En algún momento de enero de 1950, en el Estadio Comunale de Florencia, el defensa de la Juventus Carlo Parola recibió un balón en el área y, en lugar de despejarlo con la cabeza como habría hecho cualquier otro, lanzó su cuerpo hacia atrás y ejecutó en el aire una media chilena perfecta.
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Un fotógrafo llamado Corrado Banchi, sentado detrás del arco en una posición inusualmente baja, apretó el obturador y, sin saberlo, capturó una imagen que se convertiría en el ícono del coleccionismo futbolero más reconocido del mundo: la silueta del jugador en pleno vuelo, la misma que once años después quedaría estampada en los sobres del álbum Panini como la figurita Calciatori o la número 00.
Todo comenzó en 1945, cuando una italiana llamada Olga Panini compró un kiosco de periódicos en el Corso Duomo de la ciudad de Módena y sus hijos, Benito, Giuseppe, Umberto y Franco, aprendieron el negocio de la distribución.
En 1960, Giuseppe encontró un lote de figuritas sin vender de la marca Stella y su colección Calciatori. El joven las cortó, las metió en sobres sellados y vendió a 10 liras cada uno. La gente no sabía qué fichas había adentro hasta abrirlos, incertidumbre que se convirtió en el verdadero producto de Panini. Las páginas vacías crean el deseo, los cromos repetidos generan conversación y la ficha que falta produce obsesión.
En 1961 nació oficialmente la empresa Panini con el primer álbum Calciatori de la temporada 1961-62, adaptando la idea de los álbumes de figuras que se comercializaban desde principios del siglo XX en paquetes de cigarrillos, una tradición que el empresario inglés John Baines había iniciado en Bradford en 1885.
Umberto Panini resolvió el problema de escala con la invención de la Fifimatic, una máquina que automatizaba el empaque de los sobres con una distribución controlada que mantenía la ilusión del azar. Así se industrializó la creación de los sobres.
Pero el verdadero salto global llegó con el Mundial de México 1970, el primer álbum internacional de la marca y primer torneo masivamente visto en televisión a color.
Para millones de niños fuera de Italia, ese álbum fue el primer contacto con el fútbol de otros continentes. Banderas, escudos y uniformes de selecciones que nunca habían visto jugar se volvieron objetos de deseo.
Luego, en países como Gran Bretaña, el fenómeno terminó de explotar con la colección de la Eurocopa 1976 que Panini comercializó bajo el nombre Euro Football y que en algunos países vino como regalo en periódicos y revistas, como la clásica Shoot!
Para entonces, las láminas ya eran autoadhesivas, llevaban escudos con acabado holográfico que los niños llamaban shinies y el vocabulario del intercambio se volvió universal: “ya la tengo”, “me falta”. A comienzos de los ochenta, nueve de cada diez niños en Europa y Estados Unidos compraban productos Panini, según cifras de The Athletic.
El mito de las fichas imposibles
Desde los primeros álbumes, coleccionistas de todo el mundo desarrollaron una relación casi obsesiva con ciertas láminas que, por razones diversas, se volvieron imposibles de encontrar y se cotizan por cifras altísimas en internet.
El primer gran mito de escasez nació con el álbum de México 1970. La figurita de Pelé, el mejor jugador del mundo en ese momento y la cara visible del torneo más visto hasta entonces en televisión a color, circuló en cantidades que nunca fueron suficientes para una demanda sin precedentes.
Luego, Argentina 1978 produjo sus propios fantasmas. En el álbum de ese torneo no aparece Mario Kempes, goleador que le dio el título al local y cuya ausencia es uno de los errores editoriales más documentados de la historia de Panini. En ese mismo álbum, a Enzo Trossero le pusieron el nombre de Quique Wolff, otro error que, lejos de restarle valor al álbum, se convirtió en dato de culto que los coleccionistas más rigurosos rastrean hasta hoy.
Pero el episodio más extraño en la historia del coleccionismo lo protagonizó el álbum de Francia 1998, el primero desde 1986 que no imprimía ni distribuía en Colombia la empresa Carvajal con carátula exclusiva para nuestro país.
Los primeros en comprarlo creyeron tener un ejemplar defectuoso, ya que la página correspondiente a la selección de Irán venía sin números ni contornos de láminas. “Al reclamar nos dimos cuenta que todos los ejemplares eran iguales”, recuerda un coleccionista de la época, Víctor Martínez.
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Corrieron los rumores. Se dijo que en Irán la religión prohibía fotografiar personas porque se les iba parte del alma, otros chismes que circularon apuntaban a una prohibición del Ayatolá de turno o que Panini quería congraciarse con el mercado estadounidense ninguneando a los iraníes.
La versión oficial es que Panini había fracasado en la negociación de los derechos de imagen de ese equipo y había impreso solo una cantidad limitada de láminas disponibles por correo postal. Un noticiero llegó a entrevistar al agregado cultural de la embajada iraní, quien anunció un acuerdo especial para el mercado colombiano.
Faltando poco para el Mundial, unas láminas de calidad irregular, algunas en blanco y negro, llegaron a los puestos de venta.
Ya en el siglo XXI, la escasez dejó de ser accidental. La primera aparición de Lionel Messi en un álbum del Mundial, en Alemania 2006, cuando tenía 18 años, se convirtió en el rookie (debutante) mundialista más buscado de la historia moderna del coleccionismo, no porque Panini la imprimiera en menor cantidad sino porque nadie que la tuviera quería cambiarla. La demanda superaba toda oferta posible.
Pero nadie encarna mejor la obsesión de conseguir cada lámina que Gianni Bellini, tipógrafo de 54 años que vive en San Felice sul Panaro, a treinta kilómetros de Módena, la ciudad donde todo empezó.
Con 4.000 álbumes completados, cerca de dos millones de láminas pegadas y unas 400.000 pendientes, Bellini es reconocido como el mayor coleccionista de álbumes Panini del mundo. Comenzó a los 13 años, abandonó el hobby a los 17 “por las chicas”, se casó a los 19 y no volvió a soltar un sobre. Hoy dedica entre cuatro y seis horas diarias a su colección, desde las 6:30 de la tarde hasta medianoche entre semana, y los fines de semana no son la excepción. Recibe entre 600 y 700 cartas al mes de coleccionistas de todo el mundo, envía unos 5.000 correos electrónicos al año y gasta entre 4.000 y 5.000 euros anuales en su afición.
Su álbum favorito es el de México 1970. “La emoción es tener por fin el álbum en mis manos, pero una vez esta emoción pasa, ya piensas en el próximo”, dice a la agencia AFP. Su mujer Giovanna lo apoya con resignación y algo de humor: “Gracias a esto está siempre en casa, bajo control y no en el bar”.
Pero cuenta que nada de su colección está en venta. “El verdadero coleccionista compra, cambia, pero no vende”, sentencia Bellini, que trabaja además en la creación de un museo en Chiasso, Suiza, y busca transmitirle la pasión a su nieto de siete años, aunque sin facilitarle el camino: “Debe comprender que tiene que comprar un paquete, cambiar los cromos que le faltan con sus amigos”.
Coleccionar en Colombia
En Colombia, ese mundo encontró terreno fértil hace décadas. Don Juan Guillermo Ruiz, coleccionista antioqueño, contó hace un par de años a EL COLOMBIANO que su álbum de Chile 62 es su posesión más antigua y valiosa. “Otro de los más preciados es el de Italia 90. Me pareció muy especial porque marcó el regreso de Colombia a los mundiales”. La afición la heredó de su padre.
Por su parte, Ricardo Gómez, oriundo de Manizales, tiene álbumes desde 1986 y le pasó la goma a su hijo. En Medellín, los puntos de intercambio y venta de láminas son parte del ritual. Carlos Andrés García, conocido como Loncho, vende Panini cerca de Envigado y es toda una referencia en la ciudad.
Pero si de tradición comercial se trata, en Bogotá está el ya mencionado Víctor Martínez, quien aparte de coleccionar los álbumes, con su familia lleva más de treinta años al frente de Monas Coleccionini, en la carrera 15 con 72, un punto que es conocido en el gremio como “la carpa Panini”.
El negocio lo fundó su madre y hoy es uno de los distribuidores autorizados más grandes del país en el canal tradicional. “El coleccionismo es algo que une familias, generaciones. Empieza desde el abuelo, sobrepasa al abuelo, al papá, al hijo, al nieto”, cuenta a EL COLOMBIANO.
Para él, Panini no es solo fútbol ni solo el álbum del Mundial, pues “tienen colecciones de películas, de carros, del Chavo del 8. Tiene infinidad de títulos que son inimaginables y todo esto une a la gente”.
Pero lo que diferencia a Panini de marcas paralelas en Latinoamérica, como la peruana Navarrete, es el licenciamiento oficial, con rostros, escudos reconocidos y la autenticidad de lo patentado. Esa diferencia explica también por qué el coleccionismo físico resiste la era digital.
“Tú coleccionas algo que puedas palpar, no coleccionas algo que solo puedes ver en una pantalla. Por eso estos álbumes siguen vigentes hoy en día”, dice Martínez.
En los puntos de intercambio, esa filosofía se vuelve práctica. “No importa qué afinidad política tengas, no importa de qué equipo seas. Lo único que importa es conseguir las láminas que te hacen falta”.
El coleccionismo colombiano tuvo su pico más documentado en el arranque del Mundial 2026. Según Mercado Libre, el álbum y las figuritas generaron 627.000 búsquedas en la plataforma, convirtiendo a Colombia en el segundo país de América Latina con mayor demanda. El solo álbum concentró 499.500 búsquedas, a un ritmo de once por minuto durante el mes de mayo, cuando se anunció la fecha de lanzamiento.
Sin embargo, hoy Panini enfrenta su mayor sacudida histórica. En mayo pasado, la FIFA firmó un acuerdo exclusivo de largo plazo con la empresa gringa Fanatics para que su marca Topps produzca tarjetas, láminas y juegos de colección a partir de 2031, poniendo fin a una relación que, salvo el Mundial de Estados Unidos 1994, había sido ininterrumpida desde México 1970.
Fanatics adquirió Topps en 2022 por cerca de 500 millones de dólares y desde entonces le arrebató a Panini las licencias de la NFL, la NBA, la MLB, la Premier League, la Bundesliga y la UEFA Champions League. Panini respondió con una demanda antimonopolio; Fanatics contrademandó. La empresa italiana, valorada en 5.800 millones de dólares, designó a CitiGroup para explorar opciones estratégicas, pero con la pérdida de licencias parece que su suerte ya está echada.
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Entretanto, Topps es una realidad en mercados como el colombiano, aunque de momento es un nicho que cubren tiendas especializadas como Roadshow, ubicada en el norte de Bogotá, siendo la primera de su tipo en toda Latinoamérica. “Llegaron haciendo tarjetas, le pusieron pedazos de camiseta y autógrafos brutales de leyendas del fútbol y de otros deportes. Hicieron del coleccionismo algo más sólido y de élite”, explica Martínez.
El producto cambiará de manos, pero el ritual de abrir un sobre y encontrar la ficha que falta se lo seguiremos debiendo a Panini.
Las cinco laminitas más apetecidas
1. Pelé, México 70
Primera figurita de Pelé en un álbum del Mundial y pieza central de la primera colección internacional de Panini. Cuentan los expertos que era de un tamaño mayor al resto y que se debía pegar con pegamento porque no eran “caramelos” autoadhesivos.
2. Maradona, México 86
Lo que da más valor a esta ficha es que, contra Inglaterra, el argentino anotó los dos goles más famosos de la historia de los mundiales. Dicen los conocedores que las estampas de esa edición tenían características físicas muy peculiares y nostálgicas.
3. Lionel Messi, Alemania 2006
Esta fue la primera aparición de Messi en un álbum del Mundial. Tenía 18 años. Es uno de los futbolistas que más ha salido en álbumes de los Mundiales, ya cuenta seis: Alemania 2006, Sudáfrica 2010, Brasil 2014, Rusia 2018, Qatar 2022 y Norteamérica 2026.
4. Página de Irán, Francia 98
En el álbum que llegó a Colombia, la página iraní vino sin números ni nombres de los jugadores. Otra rareza es que, a falta del escudo oficial de la FFIRI, Panini incluyó la bandera de ese país.
5. Valderrama, Italia 90
La laminita más cotizada en el mercado colombiano, no por su rareza sino porque Valderrama es un ícono inigualable en nuestro fútbol. Además porque representaba el regreso de Colombia a un Mundial de fútbol después de 28 años, era tener a la Selección Nacional en el álbum del momento.
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