Pico y Placa Medellín
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Ingeniero civil con maestrías en Finanzas de la Universidad EAFIT y Administración de City, University of London. Ha sido analista financiero, consultor en estrategia y director de Planeación. Su trayectoria combina el análisis cuantitativo con la comprensión económica de empresas y regiones. Apasionado por los desafíos que despiertan su curiosidad, Mateo plantea lo que Medellín requiere para consolidarse como destino global sostenible.
Por Mateo Castaño Sierra - @matecastano
Potencial es la palabra más subestimada de Colombia. Escrita en todas partes y la creemos cada vez menos. Pero los datos no mienten: tenemos el sistema de ciudades más equilibrado de América Latina, una Orinoquía del tamaño de Holanda y Bélgica combinadas esperando ser despensa agrícola del mundo, energía renovable desaprovechada, emprendedores que donde llegan prosperan — y una posición geográfica privilegiada en el Caribe en el momento en que Estados Unidos le está dando a esa región una importancia inusitada. El problema no es el país. Es que llevamos décadas gobernándolo como si nada de eso existiera.
Aprender del mundo no significa copiarlo: significa leerlo con ojos colombianos. Irlanda tenía nuestra misma dependencia de un solo sector exportador y apostando por simplificar los impuestos se convirtió en el país más rico de Europa. Argentina, con Vaca Muerta, entendió que sin energía barata no hay industria y tomó la decisión de sacar todo el gas y petróleo posible sin complejos ideológicos. Polonia salió del comunismo más pobre que nosotros y en una generación superó a Japón abriendo su economía. Ninguno copió una receta al pie de la letra: todos tomaron principios probados aplicados a su propia realidad. Eso es exactamente lo que necesita Colombia en la presidencia.
Las ciudades no se pueden seguir gobernando desde el centralismo. Barranquilla necesita autonomía para convertirse en la capital del Caribe; Medellín, para consolidarse como hub de servicios; Cali, para explotar su conexión con el Pacífico; Bucaramanga para ser otra vez la principal fábrica de Venezuela y la propia Bogotá para reencontrarse como la Berlín sudamericana. Cada una tiene una vocación distinta que un gobierno central no puede entender ni gestionar desde lejos. La administración que le dé a las ciudades las herramientas para escribir su propia historia de éxito ya lleva media carrera ganada.
Optimismo con datos — no ingenuidad — es exactamente lo que le falta a nuestra política. Colombia puede crecer al 6% anual y ser un país desarrollado para 2040. Para eso hay que desbloquear lo que ya tenemos: los Llanos pueden triplicar la producción agrícola con la inversión correcta en logística y titulación de tierras; los ríos y el viento pueden darnos energía abundante y barata si dejamos de bloquear proyectos por mitos. Lo que nos ha faltado no son los recursos: es el liderazgo que se atreva a usarlos.
Mercado y Estado no son enemigos — pero las ideologías trasnochadas los han tratado como tales durante décadas, y Colombia pagó la cuenta. Hoy una empresa formal paga más en impuestos de lo que gana. Así no hay industria, ni empleo, ni crecimiento. El perfil que Colombia necesita entiende que el Estado debe ser aliado del sector productivo, no árbitro sesgado de una pelea improductiva
A ese perfil le toca ganar. No porque esté escrito en ningún sitio sino porque Colombia tiene demasiado potencial como para seguir desperdiciándolo en un mundo que avanza. Cosas buenas no van a pasar de la nada; pero podemos hacer que pasen cosas buenas –inclusive extraordinarias. Existe en Colombia el liderazgo técnico, optimista y valiente que necesitamos. Solo falta que los colombianos lo reconozcamos — y lo elijamos. Para que Colombia, de una vez por todas, vuele alto.
Ingeniero civil con maestrías en Finanzas de la Universidad EAFIT y Administración de City, University of London. Ha sido analista financiero, consultor en estrategia y director de Planeación. Su trayectoria combina el análisis cuantitativo con la comprensión económica de empresas y regiones. Apasionado por los desafíos que despiertan su curiosidad, Mateo plantea lo que Medellín requiere para consolidarse como destino global sostenible.