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Renunciar al 30%

hace 12 horas
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Por María Bibiana Botero Carrera - @mariabbotero

En una parte de la sociedad colombiana empieza a instalarse una idea silenciosa, casi imperceptible, pero profundamente peligrosa: que existe un tercio del país con el que ya no vale la pena hablar. Cerca del 30 % o 35 % de los ciudadanos respalda la gestión del presidente Petro, y frente a esa realidad parece crecer una forma de resignación democrática: no los vamos a convencer, no nos van a convencer, mejor dejemos así. Sin embargo, una democracia que se acostumbra a no hablarle a un tercio de su propia sociedad comienza, lentamente, a fracturarse.

Las sociedades polarizadas desarrollan mecanismos de defensa. Uno de ellos es refugiarse en la propia tribu para evitar la frustración de no ser escuchado. Es comprensible. El debate público colombiano se ha vuelto áspero, emocional y muchas veces injusto. Las redes sociales premian la indignación más que la conversación, y la política recompensa la confrontación más que los acuerdos.

En ese contexto, dejar de tender puentes parece una forma de protección, una manera de preservar la calma frente al ruido permanente. Pero también es una forma de renuncia. Porque cuando una sociedad se resigna a que hay millones de ciudadanos con los que no es posible construir un lenguaje común, deja de ser una comunidad política y empieza a convertirse en una suma de bandos. Y los bandos no construyen futuro; apenas administran conflictos.

Detrás de ese tercio del país no hay porcentajes abstractos sino historias concretas. Reducir ese respaldo político a una caricatura ideológica no solo es un error estratégico, sino también un error moral. La democracia no consiste en hablar únicamente con quienes piensan parecido, sino en encontrar reglas comunes entre quienes piensan distinto. Renunciar a esa conversación es renunciar, en el fondo, a la idea misma de un país compartido.

Tender puentes no significa renunciar a las convicciones ni justificar errores. Significa algo más exigente: reconocer que el otro también hace parte del mismo destino colectivo. Las democracias sólidas no se construyen eliminando adversarios, sino integrando diferencias dentro de reglas compartidas. Ese es, quizá, el verdadero desafío político de Colombia hoy: no ganar una discusión, sino reconstruir la posibilidad de una conversación.

Colombia necesita volver a una idea sencilla y profunda: que en este país deben caber empresarios y trabajadores, independientes y asalariados, campo y ciudad, quienes votaron distinto y quienes volverán a hacerlo. Un país donde disentir no signifique excluir y donde la crítica no rompa la convivencia. Tal vez el mayor riesgo de este momento no sea una reforma, una elección o una coyuntura económica, sino perder la voluntad de construir un nosotros.

Por eso, incluso en medio de las diferencias más profundas, vale la pena insistir en algo elemental: no renunciemos a hablarnos, no renunciemos a entendernos, no renunciemos a un país en el que quepamos todos. Esa sigue siendo la tarea más difícil, y también la más urgente, de la democracia.

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