Nuestra camiseta favorita es una extraña. A pesar de que desde hace meses e incluso años vive en nuestro clóset, es poco lo que sabemos de ella, que como identificación solo tiene una etiqueta que se pierde en la palma de la mano.
Lo mismo ocurre con el resto de prendas: pocas veces nos preguntamos cómo se hicieron y quiénes están detrás de ellas porque, por una parte, también son reducidas las ocasiones en las que los talleres de las grandes marcas tienen las puertas abiertas para los consumidores.
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Transparencia, la nueva colaboración del diseñador venezolano Alejandro Crocker con la marca GEF, parte de esa singularidad para ir en contra de ella: cada una de las prendas de la colección a simple vista evidencia todos los detalles que su elaboración implicó.
No es exageración: uno de los hitos que supone este trabajo es que, por primera vez en Latinoamérica, una marca masiva creó una colección completa con remanufactura, o sea, sin utilizar materia prima nueva, solo con prendas de colecciones anteriores.
Todo inició en 2025, cuando el diseñador conoció a Catalina Ochoa, gerente de mercadeo del Grupo Crystal, en un desfile de Bogotá Fashion Week. Una semana después, Crocker estaba sentado en las oficinas de Medellín con los creativos de la marca, conversando sobre cómo podían trabajar juntos. Encontrar ese intermedio era crucial en esta colaboración porque ambos tienen dos modelos de producción radicalmente opuestos.
Crocker es un referente de moda circular en Colombia y la región. A pesar de que en las últimas dos décadas se ha convertido en un nombre que aparece en la conversación sobre sostenibilidad en la industria, su formación es en historia del arte y, de hecho, uno de sus primeros trabajos fue en el Museo de Arte Moderno de Caracas.
“Pero tenía esa cosa por dentro, esas ganas de crear esa segunda piel. Entonces tomé una decisión: me fui donde una señora que tenía 82 años y un taller, me senté con ella y le dije: ‘Enséñame a manejar una aguja y un hilo’”, recuerda Alejandro, para quien coser es una meditación que nunca se ha visto interrumpida por el gruñido de la máquina de coser, ya que hoy en día todo lo sigue haciendo a mano.
El diseñador recuerda que sus primeras piezas fueron con un mantel que muchos elogiaron, pero nadie se atrevió a usar, y que su carrera comenzó hace 25 años restaurando trajes de las primeras décadas del siglo XX que llegaban a sus manos por medio de su madre, que era coleccionista de moda.
La restauración se convirtió en su filosofía, la que siguió extendiéndose hasta el punto de hacer prendas únicas usando como insumo no las telas nuevas que utilizan la mayor parte de los diseñadores, sino las prendas olvidadas y materiales en desuso que, ante los ojos de muchos, son desperdicios, pero que él ha transformado en “lujo consciente”.
Por eso fue que, cuando comenzó la planeación de Transparencia, el interrogante estaba en cómo compaginar una marca que produce desde cero y otra que lo hace desde lo que ya está hecho. Así llegó la idea de utilizar prendas de colecciones pasadas de GEF que estaban almacenadas en sus bodegas. Lo que hizo Crocker en sus talleres en Bogotá fue recibir miles de piezas para, una a una y a mano, desbaratarlas con el fin de que todas sus partes —bolsillos, cierres, botones— quedaran funcionales para los nuevos diseños.
Esa tarea estuvo a cargo de 18 mujeres que desde hace varios años trabajan con él, quien desde hace 15 años está radicado en Bogotá, donde hace años visitó una exposición en el barrio Santa Fe, zona marcada por la prostitución. Poco a poco se fue haciendo amigo de las mujeres que vivían en los prostíbulos, con el fin de conocer a quiénes les gustaría aprender a coser. Empezó a darles cursos que terminaron convirtiéndose en Pensamiento Creativo, programa que brinda herramientas formativas a estas mujeres que ahora hacen parte de su equipo de trabajo.
En total, son nueve prendas, siete en denim, las que hacen parte de Transparencia, de las que se fabricaron 1.500 unidades limitadas. El proceso de fabricación fue como armar un rompecabezas porque, como explica Alejandro, “cuando el material que te llega es así, y no todo es igual, el proceso cambia completamente.
De una referencia te podían llegar 50 piezas, de otra 60. Entonces, todo el tiempo el trabajo consistía en calcular. Nosotros sacábamos un patrón y prácticamente había que idear una forma de resolver cada pieza”, que finalmente, a pesar de seguir el mismo diseño, termina siendo única.
El otro hito de la colección es que es la primera en Latinoamérica en incorporar el pasaporte digital, un sistema que le permite a diseñadores y marcas rastrear la vida útil de las prendas que venden.
Este gemelo digital es una iniciativa de la Unión Europea, donde a finales de año cada pieza que se comercialice deberá contar obligatoriamente con este identificador, en el que los compradores podrán encontrar información como ciclo de vida, materiales, impacto ambiental y pautas de reciclaje.
En este caso, cada una de las piezas de la colaboración cuenta con un código QR que, al escanearlo, permite ver quién y cuándo la fabricó, despliega un mapa en el que están señalados todos los lugares en los que podría revenderse la prenda en caso de ya no quererla en el clóset, dónde puede repararse si se daña o dónde depositarla si quiere botarla.
El pasaporte fue desarrollado con la Cooperación Alemana para el Desarrollo (GIZ), y en el proceso participaron seis líderes ambientales y cuatro abogados, que también se encargaron de monitorear las condiciones laborales de las mujeres que trabajaron en Transparencia.
Aunque la sostenibilidad está impresa de manera indeleble en su trabajo, Crocker no teme decir que ama la moda rápida, que “existe porque todos queremos vivir la experiencia de entrar a una tienda maravillosa, comprar algo, llegar a la casa, abrir la bolsa y sentirnos hermosos”. La verdadera pregunta es cómo hacer esa sensación posible, la ensoñación del cuerpo vestido, ocasionando el menor daño posible al medioambiente y cuidando a quienes producen.
Es ahí cuando el diseñador, con lentes de historiador, llega a la conclusión de que actualmente estamos recalculando nuestra manera de producir, consumir y vestir: “Creo que dentro de 100 años nos van a mirar en los libros de historia como una generación que estaba reinventándolo todo. Un poco como cuando hoy hablamos de los años 60, en los que estuvimos repensando lo que vino después de que llenamos el vacío y el dolor que dejó la guerra consumiendo, con objetos de afuera. Siento que estamos viviendo algo parecido”.