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Tomémonos un café soñador

Si nos metemos de lleno a innovar, a entregar mucho valor, sorbo a sorbo, el café puede unirnos aún más. Dejemos las intenciones y pasemos a las acciones.

31 de octubre de 2025
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  • Tomémonos un café soñador

Por Juan Carlos Manrique - jcmanriq@gmail.com

Casi siempre las mejores cosas que suceden en la vida son inesperadas. Me pasó la semana pasada. Mi hija Jota nos regaló a mi esposa y a mí dos boletas para ir a Cafés de Colombia Expo 2025.

Es la feria de cafés especiales, tal vez la más importante de nuestro país y de América Latina. Las cifras del café son alucinantes: se cultiva en 610 municipios, en 838 mil hectáreas, e impacta a 560 mil familias cafeteras.

Dos muy buenas noticias acompañaron esta edición, como lo anunció Germán Bahamón, gerente de la Federación Nacional de Cafeteros. La primera: este ha sido el mejor año cafetero en 33 años. Rompió récords con una producción de 14,8 millones de sacos, de los cuales 13,2 millones se fueron a exportación. La segunda: la FDA estableció que, desde el 28 de abril de 2025, el café negro estándar puede etiquetarse como “saludable” en EE. UU.

¿Qué me encontré en la feria? Empresarios con marcas espectaculares y mucho potencial. Emprendedores que juegan más allá de las coyunturas políticas o económicas. Cientos de historias maravillosas. Cada stand era para escribir un libro. Como la del Café El Soñador, de Salgar, Antioquia. Allá estaba Braudier con su pareja, vendiendo cada bolsa de café en grano. Una pareja de apasionados cultivadores que se dedica con esmero y pasión a producir el café El Soñador, un café que captura la esencia del suroeste antioqueño: amaneceres bañados en neblina y noches llenas de estrellas que inspiran los sueños por crear algo verdaderamente especial.

¿Qué no me encontré en la feria? Un nivel de innovación más potente: en empaques, en presentaciones, en líneas y productos diferentes al café en grano y en modelos de comercialización. Es hora de dar otro gran salto en innovación y valor con el café de Colombia.

Todavía me retumba una pregunta que me hizo, en una reunión con representantes de diferentes embajadas, la representante de la embajada de Suiza, quien me dijo: “Juan Carlos, ¿por qué ustedes nos exportan granos y nosotros les exportamos innovación llamada Nespresso?”

Según cifras de la Federación, los colombianos consumimos 2,2 kilogramos de café per cápita al año. Un país como Costa Rica consume 4 kilogramos per cápita al año, y un país como Brasil consume 5,9 kilogramos per cápita al año.

Roger Martin, uno de los pensadores más importantes en estrategia, la define como el conjunto integrado de elecciones que impulsa la acción deseada del cliente. Por supuesto que el consumo podría aumentarse mucho más en Colombia y en el mundo. Eso es parte del reto. Y como bien lo dice Alejandro Salazar: no para ser un jugador más, sino para ser el jugador ganador, el que mejor se conecte con los mercados clave.

Si nos metemos de lleno a innovar, a entregar mucho valor, sorbo a sorbo, el café puede unirnos aún más. Dejemos las intenciones y pasemos a las acciones.

Tomémonos un café soñador y respondamos, entre todos, la pregunta que aún resuena desde Suiza: ¿Por qué exportamos granos... y no sueños convertidos en innovación que impulsen el consumo de los amantes del café?

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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