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Fallos que generan olas

La líder ultraderechista Marine Le Pen abandonó la sala mientras el juez leía sentencia en su contra. Así ocurre en otros lugares del mundo donde líderes con tendencias autoritarias se presentan como víctimas de la persecución judicial.

hace 8 horas
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  • Fallos que generan olas

La condena en París de Marine Le Pen, líder del ultraderechista partido Reagrupamiento Nacional (RN), ha generado ondas expansivas mucho más allá de las fronteras de Francia y ha levantado un muro de solidaridad global entre quienes comparten su visión del mundo.

El tribunal correccional la inhabilitó por cinco años con efecto inmediato, lo que significa que la dirigente queda apartada de las elecciones de 2027 y se altera profundamente el panorama político francés. Le Pen encabezaba con mucha ventaja la intención de voto de los ciudadanos en primera vuelta, al obtener entre un 34% y un 37% según los últimos sondeos. Y ya en el 2024 su partido fue el más votado, consiguiendo que 89 diputados alcanzaran sus escaños.

La líder nacionalista y antiinmigración fue acusada, junto con más de 20 figuras importantes de su partido, de contratar con fondos del Parlamento Europeo a asistentes que trabajaban en asuntos de su partido, el RN, y no de la cámara europea. Todos ellos, incluidos 9 exdiputados del Parlamento Europeo y sus 12 asistentes parlamentarios, fueron declarados culpables de formar parte de una vasta trama que entre 2004 y 2016 malversó fondos. Las pérdidas causadas a los fondos públicos europeos alcanzaron los 4,5 millones de euros.

La sentencia llega tras diez años de un largo proceso y se convierte en tormenta debido al momento político que vive el mundo. Sin importar si son de derecha o izquierda, los populismos y sus cada vez más fuertes representantes viven en constante cuestionamiento del poder judicial en función de cuánto los benefician o perjudican sus sentencias. Ahora resulta que, contrario al equilibrio de poderes, los populistas argumentan que su poder, que viene de las urnas, debería ser ilimitado e inmune a las decisiones de los jueces.

Los cimientos del Estado de derecho son manoseados por altos cargos políticos que cada vez que tienen oportunidad muestran su desdén por los tribunales. Precisamente Marine Le Pen, en un gesto de indudable arrogancia, abandonó la sala mientras el juez leía la sentencia, y se limitó a decir “increíble”. Nada distinto a lo que ocurre en muchos otros lugares del mundo donde líderes con tendencias autoritarias se presentan como mártires del sistema o víctimas de la persecución judicial.

Y hay que ver las reacciones de algunos de sus aliados. Desde Rusia hasta Brasil, pasando por Estados Unidos, Hungría e Italia, son muchos los que han criticado la decisión judicial. El Kremlin, como si nada, puso en duda la democracia francesa. El ministro húngaro Viktor Orbán mostró su apoyo en la red social X con un “Je suis Marine”. Y el expresidente brasileño Jair Bolsonaro, que será juzgado por intentar dar un golpe de Estado, declaró que se ve reflejado en el caso de Le Pen. El cinismo es insultante.

El milmillonario asesor de La Casa Blanca, Elon Musk también quiso opinar sobre lo que él considera un abuso del poder judicial, mientras que Matteo Salvini, viceprimer ministro italiano, aseguró que el dictamen es una declaración de guerra. Todas estas reacciones son un reflejo de los tiempos que vivimos, en los cuales si no me gusta lo que decide un tribunal fundamentado en leyes, opto por denigrar sus decisiones.

La ligereza es tal que se olvidan de que no hay democracia sin separación de poderes y que ningún poder está por encima de los otros. Socavar los cimientos del Estado de derecho debilita toda democracia y expone a los ciudadanos a la manipulación y el abuso de líderes inescrupulosos que se imponen mediante la polarización.

El camino que sigue para Le Pen y su partido Reagrupamiento Nacional probablemente sea más optimista de lo que quieren hacerlo ver ahora con su actitud de víctimas. Seguramente verán reforzadas sus perspectivas electorales porque la ola populista nos parece tener freno en ningún lugar.

El Tribunal Correccional de París reconoció que no hubo enriquecimiento personal, lo cual, sin embargo, no exime del delito. Y les recordó a los implicados y a todos aquellos que lo quieran escuchar, que la obligación de los partidos consiste en actuar de manera ejemplar y sin chanchullos, por muy habituales que fueran en el pasado. Al fin y al cabo, fue precisamente en Francia donde Montesquieu consagró aquello de que la igualdad de los hombres solo se recupera al amparo de la Ley.

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