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Cultivar el criterio para distinguir la imperfección de la maldad y aprender a comprender el miedo para gestionarlo son fortalezas que he construido a lo largo de mi vida.
Por Josefina Agudelo Trujillo - opinion@elcolombiano.com.co
Vi un gran palo en la mano de mi nieto de tres años y le pregunté para qué lo tenía. “Para estar listo cuando vengan los malos”, respondió, sin dudar. “Y ¿quiénes son los malos? Pregunté. Abrió los ojos, sorprendido por la pregunta, y contestó con una obviedad natural: “Los malos son los malos”.
Ese mismo día, su hermanito de cuatro años, animado por el triunfo del equipo de fútbol que sigue su abuelo, repetía emocionado: “Es que el otro equipo es muy malo”. Le pregunté por qué es malo y respondió, como quien da un dato irrefutable: “Porque siempre pierde”.
De repente mi cerebro entro en disonancia. Repasé todo lo aprendido a través de la vida sobre el concepto del bien y del mal; sobre lo que considero bueno o malo; sobre cómo la misma palabra que sirve para expresar el miedo a lo desconocido sirve también para significar el bajo desempeño de una persona o un equipo. Caí en cuenta de la importancia de cuidar las palabras y su significado, especialmente cuando me dirijo a los niños.
Comprendí que el concepto del mal cuando somos niños es lo que asusta, estorba o no funciona. El problema llega cuando esa simpleza se vuelve costumbre adulta. Porque “los malos” es una categoría cómoda, especialmente cuando nos referimos a las personas; ahorra matices, divide el mundo en dos bandos, fortalece los prejuicios, bloquea la conversación, alimenta la desconfianza y nos aleja de la pregunta incómoda de fondo: ¿a quién llamamos malo, por qué, a quién le conviene que sigamos pensando así?
Ahora bien, la palabra malo proviene del latín malus que significa malvado o imperfecto; raíz que también deriva palabras como mal, malicia y maligno. (consulta que hice al diccionario moderno que es la IA)
Por fortuna el lenguaje me ayudó a alinear la disonancia y a separar dos conceptos que, aunque tienen la misma raíz son muy diferentes; me atrevo a afirmar que el asunto está en la intencionalidad.
Ser imperfecto o tener bajo desempeño es inherente al ser humano; condición que se puede mejorar día a día con educación, entrenamiento, mejora continua y búsqueda de la iluminación o la santidad (en el camino espiritual).
Ser malicioso o maligno es otra categoría. Lleva implícita la intención de aprovecharse del otro y/o hacerle un mal.
Sin duda, estar preparados por si vienen los malos, es un asunto de supervivencia como dijo mi nieto; pero requiere menos fuerza y más conciencia
Cultivar el criterio para distinguir la imperfección de la maldad y aprender a comprender el miedo para gestionarlo, son fortalezas que he construido a lo largo de mi vida; me han servido para navegar la incertidumbre con optimismo y confianza y quiero que sean parte del legado para mis nietos.