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Los ojos con los que miramos el mundo

Una sonrisa, una palabra amable, una pausa para escuchar de verdad... son gestos pequeños que nacen de una mirada compasiva.

13 de noviembre de 2025
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  • Los ojos con los que miramos el mundo

Por Caty Rengifo Botero - JuntasSomosMasMed@gmail.com

Te levantas y te pegas en el dedo pequeño del pie, prendes la ducha y en medio de esta el agua se va, sales de la casa tarde y el trancón para llegar al trabajo está peor que nunca. Hay días en los que todo parece gris, en esos días solemos concentrarnos en lo que nos falta, miramos lo que no funciona, percibimos con intensidad lo que duele. Queremos y pedimos que acabe el día y entre más nos esforzamos por que eso suceda, más pesa el mismo. No podemos cambiar el clima, el trancón, no podemos retroceder el tiempo y mover la mesa para no darnos en el dedo pequeño, pero si podemos cambiar la forma en la que miramos cada uno de esos hechos.

Lo único que controlamos todo el tiempo es nuestra percepción y la misma es un filtro poderoso. Tal como lo dice uno de mis autores favoritos: Viktor Frankl, “entre el estímulo y la respuesta hay un espacio. En ese espacio está nuestro poder para elegir nuestra respuesta. Y en nuestra respuesta reside nuestro crecimiento y nuestra libertad”. Si miramos con los ojos del juicio, veremos errores. Si miramos con los ojos del ego, veremos competencia, si pensamos que el mudo está en contra nuestra, lo vemos atacarnos todo el día, pero si elegimos mirar con los ojos del alma, veremos luz. Veremos humanidad.

Autores como Don Miguel Ruiz, en Los Cuatro Acuerdos, nos invitan a no hacer suposiciones y a no tomar nada de manera personal. Esa práctica, aunque sencilla en apariencia, nos permite ver al otro sin el velo de nuestras propias heridas, sin la preconcepción de las ideas que el otro tiene porque yo creo que las tiene.

En nuestro día a día —en el trabajo, en casa, en la calle— tenemos la oportunidad de elegir cómo mirar. ¿Vemos las imperfecciones o la intención? ¿Nos enfocamos en lo que falta o en lo que brilla? La actitud con la que miramos al mundo no solo transforma nuestro día, transforma el mundo mismo.

Una sonrisa, una palabra amable, una pausa para escuchar de verdad... son gestos pequeños que nacen de una mirada compasiva. Y como decía Martin Luther King Jr., “la oscuridad no puede expulsar a la oscuridad; solo la luz puede hacerlo”.

Hoy te invito a mirar con otros ojos. A ver la magia en lo cotidiano. A reconocer la luz en cada persona, incluso cuando está escondida, como alguna vez me dijo uno de mis mentores: Liderar es encontrar el petróleo de cada persona, eso que les hace especiales. Porque cuando cambiamos la forma en que miramos el mundo, el mundo cambia para nosotros.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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