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Por Lina Martínez* - Comunicaciones.wic@womeninconnection.co

Ganar más no libera a mujeres de tiranía de platos por lavar

hace 6 horas
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  • Ganar más no libera a mujeres de tiranía de platos por lavar
  • Ganar más no libera a mujeres de tiranía de platos por lavar

Por Lina Martínez* - Comunicaciones.wic@womeninconnection.co

Hay una promesa que la modernidad nos hizo a las mujeres. Si estudiábamos, trabajábamos y ganábamos lo suficiente, reclamaríamos por derecha equidad en el trato. La promesa de la mujer moderna es que la independencia económica trae, casi por inercia, independencia doméstica. Un estudio reciente del NBER (Hancock, Lafortune y Low, 2025) acaba de desmentir esa promesa con contundencia.

Los autores analizaron miles de hogares heterosexuales en Estados Unidos y encontraron que la lógica económica básica, llega hasta la puerta del hogar. Las mujeres pasan más tiempo en el fregadero, así ganen el doble que sus parejas. Nos habían educado en la lógica de que quien sostiene económicamente el hogar queda exento, al menos parcialmente, de la tiranía del trabajo doméstico. No es el caso. El trabajo de las mujeres en el hogar, incluso en los salarios más altos, no está restringido al cuidado de los niños —donde podría alegarse alguna diferencia biológica—, sino en cocinar, limpiar y mantener la casa. Tareas que se distribuyen sin ninguna justificación distinta a la costumbre. El patrón se invierte solo en parejas homosexuales y en hogares donde el hombre es el proveedor principal.

Lo más interesante es lo que pasa en las transiciones. Al casarse, las horas domésticas de ellas suben y las de ellos bajan. Al divorciarse, el patrón se revierte. Incentivos claros las que prefieren el celibato nupcial. Aunque el salario de ellas se duplique o cuadruplique frente al de sus parejas, el tiempo que ellos dedican al hogar apenas se mueve. Hay una resistencia estructural a roles de género que las leyes del mercado no mueven. Colombia no es la excepción. Según cifras del DANE, las mujeres dedican en promedio 7 horas diarias al trabajo doméstico no remunerado, frente a apenas 3 horas de los hombres. Más del doble.

Hemos construido, con razón, políticas públicas que celebramos como logros —cuotas de género en el sector público, licencias parentales, programas contra la brecha salarial—. Han funcionado, parcialmente, para abrirnos la puerta del mercado laboral. Pero esas políticas se detienen en el umbral de la casa. Nadie legisla quién lava los platos, ni audita quién se levanta a las 5 a.m. a organizar loncheras mientras el otro duerme. El Estado puede incentivar que una mujer llegue a ser gerente, pero no puede obligar a que su pareja tienda las camas.

Por eso la emancipación económica de las mujeres, aunque real, sigue siendo parcial. Ganamos el pan, pero seguimos horneándolo también. Tenemos múltiples conversaciones pendientes, y una de ellas, es lo que ocurre en la privacidad del hogar. No hay estado ni legislación que la pueda dar es conversación por las mujeres. Nos toca, armarnos de las consabidas habilidades que nos ha tocado desarrollar para aprender a negociar mejor, no con el jefe, que el estado ayuda, con el socio que se tiene al lado.

*Dir. Centro Estudios Bienestar- U. Icesi

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