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Tres siglos después del desastre de Law, seguimos habitando el error, tropezando con la idea de un criado torpe que, a diferencia del primero, sigue quebrando espejos en todo el mundo.
Por Juan Mario Giraldo - @juanmgiraldor
Durante la época de Luis XIV (1643–1715) cuando la vanguardia tecnológica no eran cohetes ni algoritmos, sino los lujosos espejos venecianos -auténticos Ferraris de su tiempo-, circuló por los pasillos dorados de Versalles una anécdota menor, casi doméstica. La historia de un valet maladroit (criado torpe) quien moviendo un enorme candelabro tropezó con el cordón de un tapete y se estrelló contra la pared provocando una vibración que hizo quebrar varios de los 357 espejos de la Galerie des Glaces.
El estruendo fue inmediato, el costo evidente y la culpa indiscutible. En memorias cortesanas, anecdotarios y textos que recopilan chismes de París se relata el evento pero no registran el responsable. Entre expertos parece haber consenso: no se conoce el nombre del valet maladroit. Se sabe que perdió su puesto y fue expulsado de Versalles en una especie de exilio laboral, pasando a la historia como un anónimo que causó por descuido uno de los accidentes de cristalería más memorables de todos los tiempos.
Retomo esta anécdota porque existe un paralelismo con otro criado torpe cuyo nombre sí conocemos y que tropezó no con un cordón de tapete, sino con una idea cuyos cristales rotos llevamos tres siglos barriendo. Hablamos de John Law: escocés, emprendedor, maestro de las apuestas, economista, asesino y galán. Todo un playboy del siglo XVIII quien a diferencia del criado anónimo no fue expulsado de la historia, sino canonizado por ella y sus herederos intelectuales presiden hoy los bancos centrales del mundo.
La idea descuidada de Law se presenta en su obra principal Money and Trade Considered, with a Proposal for Supplying the Nation with Money (1705) donde plantea que la prosperidad económica de una nación puede estimularse aumentando la oferta monetaria y en la que proponía crear un banco nacional que emitiera papel moneda respaldado por tierras. Esta idea fue rechazada por el Parlamento Escocés, pero en 1715, cuando muere Luis XIV y el pequeño Luis XV tiene solo cinco años y no puede gobernar, nombran como Regente encargado a Felipe II, Duque de Orleans, su compañero de parrandas con quien enamoraba muchachas en los salones de París. La combinación fue letal. Ya para 1718, con John Law a la cabeza, Francia contaba con su primer banco central listo para estrenarse con una inyección masiva y sin precedentes de liquidez en la economía.
El “Sistema de Law”, que combinaba elementos de expansión monetaria con emisión de acciones de compañías estatales, terminó causando una crisis inflacionaria y de confianza institucional que haría que los propios franceses rechazaran el papel moneda por los próximos 70 años. El banco central tocó cerrarlo y el propio Law tuvo que exiliarse en 1720 para terminar muriendo en Venecia pocos años después. La situación fue tan grave que en su tumba de la iglesia de San Moisés se lee en la lápida la siguiente inscripción: «Aquí yace un escocés célebre, calculador sin igual, quien por las reglas del álgebra llevó a Francia al hospital».
La junta de nuestro Banco Central subió en marzo la tasa de intervención al 11,25%, desatando un choque con el gobierno Petro que escaló durante todo abril. El presidente exige bajar tasas y Villar defiende la autonomía para subirlas. Se discute quién ejerce el socialismo monetario, pero no lo absurdo que resulta un monopolio estatal sobre el dinero en primer lugar. Tres siglos después del desastre de Law, seguimos habitando el error, tropezando con la idea de un criado torpe que, a diferencia del primero, sigue quebrando espejos en todo el mundo.