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¿Es mejor Cuba o Miami?

hace 10 horas
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  • ¿Es mejor Cuba o Miami?

Hace poco el presidente Gustavo Petro, en uno de esos extraños soliloquios en los que habla de lo divino y lo humano, lanzó una frase provocadora: “es muchísimo mejor vivir en Cuba que en Miami”.

De inmediato se prendió la polémica en redes sociales como una chispa que cae sobre la hojarasca seca. La frase exacta fue: “Es muchísimo mejor vivir en Cuba en medio de la cultura, que en Miami en medio de un trancón, sin cultura propia e imitando a La Habana”.

Muchos de quienes lo escucharon quedaron estupefactos: ¿acaso Gustavo Petro no se ha enterado de la crisis humanitaria que están padeciendo los cubanos? ¿Acaso el mandatario colombiano considera que un trancón es peor que pasar hambre, no tener electricidad ni elecciones libres?

La comparación que hace Petro, más allá de su evidente carga ideológica, trivializa el sufrimiento de millones de cubanos. Los cubanos hoy no viven, sobreviven. O como bien lo expresó Daniel Rivera en un informe de EL COLOMBIANO: En los barrios, la gente ya no pregunta “cómo estás”, sino “¿qué llegó?”. La llegada de un camión con pan se celebra como una victoria.

Basta escuchar un reciente episodio de El Hilo, el podcast de Radio Ambulante, con testimonios de habitantes de la isla para sentir el tamaño de la tragedia. A los pensionados no les alcanza la mesada ni para comprar una caja de huevos. Los apagones de hasta 24 horas son parte de la vida diaria. La libreta de racionamiento hace años no les alcanza. A hombres que mandó la Revolución a la guerra del Congo y volvieron como héroes, se les ve escarbando en las basuras en busca de comida. Los hospitales carecen de insumos básicos. Y esta semana, las aerolíneas cancelaron sus vuelos porque no tienen cómo abastecer el avión en la isla.

Cuando ya han pasado 60 años del triunfo de Fidel Castro, la revolución es un barco que naufraga en el océano. Nueve de cada diez cubanos no pueden cubrir sus necesidades básicas de alimentación y salud con sus ingresos. “Es un drama. La gente no tiene comida, y cuando logras comprar un poquito de comida se te echa a perder por los cortes de luz”, contó a EL COLOMBIANO una cubana que llegó hace cuatro años a Miami pero vive pendiente de sus padres mayores de 70 años en La Habana.

El 25,7% de la población de Cuba es mayor de 60 años, lejos del 14% que tiene Colombia. ¿Por qué? Porque los jóvenes no ven la hora de dejar atrás el tormento en el que se ha convertido su país. En cuatro años se han ido más de 1,4 millones de habitantes, muchos para un país que tiene poco más de 10 millones de habitantes.

“Ahora se vive peor en Cuba que en los tiempos de los aborígenes”, decía a EL COLOMBIANO la joven cubana recién exiliada. “Imagínate que, a partir de hoy, no hay gasolina para el pueblo. Ni transporte público. Y mientras tanto, los dirigentes viven bien y el pueblo es el que pasa la necesidad diaria”. El País de España contó la historia de un taxista que hace una fila de entre 12 y 15 horas para comprar máximo 10,5 galones de gasolina. ¿Acaso presidente Petro es peor el tráfico de Miami que tener que hacer una fila de 15 horas para recibir menos gasolina de la que se necesita para trabajar?

Cuando Petro dice que es muchísimo mejor vivir en Cuba no solo deja al descubierto una falta de empatía con la dura realidad que viven los cubanos, sino que muestra hasta dónde esa obsesión suya con sistemas de gobierno comunista lo lleva a una pérdida del sentido de realidad extrema.

¿Cuál Cuba es la que ve Petro cuando viaja a la Habana? La de los salones oficiales, la diplomacia protocolaria y los barrios restaurados para visitantes ilustres, o la de los hospitales sin electricidad, los jóvenes que sueñan con marcharse y las familias que dependen de remesas enviadas desde el extranjero.

Cuba no es solo víctima de sanciones externas; es también rehén de un sistema cerrado, de partido único, que limita la iniciativa privada y concentra el poder en una burocracia de privilegios. Esa comparación simplista no sólo empobrece la discusión; también envía un mensaje equivocado de parte del Jefe de Estado sobre el valor de las libertades individuales y el pluralismo político.

No es casual que Miami sea uno de los principales destinos de la diáspora cubana. Esa ciudad estadounidense se ha convertido en un símbolo de oportunidades económicas y libertades civiles que la isla no ofrece. La sola dinámica migratoria —decenas de miles de cubanos arriesgando sus vidas en el mar o atravesando selvas y fronteras— desmiente la tesis de Petro.

La lección que deja el contraste entre Cuba y Miami no es que uno sea perfecto y el otro irreprochable. Es que los ciudadanos, cuando pueden elegir, optan por sistemas donde el esfuerzo individual tiene recompensa, donde disentir no implica riesgo y sobre todo donde al salir a la calle encuentran un mercado con comida y la gran mayoría tiene dinero en el bolsillo para comprarla. La migración masiva de cubanos es un referendo silencioso sobre su realidad.

¿Qué tal si Petro, a quien tanto le gustan las consultas populares, propone una en la que le pregunte a los colombianos si les parecería mejor vivir en Cuba o en Miami? Sin duda, no se atrevería.

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