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El péndulo político se acelera en América Latina tras el triunfo de De la Espriella: ¿cómo han sido los últimos 26 años?

Con la victoria de De la Espriella, Colombia se une al giro regional de derecha que lideran Milei y Bukele tras el desgaste de la izquierda; el debate regional migró de la economía a la seguridad y los votantes eligen a líderes “antisistema” que prometen orden inmediato.

  • En la fotografía, algunos de los gobernantes de la nueva derecha: Abelardo de la Espriella, Nayib Bukele, Daniel Noboa, Santiago Peña y José Antonio Kast.
    En la fotografía, algunos de los gobernantes de la nueva derecha: Abelardo de la Espriella, Nayib Bukele, Daniel Noboa, Santiago Peña y José Antonio Kast.
Daniel Rivera Marín

Editor General

hace 50 minutos
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Uno de los titulares más recurrentes desde el domingo, cuando se supo que Abelardo de la Espriella ganó la presidencia de Colombia, es que hay una nueva reconfiguración de la derecha en Latinoamérica. En esa fotografía están, por supuesto, Nayib Bukele y Javier Milei, dos políticos no-políticos que lograron conquistar las urnas con un mensaje de austeridad, promesa de inversión extranjera y mano dura contra criminales, algo muy parecido a lo prometido por De la Espriella.

Algunos han visto esto como una nueva vindicación de la derecha, aunque parece más un nuevo giro de la teoría del péndulo, una metáfora muy usada en ciencia política para describir cómo el poder y las preferencias tienden a oscilar de un extremo a otro con el tiempo, igual que un péndulo que va y vuelve. La idea central es que ningún movimiento político, ideología o partido domina indefinidamente. Cuando una corriente —digamos, la izquierda— gobierna por un período, suele acumular desgaste, errores y descontento, lo que genera un movimiento de reacción que empuja a la sociedad hacia el lado opuesto, y viceversa.

Para entender lo que sucede en Latinoamérica hoy, con líderes de derecha que son el resultado del hartazgo de los votantes por los políticos tradicionales, hay que empezar a revisar los movimientos presidenciales que empezaron en el 2000 como la llamada “marea rosa”.

El siglo arranca con un desplazamiento hacia la izquierda, quizá inaugurado por Hugo Chávez, que ganó la presidencia de Venezuela en 1998; luego vinieron Lula da Silva en Brasil para 2002, Néstor Kirchner en Argentina para 2003, Tabaré Vázquez en Uruguay para 2004, Evo Morales en Bolivia para 2005, Michelle Bachelet en Chile y Rafael Correa en Ecuador para 2006, Daniel Ortega en Nicaragua para 2006 y Fernando Lugo en Paraguay para 2008.

Uno de los pocos países que mantuvo el margen derecho fue Colombia, que entre 1998 y 2002 estuvo bajo el gobierno de Andrés Pastrana y entre 2002 y 2010 con Álvaro Uribe Vélez; una guerrilla desbordada, secuestrando y cometiendo actos terroristas en gran parte del territorio colmó a los votantes, que prefirieron una mano dura contra el crimen. En el resto de Latinoamérica se votó a la izquierda por las reformas neoliberales de los noventa, agravada por crisis como el colapso argentino de 2001. Para muchos, la llegada de Chávez al poder le permitió financiar campaña en toda la región con dinero del petróleo.

Todo se volteó para la segunda década del siglo. Los gobiernos de izquierda se enquistaron, vinieron superinflaciones. Así llegaron Mauricio Macri a la Casa Rosada, en Argentina para 2015, Pedro Pablo Kuczynski en Perú para 2016, Lenín Moreno en Ecuador para 2017, Sebastián Piñera en Chile para 2017, Jair Bolsonaro en Brasil para 2018. Colombia había tenido entre 2010 y 2018 en la presidencia a Juan Manuel Santos, que sin ser de izquierda impulsó una negociación de paz con las Farc, un proyecto ambicioso que lo llevó a una polémica reelección señalada de trazas de corrupción, lo que llevó a la presidencia a Iván Duque.

Hubo un caso que desgastó a los gobiernos de izquierda, entre esos al de Santos: el escándalo de Odebrecht, que dejó su rastro de corrupción por el continente: apoyaron campañas para recibir luego megacontratos públicos.

Y si bien hace varias décadas el péndulo se tomaba más tiempo para regresar a su lado opuesto, hemos visto que los golpes de banda son más rápidos. Entre 2018 y 2024 hubo de nuevo un giro a la izquierda: Andrés Manuel López Obrador conquistó México, Alberto Fernández llegó al poder en Argentina, Luis Arce en Bolivia, Pedro Castillo en Perú, Gabriel Boric en Chile, Gustavo Petro en Colombia —el primer presidente de izquierda de la historia—, el regreso de Lula da Silva en Brasil, Bernardo Arévalo en Guatemala (2023), Claudia Sheinbaum en México y Yamandú Orsi en Uruguay. Para muchos analistas de la región, el detonante fue la pandemia, la crisis económica y los estallidos sociales de 2019 (especialmente Chile y Colombia). De hecho, a fines de 2022 y comienzos de 2023 las seis principales economías de la región estaban gobernadas por fuerzas de centroizquierda o izquierda.

Es así como llegamos a 2023, cuando Santiago Peña llegó a la presidencia de Paraguay, Daniel Noboa a la de Ecuador y Javier Milei, con su temerario y temido histrionismo conquistó Argentina; en 2024 se consolidó con José Raúl Mulino en Panamá, la reelección de Nayib Bukele en El Salvador y Abinader en República Dominicana. El giro se marcó aún más en 2025 con cuatro triunfos de derecha: José Antonio Kast en Chile, la reelección de Noboa, Rodrigo Paz en Bolivia y Nasry Asfura en Honduras.

Ahora bien, todos estos nuevos presidentes van más allá del viejo debate entre izquierda y derecha; el eje de la discusión ahora se ubica más así: casta política vs. antisistema —Milei, Bukele, Noboa, De la Espriella— y, sobre todo, la seguridad. En Chile, por ejemplo, la victoria de Kast se basó en la promesa de orden y seguridad por encima del debate económico; Bukele, por supuesto, ha sido exitoso con su mano dura contra las pandillas y las megacarceles, de las que hay miles de denuncias de violación a los derechos humanos. Por otro lado, hay que tener en cuenta que los cambios son cada vez más rápidos: la primera marea rosa duró unos quince años; hoy los gobiernos se voltean en un solo período, en parte por la impaciencia social y por el factor externo. Hay aquí un punto aún inexplorado: el rol de las redes sociales, su implantación de narrativas, el escrutinio incesante.

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