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Con silenciador

Como ven, no es un tema de ideologías, sino de la forma en que se entiende y practica la democracia.

hace 6 horas
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  • Con silenciador

Por Daniel Carvalho Mejía - @davalho

Curiosa paradoja de nuestros tiempos: nunca tuvimos tantos medios para expresarnos y tan poca disposición a dialogar. Nuestros líderes muestran un gran afán por hablar todo el tiempo a la vez que se esfuerzan por callar a aquellos que los incomodan. Veamos algunos casos.

En Medellín, el alcalde intentó cancelar el lanzamiento de un libro sobre el M-19 sin conocer siquiera su contenido y sin proponer un debate público y diverso al respecto. En el concejo distrital, al único representante de la oposición de la ciudad le niegan sistemáticamente el uso de la palabra. En Antioquia, un poderoso grupo político-religioso busca permanentemente cancelar expresiones culturales por ir en contra de su visión de la sociedad: quisieron callar un evento porque usaba la palabra “brujería” y pretendieron censurar una obra de teatro porque hacía alusión al orgasmo.

A nivel nacional, el gobierno fustiga con todo su poder a medios de comunicación que, como El Colombiano o La Silla Vacía, han sido críticos con sus desaciertos, mientras el sistema público de medios veta a los congresistas o candidatos que no han querido aplaudir las mañas del cuatrienio que por fin termina. En redes sociales, muchos de los políticos más populares optan por bloquear a los ciudadanos críticos y por restringir la posibilidad de que la gente haga comentarios en sus publicaciones.

El nefasto exalcalde de Medellín, que ya había intentado judicializar el control político mediante procesos legales en contra de los concejales de oposición, ahora me tiene en un proceso ante la Corte Suprema de Justicia por supuesta difamación por decir lo que todos en la ciudad sabemos y padecimos: que la suya fue una administración corrupta. “Si no puedes refutarlos, cállalos”.

Como ven, no es un tema de ideologías, sino de la forma en que se entiende y practica la democracia. En esta cultura del silenciamiento y la cancelación se encuentran cómodamente quienes se llenan la boca hablando de libertad y quienes se dan golpes de pecho denunciando fascismos y dictaduras, adaptando estos términos a su conveniencia.

La fórmula es sencilla: asumir una pose de indignación, autodeclararse vocero de la comunidad, determinar unilateralmente cuál es el “lado correcto de la historia”, usar el poder para callar al contradictor y enardecer a los fanáticos con argumentos primarios. La estrategia es rentable para ellos y para sus opositores más radicales, pues el debate de ideas es remplazado por los gritos de las barras bravas y la polarización remplaza la reflexión; sin embargo, quien pierde es la democracia y, con ella, la sociedad libre.

¿Qué podemos hacer? No nos quedemos callados, no callemos a los demás, conversemos más, en especial con quienes piensan diferente; reflexionemos antes de vitorear a quienes privilegian la censura por encima del debate público; no permitamos que a nuestra libertad le disparen con silenciador; recordemos que mañana podemos ser nosotros los silenciados. Cuando el aplauso y la rechifla valen más que la reflexión y los argumentos nos encontramos más cerca del coliseo romano que del ágora griega, y eso nos define como sociedad.

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