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Siete cosas que debemos saber

Presiento que muchos responderán por quién piensan votar, pero luego votarán diferente para dar un golpe en la mesa.

14 de noviembre de 2025
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  • Siete cosas que debemos saber

Por Juan Carlos Manrique - jcmanriq@gmail.com

Las opiniones, como las encuestas, tienen sus propios sesgos. La nueva Ley de Encuestas impuso una veda estadística que, en teoría, busca rigor técnico; en la práctica, ha reemplazado los datos por la especulación. Sin información confiable, la conversación pública se llena de ruido, niebla, algoritmos y falacias digitales.

Dentro de toda la información que está apareciendo —gran parte con agendas soterradas— un reciente informe de la firma de consultoría Speak sale del promedio y realiza un análisis sustentado en fuentes verificadas y complementarias. En dicho análisis se plantean siete cosas sobre la disputa electoral de 2026 que todos deberíamos mirar con atención.

Primera. La política colombiana vive una desconexión entre el procedimiento electoral y la conversación pública. En esta campaña, lo decisivo no será el debate de ideas y propuestas, sino la gestión del desconcierto y las emociones.

Segunda. Cuatro voces conectan, el resto apenas susurra. El 69 % de la conversación sobre la campaña presidencial se concentra en cuatro figuras: Iván Cepeda, Daniel Quintero, Abelardo de la Espriella y María Fernanda Cabal, sin contar a Uribe y Petro.

Tercera. Petro es el “capo” de la conversación. “El presidente no solo marca la agenda: la encarna”. Eligió ser jefe de Estado y renunció —en los hechos— a ejercer como jefe de gobierno, con un objetivo evidente: seguir en campaña y construir las bases de la izquierda. Lo está consiguiendo y disfruta haciéndolo. Moraleja: el poder narrativo es lo más determinante.

Cuarta. La indecisión es la columna vertebral de la disputa electoral. El país no está dividido: está indeciso. Cada cual quiere interpretar esa indecisión a su favor. Yo, desde mi sesgo, sí creo que el país está polarizado y que los indecisos tomarán postura cuando la campaña se radicalice.

Quinta. La elección la decidirá la mayoría silenciosa, no los polos ideológicos. Hay indicios de que, detrás del ruido polarizado, existe una ciudadanía más racional de lo que parece. Hay una amplia franja social cansada de la polarización y que no quiere votar por los extremos. Sin embargo, esa misma franja podría terminar haciéndolo, como ya ha ocurrido en otros países.

Sexta. Un contexto inédito tiene desorientada a la clase política. Petro ha transformado parte de la sociedad hacia una visión de izquierda, manteniendo su favorabilidad, pero no toda se traduce en votos. Los colombianos, vulnerables por la inseguridad, la crisis de la salud y la situación económica, podrían tomar decisiones radicales.

Séptima. Representación en lugar de redención. “El 2026 no será la batalla entre extremos, sino entre democracia institucional y populismo emocional”. Difiero. Creo que sí será entre extremos, en defensa de los valores fundamentales y entre el miedo al mal mayor y la resignación al mal menor.

Speak concluye que la disputa electoral no se definirá por los extremos, sino por los silencios. Yo creo que se definirá por extremos, donde hablarán con fuerza los silencios. Presiento que muchos responderán por quién piensan votar, pero luego votarán diferente para dar un golpe en la mesa. En la política, como en la vida, más importante que lo que uno piensa es lo que uno hace. Ahí estará la clave de la campaña.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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