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El buenismo suicida

hace 5 horas
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Por Juan José García Posada - juanjogarpos@gmail.com

La invasión programada desde el norte de África, está sacudiendo la sociedad española. Aparte de los millones de inmigrantes que han llegado en los años recientes, en pocos días se verificó el ingreso turbulento de alrededor de cincuenta mil marroquíes a la ciudad de Ceuta, con saqueos y vandalismo. Han dejado en evidencia el craso error de abrir las fronteras sin restricciones a cómodos buscadores de subsidios y facilitar la derrota de la cultura occidental, por el agotamiento de la antigua tradición multiétnica. En España hay temor creciente por los efectos de esa estrategia ante la cual parece impotente el régimen político vigente. Ha quedado muy en entredicho la otrora admirable soberanía de las potencias europeas, por unas autoridades que se han visto desbordadas e impotentes para responder a este desafío, porque no es únicamente España. Pasa también en Italia, Francia, el Reino Unido y hasta en Alemania. Abundan las advertencias sobre lo que podía sobrevenir y se leen en libros como el de Guy Sorman, Esperando a los bárbaros, y el de Pascal Bruckner, La tiranía de la penitencia. Son obras que pronosticaron la crisis actual de Europa.

Cada día es más notorio el aprovechamiento de las ventajas que de tiempo atrás ha garantizado el régimen, en una visión demasiado generosa y paternalista de la resistencia a la xenofobia, como si proteger los valores fundantes de la sociedad, el cristianismo, el idioma y las costumbres familiares, fuera una suerte de atentado contra la modernidad. Hay ciudades y pueblos españoles en los que se ha desfigurado la identidad propia, porque han pasado a convertirse en colonias del Magreb. Un solo ejemplo entre muchos, es el de Navalmoral de la Mata, en Extremadura, en cuyos espacios públicos predomina la presencia de Mohamedes, muy simpáticos y amables en la vida normal, pero en silencioso conflicto permanente con la población local. Son conglomerados que, además de practicar una religión muy diferente, de resistirse al Español y de no integrarse a la sociedad en que habitan, usurpan derechos y garantías sociales que deberían beneficiar sobre todo a la población propia.

El verdadero problema reside en que muchos de ellos no aportan a la fuerza laboral, porque acceden a subsidios cuantiosos que los eximen del trabajo. “No dan un palo al agua”, como se dice en la península, pues el mejor negocio ya se lo ganaron gracias a la longanimidad de un Estado ineficiente. La solución a la vista, parece la represión de la arremetida de invasores por medio de la fuerza. Al gobierno de Pedro Sánchez no se le ha ocurrido alguna acción inteligente y efectiva, para impedir esa invasión planeada que tanto ha impresionado en estos días en los medios de comunicación. Como dicen los españoles en los bares, en los parques y en las redes sociales, el señor Sánchez es el mejor presidente que ha tenido Marruecos en su historia. Y mientras tanto, el rey de Marruecos debe estar seco de la risa, muy agradecido con el buenismo de sus vecinos.

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