Imponentes y majestuosos, presumiendo la elegancia de mediados del siglo pasado, los edificios Henry, Fabricato, RCA Victor y el de la Bolsa posan en el Centro de esta Medellín de calles congestionadas y comercio desafiante.
Es la Medellín que debió ser; la que se rehúsa a desterrar su memoria arquitectónica y sucumbir ante el asedio del posmodernismo, redescubriendo hoy sus más preciados tesoros patrimoniales.
Sobrevivieron al negocio inmobiliario en un suelo cotizado. Y han contado con incitativas privadas, algunas tímidas, para conservarlos.
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El Edificio Fabricato es el más pomposo, si se quiere. De hecho, la Comisión Fílmica de Medellín lo promueve como una locación ideal para el rodaje de películas extranjeras, por sus deslumbrantes formas, espacios y objetos.
Esta estructura, construida en 1942, y ubicada en la carrera Junín con calle Boyacá, un sector conocido como la Milla de Oro de la época, además de ser símbolo de la prominente industria textilera, fue escenario, el 13 de octubre de 1968, de uno de los crímenes más estremecedores, digno de un thriller cinematográfico, de los que se tengan recuerdo: el de una ascensorista del edificio, encontrada decapitada y descuartizada.
Volviendo a la obra arquitectónica, autoría de Federico Blodek, se dice que fue inspirada en la forma de una planta eléctrica. Una estructura, de acuerdo con la descripción del portal Centro de Medellín, en concreto reforzado diseñado con normas y códigos internacionales; con materiales y acabados resistentes al fuego; puertas, ventanas, chapas y cerrojos de primera calidad; con shut de basura y de correo y un sistema de ventilación con extractores en varios pisos.
Para el arquitecto, constructor y docente de la Universidad Nacional, Luis Fernando González, la genialidad del Edificio Fabricato se palpa en los materiales de sus pisos. Halls amplios, cielorrasos con iluminación indirecta y luz natural que entra a través de los ventanales del cubo de las escaleras, carpintería metálica importada, zócalos y la terraza.
“Son espacios y elementos que le dan el carácter que Blodek le impuso. Y sigue siendo magistral en el diseño, en su concepción, aun cuando siegue siendo usado, lo que no ocurre con edificios recientes”, dice. Y es su uso lo que lo ha mantenido. Hoy, algunos de sus espacios están ocupados por el comercio.
Esta estructura, de crímenes, mitos e historia, resiste. La generación que lo vivió se ha ido extinguiendo. Quienes sobreviven lo ven con nostalgia. Para las personas más jóvenes, quizá, es uno más.
Alejandro Restrepo, el arquitecto y urbanista, director de Proyectos Urbanos Estratégicos y de Arquitectura y Urbanismo de la Alcaldía de Medellín, comenta que “el Fabricato es la expresión del modernismo, como una vitrina que aún hoy sigue siendo todo un reto en términos constructivos y técnicos por la curvatura del vidrio y por el lobby que generó en el acceso exterior e interior darle la vuelta a esa vitrina para la exhibición de vestidos y para la exhibición de los elementos textiles”.
Un pedacito de Chicago
En la primera mitad del siglo XX comenzó a gestarse el centro financiero de Medellín, movido por el ímpetu industrial, la pujanza y algunos inversionistas extranjeros que ya hacían empresa junto con emprendedores locales.
El incendio de 1922 en los alrededores del Parque Berrío fue la excusa para que se comenzaran a levantar allí edificaciones con conceptos arquitectónicos importados de Europa.
Así surgió el Henry, que, en palabras del arquitecto González, sigue siendo ejemplo de una arquitectura que Guillermo Herrera Carrizosa quiso introducir en Medellín, que no tuvo mayores émulos, que fue una pieza solitaria. Hoy mantiene incólume su carácter, su formalidad arquitectónica, pese a ser avasallado el Centro de la ciudad, pese al deterioro urbano, al uso y el abuso.
En pleno cruce de la calle Boyacá con la carrera Bolívar, el Henry mantiene incólume el carácter de ese edificio que nos lleva a los de Chicago (Estados Unidos) de finales del siglo XIX, pero con la incorporación de conceptos arquitectónicos colombianos.
Se inauguró a principios de 1929, González destaca que fue construido en concreto armado, sus instalaciones eléctricas, los equipos y sistemas de abastecimiento de agua, de ventilación mecánica y ascensores.
Del antiguo Henry hoy queda mucho, sí. Pero, también es cierto que algunos elementos significativos ya no están, como, según cuenta González en Centro de Medellín, “la portada plateresca, eliminada o tapada por acabados que imitan bloques de mármol, pero queda aún el cartucho decorativo en todo el chaflán u ochave de la esquina de Boyacá con Bolívar, entre el segundo y el tercer piso, como las marcas de las empresas que hicieron uso de sus locales”.
Víctor, el de las tres cabezas
Los años y la indiferencia le han pasado factura al RCA Víctor, uno de los edificios más emblemáticos de Medellín y al que muchos simplemente conocen como “el de las tres cabezas”.
El deterioro de esta edificación, construida entre 1925 y 1928, en la calle Boyacá entre las carreras Bolívar y Carabobo, es evidente. Propiedad de Félix de Bedout, actualmente aloja el Pasaje Comercial Corona y en sus alrededores es un polvorín de comercio.
La algarabía parece hacerlo invisible. En su interior aún se perciben los vestigios del lujo y la arquitectura de alto nivel, digna de una ciudad muy próspera y que también quería incidir en la industria artística, en especial, la musical. Escalas de granito rojo y el pasamanos en hierro forjado, baldosa original amarilla y verde y viejos ventanales.
El urbanista Alejandro Restrepo lo describe y pondera de él sus columnas que acuden y aluden a un clasicismo arquitectónico.
“El Víctor tiene cierto simbolismo en la gente que sigue observando esa fachada de ladrillos y sobre todo esas esculturas arquitectónicas de Bernardo Vieco que siguen siendo un interrogante al tiempo: ¿por qué esas cabezas y ese remate, aunque ya ha sido muy desfigurado en su concepción total? Porque fue un edificio muy renovador y novedoso en su momento, pero aún en el presente. Ya no es como el Fabricato o el Henry que se mantienen incólume. Mantiene un incógnito en la gente y ya convirtió en un mito urbano”, expresa el arquitecto González.
Declive del emblema financiero
La elegancia de sus gentes ya merodeaba por las calles de la Medellín de 1940. Y como toda ciudad industrial, había que construir un centro financiero.
El de esta fue en el Parque Berrío, en el perímetro de una de las iglesias más importantes, La Candelaria, en un entorno con una influencia marcada de la religión católica.
Así, en 1948 se inauguró el Banco de la República, que después pasó a ser La Bolsa de Medellín y hoy es un pasaje comercial. Obra de los arquitectos H. M. Rodríguez y Rodríguez Orgaz que, según González, no pretendieron competir sino relacionarse desde su lenguaje moderno con la antigua iglesia, en un diálogo respetuoso de escalas y contención estética.
“Mantiene un pedazo de fachada, que es un resto de memoria de ese poder del capital que se amasó tanto así que Medellín tenía una Bolsa de Valores y esa águila que está ahí, esos elementos simbólicos recuerdan ese momento. Unos elementos arquitectónicos que nos hablan también de una época”, asiente el profesor González, en tanto lamenta el actual estado de deterioro del edificio que muchas personas identifican por las superficies en granito negro, el escudo del Cóndor y la torre central que parece alineada con la iglesia.
“Perdió toda esa especialidad que tenía interiormente y solo queda ese pedazo de fachada que evoca esos momentos de esplendor”, añade González.
Con sus aciertos, historias y deterioros, estos cuatro edificios custodian el patrimonio urbano de Medellín. Su valor radica en que funcionan como un registro físico de la ciudad: nos recuerdan que la urbe actual es el resultado de un trazado arquitectónico que existía y funcionaba mucho antes de que nosotros la habitáramos.
“Cada uno de estos edificios tiene una condición de memoria que nos permite seguirlo identificando como un asunto que patrimonialmente es muy valioso, pero, en términos de la memoria, que es la recordación, que es la configuración de estos edificios y lo que ellos transmiten a quienes los viven y los habitan, es que siguen contando la historia de diferentes momentos y hechos por diferentes arquitectos, con diferentes pretensiones, pero con resultados arquitectónicos maravillosos”, concluye Alejandro Restrepo.