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La segunda vuelta: el macondo electoral colombiano

Votar en primera vuelta no es opcional ni decorativo, porque la segunda vuelta, aunque exista, no es un derecho emocional.

hace 4 horas
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  • La segunda vuelta: el macondo electoral colombiano

Por Luis Fernando Álvarez Jaramillo - lfalvarezj@gmail.com

Si se ponen a pensar, en primera vuelta algunos organizan viajes o no salen a votar “porque tenemos la segunda vuelta”. Hay otros que salen a votar pero votan con capricho por el candidato que “nos gusta” y “queremos”. Todas las categorías tienen un común denominador: los colombianos dejamos para después, para una eventual segunda vuelta, el voto responsable y estratégico. Ese cálculo, tan extendido como silencioso, es una forma de realismo mágico político. Es Macondo.

La Constitución Política no diseñó la segunda vuelta como un salvavidas cultural para corregir caprichos de la primera vuelta. El artículo 190 establece con claridad que será presidente quien obtenga la mitad más uno de los votos válidos, y que sólo si ningún candidato alcanza esa mayoría, se realizará una nueva votación entre los dos más votados. Es decir, la segunda vuelta no es una garantía emocional; es una garantía jurídica condicionada.

El problema es que actuamos como si fuera inevitable. Como si siempre fuera a haber tiempo para “corregir”. Como si la primera vuelta fuera un ensayo general y no una decisión con efectos reales.

La Ley 996 de 2005 y la organización electoral colombiana refuerzan este diseño: dos vueltas sólo si el umbral no se alcanza. No hay tercera oportunidad, ni margen para la nostalgia electoral. Sin embargo, culturalmente hemos decidido ignorar esa arquitectura institucional y reemplazarla por una narrativa cómoda: primero deseo, después responsabilidad.

Pero, ¿Qué ocurre cuando ese “deseo” fragmenta el voto? ¿Qué pasa cuando múltiples candidaturas afines se dividen en primera vuelta, cada una apelando al “quiero”? Terminan permitiendo que el candidato equivocado – en términos sociopolíticos, jurídicos y económicos – alcance la presidencia en primera vuelta o pase con ventaja determinante a la segunda.

Ahí el realismo mágico deja de ser literatura y se convierte en riesgo democrático. Pues esa segunda vuelta depende de una condición que no controlamos individualmente. Es un acto colectivo que exige coordinación, no improvisación.

La primera vuelta no es un filtro emocional: es el momento más puro de decisión democrática. Es donde se define el mapa real de poder, donde se estructuran las opciones viables, donde se decide si habrá o no segunda vuelta. Seguir tratándola como un trámite simbólico no es algo que la democracia colombiana pueda aguantar.

Tal vez ha llegado el momento de abandonar Macondo. De entender que el voto no es una expresión individual aislada, sino una herramienta colectiva con consecuencias estructurales. De asumir que votar en primera vuelta no es opcional ni decorativo, porque la segunda vuelta, aunque exista en la Constitución, no es un derecho emocional. Es una contingencia y las democracias no deberían depender de contingencias para tomar buenas decisiones.

En Colombia, Macondo no es sólo un lugar imaginario, sino un símbolo donde lo absurdo lo aceptamos como normal, la memoria es frágil y los errores se repiten una y otra vez. Este año, una vez más, tenemos la oportunidad de abandonar Macondo.

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