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El nombre del juego es “diversificación”: más países proveedores, más rutas logísticas, menos concentración en un solo origen, más inversiones agrícolas en el extranjero.
Por Beatriz de Majo - beatrizdemajo@gmail.com
Estados Unidos y Europa son autosuficientes en lo atinente a la alimentación de su población. China no. Los esfuerzos que el país ha venido desplegando para atender esa disparidad son colosales.
Sacar a cientos de millones de chinos de la pobreza, lo que ha sido la mejor ejecutoria de Xi Jinping, ha sido un éxito portentoso en materia económica o social - es preciso reconocerlo y aplaudirlo- pero tiene un costo poco evidente. Masas colosales de ciudadanos hoy desean consumir más carne, más lácteos, más pescado, más alimentos procesados. En los últimos veinte años el consumo de proteínas animales se multiplicó por 6 dentro de la geografía nacional.
Y el mandatario Xi es el primero en no dormir tranquilo cuando se trata de atender el presente y el futuro alimentario de la gran nación particularmente por la vulnerabilidad que ello conlleva. Los planes quinquenales de desarrollo han incluido este tema como prioritario, pero el último de ellos, en 2021, colocó la estrategia alimentaria al lado de la energía y de las finanzas.
La primera y más dramática de las constataciones es que China tiene cerca del 18% de la población mundial, dispone de solo alrededor del 9% de la tierra cultivable del planeta y solo cuenta con 6 % del agua potable. Aunque las compras externas de alimentos del país -140.000 millones de dólares que se triplicaron en una década- representan poco más del 7% de sus importaciones totales, esta relación no refleja la dependencia real en productos claves. Un elevadísimo porcentaje de la soja base del pienso para alimentar cerdos, pollos y ganado proviene de fuentes externas. Lo mismo ocurre en fertilizantes y materias primas agrícolas, así como también en elementos esenciales de la dieta de la población como maíz y algunos aceites vegetales. Ello es en si mismo una dificultad mayor. La dependencia externa de la producción de carne es colosal.
Esta debilidad coloca al país a merced de guerras comerciales, de conflictos geopolíticos, de bloqueos logísticos, sin hablar del efecto interno de las subidas internacionales de precios. Salir del atolladero sin tardar, es y ha sido imperativo. Corregir esta falencia además de requerir de ingentes montos de inversión también exige una enorme capacidad innovadora en lo tecnológico y de coordinar muy eficientemente al gobierno central con las regiones, involucrar eficientemente a las empresas estatales y las instituciones financieras y de una minuciosa, detallada y exigente política orientada a la autosuficiencia alimentaria a muy gran escala.
El problema tecnológico es, entre todos, quizá el más urgente, pero, a la vez, éste está siendo manejado con carácter de urgencia y sin mayor dificultad ya que China se encuentra a la vanguardia de la investigación en temas tan cruciales como “agricultura inteligente”, neoproteinas, aditivos a la alimentación y biotecnología agrícola. China es líder hoy en investigación y producción proteínas alternativas como carne cultivada.
En resumen, el gran desafío de la China de Xi no es solo producir más comida, sino hacerlo con menos tierra, menos agua, clima más inestable y menor dependencia exterior. Y al tiempo que atiende a esa prioridad interna, ocuparse de reducir su vulnerabilidad externa por la debilidad que representa sobre todo de cara a los Estados Unidos.
Cuando llegamos a este punto, se entiende por qué el asunto le quita el sueño a sus gobernantes y porque la estrategia de hoy se orienta a que ningún país pueda “cerrar el grifo” alimentario chino. El nombre del juego es “diversificación”: más países proveedores, más rutas logísticas, menos concentración en un solo origen, más inversiones agrícolas en el extranjero.