— estorba; se presenta como un mal necesario y temporal. Sí, temporal mientras se concentra el poder y se alcanza la autocracia cerrada.
¿Están equivocados ellos? ¿O más bien los equivocados somos los que todavía añoramos la utopía de la democracia liberal?
Para esta columna quise revisar en detalle la data disponible sobre democracias y el resultado fue incómodo.
El V-Dem Institute define la democracia liberal bajo cinco dimensiones. La primera es electoral: gobernantes elegidos en elecciones limpias y competidas. Es el piso mínimo.
La segunda es liberal: los gobernantes elegidos deben estar limitados con pesos, contrapesos, controles y libertades civiles garantizadas.
La tercera es participativa: los ciudadanos intervienen con iniciativas populares y organizaciones civiles activas.
La cuarta es deliberativa: las decisiones públicas deben sustentarse en razones orientadas al bien común, no en agendas particulares contaminadas por la corrupción.
La quinta es igualitaria: la democracia es ante todo un sistema de condiciones. ¿El Estado controla el territorio y asegura el bienestar de su población? Las desigualdades, la desprotección y la falta de oportunidades no son solo problemas sociales, son déficits democráticos.
Al aplicar estos cinco criterios, cada país analizado queda ubicado o como una democracia liberal —Alemania—, o una democracia electoral —México—, o una autocracia electoral —India— o una autocracia cerrada —China—.
¿Si le aplicamos esta prueba de las cinco dimensiones a Colombia, dónde quedamos ubicados? Esa conclusión le pertenece al lector.
Solo en las últimas semanas, asistimos a hechos relevantes que nos alejan cada vez más del concepto de una democracia liberal.
Dudas sobre el sistema electoral sin pruebas públicas. Unos resultados electorales opacos en los territorios sin Estado. Choque con la autonomía del Banco de la República. Uso arbitrario de la figura de la emergencia económica. Unas fuerzas armadas diezmadas. La destrucción del empleo formal. Unos partidos políticos carroñeros esperando otra vez el momento oportuno para decidir sus rentables apoyos.
Pero eso no solo nos pasa a nosotros. La democracia liberal no es la regla. Es la excepción. Las democracias liberales cobijan apenas el 8,3 % de la población mundial. La mayoría de los ciudadanos del planeta vive entre democracias electorales incompletas y autocracias con urnas.
El relato simplista de “democracia versus dictadura” es un chupo. Y ahí se encuentran los fascistas y los comunistas ante una gran oportunidad: La gente tolera atajos cuando la utopía de la democracia liberal no entrega soluciones.
De eso deberían tratarse las próximas elecciones. Antes de convertirlas por enésima vez en un reality show para escoger al nuevo protagonista de novela, deberíamos preguntarnos: ¿Nos quedó grande ser una democracia liberal?