Pico y Placa Medellín
viernes
2 y 8
2 y 8
Lo interesante es que empiezan a surgir ejemplos que muestran que sí hay camino. Uno de ellos es el turismo.
Por Luis Diego Monsalve - @ldmonsalve
Durante años hemos repetido con resignación que Colombia no es un país exportador. Y en buena medida es cierto: exportamos poco, concentrado y con bajo valor agregado. Pero ha llegado el momento de matizar esa afirmación: empiezan a aparecer señales —todavía incipientes, pero reales— de que Colombia sí puede integrarse mejor al mundo.
Hace unos días, escuchando un episodio del podcast Atemporal, con Martín Gustavo Ibarra como invitado, esa realidad quedó nuevamente sobre la mesa: el país necesita una estrategia de comercio exterior mucho más ambiciosa, consistente y de largo plazo.
Las cifras ayudan a poner el reto en perspectiva. Colombia exporta menos de 1.000 dólares per cápita al año. El promedio mundial está más cerca de los 3.000 dólares, y América Latina se mueve entre 1.500 y 2.000. No es solo una brecha: es un rezago estructural que explica buena parte de nuestras limitaciones de crecimiento.
Lo interesante es que, paralelamente, empiezan a surgir ejemplos que muestran que sí hay camino.
Uno de ellos es el turismo. En los últimos años, Colombia ha visto un crecimiento notable en la llegada de visitantes internacionales. Hay un cambio de percepción: el país empieza a posicionarse como destino atractivo, diverso y competitivo. El turismo, además, tiene una virtud que pocas actividades comparten: genera divisas, dinamiza regiones y distribuye ingresos. En otras palabras, es una forma de exportación que ocurre dentro del territorio.
Y no es la única señal.
En una columna anterior me referí al estudio de “Antioquia Emergente”, que identifica un conjunto de empresas que no necesariamente son grandes exportadoras tradicionales, pero que participan en mercados internacionales en nichos muy específicos. Es lo que algunos llaman el “long tail” del comercio exterior: muchas empresas pequeñas y medianas, en sectores diversos, que sumadas tienen un impacto significativo.
Allí hay una pista clave. El futuro exportador de Colombia no estará únicamente en unos pocos sectores tradicionales, sino en la diversificación inteligente: agroindustria, servicios, turismo, industrias creativas, manufacturas especializadas. Un tejido empresarial más amplio, más sofisticado y más conectado con el mundo.
Eso sí, nada de esto ocurre por inercia. Países como Chile, Perú o Brasil no llegaron a donde están por casualidad. Construyeron durante años acceso a mercados como China, desarrollaron capacidades sanitarias, invirtieron en promoción y, sobre todo, mantuvieron continuidad en sus políticas.
Colombia, en cambio, ha avanzado de manera fragmentada. El potencial agroindustrial sigue siendo enorme. La demanda asiática por alimentos y productos de mayor valor agregado es creciente. Pero ese mercado no se conquista con discursos, sino con trabajo técnico sostenido, articulación público-privada y visión de largo plazo.
Hay otra oportunidad que podría ser más inmediata. La reconfiguración de las cadenas globales —impulsada por tensiones geopolíticas, costos logísticos y la búsqueda de mayor resiliencia— está llevando a muchas empresas a acercar su producción a mercados como Estados Unidos y México. En ese contexto, Colombia tiene una ventaja natural: su ubicación geográfica, su acceso a ambos océanos y su cercanía a esos mercados. Si el país logra ofrecer condiciones competitivas —infraestructura, seguridad jurídica y costos razonables— puede convertirse en una base atractiva para industrias que buscan producir desde la región para abastecer a Norteamérica.
El punto de fondo es simple, aunque no fácil: Colombia sí tiene con qué. Tiene recursos, tiene talento empresarial, tiene sectores emergentes y empieza a tener historias de éxito. Lo que le ha faltado es coherencia, continuidad y decisión.