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La culpa ajena

Cuando el discurso sustituye la acción, la política se vuelve pedagogía ideológica.

hace 1 hora
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  • La culpa ajena
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Por María Clara Posada Caicedo - @MaclaPosada

Nicolás Gómez Dávila sostenía que el socialismo es “la filosofía de la culpa ajena”. No era una frase ingeniosa, sino una radiografía moral. Allí donde la tradición liberal y republicana afirma la responsabilidad individual como fundamento de la vida pública, el socialismo tiende a diluirla en estructuras impersonales: la historia, el sistema, la desigualdad estructural, el imperialismo, el capitalismo.

El individuo -y con mayor razón el gobernante- queda así protegido por una coartada teórica permanente. La modernidad política construyó un principio decisivo: quien decide responde. La responsabilidad individual no es detalle técnico, es núcleo de la libertad. Sin ella no hay mérito ni culpa, solo determinismos que explican todo y corrigen nada.

Jean-François Revel observó que ciertas ideologías sobreviven a sus fracasos trasladando siempre la culpa a factores externos. Si la economía colapsa, no es el modelo: es el sabotaje. Si la pobreza persiste, no es la política aplicada: es la herencia histórica. La teoría permanece pura; la realidad es la que se equivoca.

Raymond Aron advirtió algo semejante: cuando el dirigente se concibe como intérprete de una misión histórica, la autocrítica deja de ser una obligación y se convierte en traición.

En Colombia, esa lógica ha encontrado una nueva herramienta retórica: el calentamiento global como explicación universal. Desde el gobierno de Gustavo Petro, cada crisis encuentra su origen en fuerzas estructurales que desbordan la acción inmediata del Estado. Las inundaciones en Córdoba no son un problema de prevención, infraestructura o gestión del riesgo; son consecuencia del cambio climático. La violencia no es resultado de decisiones fallidas de seguridad; es herencia del pasado. La desaceleración económica no obedece a incertidumbre regulatoria; es producto del sistema.

Nadie niega que el cambio climático exista ni que tenga efectos reales. El problema no es reconocer el fenómeno, sino convertirlo en coartada. Cuando una tragedia natural ocurre, la pregunta republicana no es quién tiene la culpa metafísica del clima, sino qué hizo -o dejó de hacer- el gobierno para mitigar sus efectos. ¿Hubo obras de contención? ¿Planes de prevención? ¿Alertas tempranas? ¿Presencia oportuna? La política comienza allí donde termina la explicación abstracta.

El riesgo de convertir el clima en argumento absoluto es que disuelve la responsabilidad concreta. Si la inundación es culpa del planeta, nadie responde por la ausencia de obras. Si la crisis energética es culpa del modelo histórico, nadie responde por las señales contradictorias. Si todo es estructural, nada es personal.

Gómez Dávila comprendió que la negación de la responsabilidad individual no solo es un error filosófico, sino un peligro político. Una sociedad que acepta que sus gobernantes no son responsables termina aceptando que tampoco son evaluables. Y sin evaluación no hay democracia madura, sino relato permanente.

Gobernar no consiste en señalar culpables cósmicos, sino en asumir límites, corregir errores y ofrecer soluciones concretas. La grandeza de un dirigente no está en su capacidad de explicar por qué nada depende de él, sino en demostrar que algo sí depende de sus decisiones.

Cuando el discurso sustituye la acción, la política se vuelve pedagogía ideológica. Y cuando la culpa siempre es ajena, la responsabilidad termina siendo de nadie. Allí comienza el deterioro republicano..

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