Pico y Placa Medellín

viernes

2 y 8 

2 y 8

Pico y Placa Medellín

jueves

5 y 9 

5 y 9

Pico y Placa Medellín

miercoles

4 y 6 

4 y 6

Pico y Placa Medellín

martes

0 y 3  

0 y 3

Pico y Placa Medellín

domingo

no

no

Pico y Placa Medellín

sabado

no

no

Pico y Placa Medellín

lunes

1 y 7  

1 y 7

Por Rubén Darío Barrientos G. - opinión@elcolombiano.com.co

Las nostálgicas asambleas de accionistas

hace 3 horas
bookmark
  • Las nostálgicas asambleas de accionistas
  • Las nostálgicas asambleas de accionistas

Por Rubén Darío Barrientos G. - opinión@elcolombiano.com.co

Hubo un tiempo —no tan distante— en que las asambleas de accionistas de marzo eran suceso. No eran un trámite contable ni una reunión protocolaria para aprobar balances. Eran acontecimiento. Más que noticia eran rito. Los periódicos enviaban reporteros económicos; había crónicas, análisis y fotografías. En ciudades como Medellín, la asamblea anual de una gran empresa ocupaba gruesos titulares en El Colombiano; en Bogotá, las decisiones empresariales eran seguidas con rigor y despliegue por medios como La República. Es que se contaba un capítulo distinto de la misma historia.

En las asambleas de Coltejer, latía el ruido imaginario de los telares y la certeza de que la ciudad había crecido alrededor de una fábrica. Las reuniones de Fabricato tenían un tono similar. Era competidora y símbolo paralelo de la industria textil. Las de Enka de Colombia exhibían la distinción representativa del sector textil-químico y exportador. Las de Suramericana de Seguros revelaban el poder asegurador y financiero antioqueño, donde sus decisiones eran señales del mercado en la administración de la incertidumbre. Y las de Cementos Argos tenían la clave en infraestructura nacional y retumbaban por su impacto en la construcción y obra pública.

Entretanto, las del Banco Industrial Colombiano eran estratégicas en la consolidación financiera del país. Las de la Nacional de Chocolates daban la señal de que el empresariado regional había dejado de ser local. Las de Empresas Públicas de Medellín resonaban porque sus juntas y debates eran seguidos intensamente dado que formaban escenario de discusión pública empresarial. Había algo casi ceremonial en esas jornadas. Eran una liturgia empresarial que comenzaba días antes: convocatoria impresa, el sobre grueso con estados financieros, el informe de gestión leído y las anotaciones al margen.

Los accionistas antiguos —harto madrugadores—, arribaban con una mezcla de orgullo y expectativa. Para muchos, esas acciones representaban el ahorro de toda una vida. Se sentían parte de la empresa. Preguntaban por los dividendos y por el endeudamiento. Había algo profundamente democrático en esos recintos: el pequeño accionista entrevistado, se convertía en interlocutor público del poder económico. Hoy, en cambio, las asambleas transcurren en silencio. A veces virtuales, a veces híbridas, casi siempre discretas. No hay crónica ni relato. No hay periodista que capte el gesto incómodo, la pregunta incisiva o la votación dividida.

Todo cambió. Quizás mutó el periodismo, cada vez más absorbido por la inmediatez política y el escándalo. Tal vez varió la empresa, que aprendió a administrar su narrativa con precisión quirúrgica. O probablemente se modificó el país: dejamos de mirar el escenario donde se decide la inversión, el empleo y el rumbo económico, para concentrarnos en la arena unívoca del poder político y hasta en la venalidad. El silencio actual no necesariamente significa que no haya debate; significa que ya no lo vemos.

Y cuando la vida corporativa deja de ser conversación pública, perdemos una dimensión esencial del quehacer económico: la posibilidad de observar, entender y cuestionar cómo se toman las decisiones que afectan a miles de trabajadores, proveedores y comunidades. Y hasta vale la pena preguntarnos si la empresa dejó de ser noticia o si nosotros dejamos de considerarla parte del debate público. Y ese silencio, más que discreción, puede ser síntoma de una conversación que el país dejó de tener.

Sigue leyendo

Por Rubén Darío Barrientos G. - opinión@elcolombiano.com.co

Regístrate al newsletter

PROCESANDO TU SOLICITUD