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La salud del intestino es clave para el buen ánimo de su mascota, ¿por qué?

Especialistas en medicina veterinaria explican por qué el abuso de medicamentos y una microbiota intestinal alterada pueden desencadenar enfermedades de todo tipo.

  • La salud intestinal de los animales incide directamente en su sistema respiratorio, neurológico y dermatológico. FOTO Getty.
    La salud intestinal de los animales incide directamente en su sistema respiratorio, neurológico y dermatológico. FOTO Getty.
hace 34 minutos
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Cuando un perro convulsiona, lo primero que se le viene a la mente a su cuidador es un posible daño en su cabecita a nivel cerebral. Cuando estornuda sin parar o desarrolla problemas en la piel, la intuición lleva a consultar a un veterinario en busca de un antibiótico, pero esa lógica, aunque responde al sentido común, deja por fuera una pieza central del rompecabezas: el intestino.

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Dos especialistas en medicina veterinaria explican a EL COLOMBIANO que lo que ocurre en la barriga de una mascota determina, en buena medida, lo que pasa en su cabeza, sus pulmones y su piel. Todo está conectado.

Giovanni Bullón Botero, médico veterinario de la Universidad de Antioquia y especialista en medicina cardiorrespiratoria veterinaria, parte de un concepto que todavía sorprende a muchos cuidadores: el sistema digestivo y el sistema respiratorio comparten dos elementos fundamentales, la mucosa y la microbiota.

“Hay un sistema inmunológico, que son esas células que nos protegen frente a infecciones y factores irritantes, en el cual maduran a nivel intestinal y también se ven manifestados en las vías respiratorias”, dice. Se denomina tejido linfoide asociado a mucosas y su funcionamiento conecta directamente los dos sistemas. Cuando hay inflamación en el intestino, ya sea por una infección, alergia o alimentación inadecuada, la afección puede reflejarse en las vías respiratorias y viceversa.

Intestino y pulmones hablan el mismo idioma

El escenario que más preocupa al especialista es el del cuidador que, ante el primer estornudo de su mascota, sale corriendo a buscar un antibiótico. En esos casos, advierte que “no necesariamente se trata de una infección. No siempre el objetivo terapéutico va a ser un antibiótico”.

De hecho, el sistema respiratorio no es estéril, explica que tiene su propia población de bacterias que cumplen funciones protectoras y el uso indiscriminado de antibióticos no solo elimina los patógenos sino también afecta a esas bacterias beneficiosas, lo que con el tiempo entrena microorganismos resistentes. “Eso es precisamente lo que yo enfrento en el día a día cuando abordo estos pacientes”, señala.

Las señales de alerta que conectan el intestino con los pulmones son más concretas de lo que parecen. Los perros con vómito crónico, regurgitación o diarrea persistente tienen mayor probabilidad de desarrollar trastornos respiratorios.

En razas braquicéfalas (como pugs, bulldogs o bulldogs franceses) el riesgo es especialmente alto. El especialista dice que el reflujo frecuente puede hacer que el material gástrico llegue hasta los bronquios e inflame el pulmón, un cuadro conocido como neumonía por broncoaspiración.

Bullón también hace un llamado sobre algo que los cuidadores de estas razas suelen normalizar: los ronquidos. “El ronquido en las razas braquicéfalas es muy común, pero no es normal. Ese ronquido implica una obstrucción de las vías respiratorias que, a largo plazo, empieza a deteriorar y a deformar la vía respiratoria generando complicaciones anatómicas que ya son muy difíciles de resolver con medicamentos”.

Del intestino al cerebro

Carolina Ríos Úsuga, especialista en neurología e infectología, y coordinadora de investigación y desarrollo en el laboratorio Testmol, trabaja casos de epilepsia en mascotas, uno de los diagnósticos más angustiantes para cualquier cuidador. Su punto de partida es igual de contraintuitivo que el de Bullón.

“El paciente que convulsiona ya tiene alteración de su microbiota por su condición natural epiléptica”, explica a EL COLOMBIANO. Es decir, la enfermedad neurológica y el desequilibrio intestinal no son fenómenos paralelos e independientes, sino que se alimentan mutuamente.

Si esa desregulación intestinal no se trata, el paciente convulsionará con mayor frecuencia y la terapia anticonvulsiva perderá eficacia. La explicación biológica está en el eje intestino-cerebro, una comunicación bidireccional que ocurre a través de redes neuronales, hormonas y metabolitos.

“Cuando un intestino está estable, envía la información adecuada para que el cerebro funcione bien. Pero si ese intestino se desregula, el mensaje que va a enviar es que la neurona se excite más, que el cerebro se inflame”, describe Ríos. El resultado es un empeoramiento de las condiciones epilépticas y, en general, de cualquier trastorno neurológico.

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Además, el uso de antibióticos puede agravar el problema. La veterinaria es enfática al advertir que estos medicamentos no distinguen entre bacterias malas y buenas. Cuando se administran de forma indiscriminada o sin seguir indicaciones de un experto, se elimina parte de la población bacteriana que sostiene el funcionamiento neuronal. “Es un llamado a realmente estar asesorado por un médico veterinario certificado para el manejo de terapias antibióticas”, dice.

La buena noticia es que el abordaje nutricional puede marcar una diferencia real para los animales. Ajustar la dieta, usar medicamentos que refuercen la integridad de la mucosa intestinal y la barrera hematoencefálica (la barrera que impide que agentes infecciosos lleguen al cerebro) y complementar con medicina biorreguladora son estrategias que, según Ríos, pueden reducir la frecuencia de las convulsiones y, en algunos casos, disminuir las dosis de fármacos anticonvulsivantes.

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