Pico y Placa Medellín
viernes
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Por Lewis Acuña - @LewisAcunaA
A Gabriel García Márquez le propusieron conocer el lugar más alegre y divertido que pudiera imaginarse, contaba. Fue Newton, un amigo suyo Brasileño embajador en México, quien sabiendo que el escritor viajaría a Amsterdam y que él también se encontraría allí, le propuso encontrarse en ese barcito hermoso en la calle Canal. Le reiteró con grandilocuencia que no podía perdérselo, que no podía dejar de ir a ese lugar.
Gabo cumplió. El día que habían acordado, llegó al pequeño bar, pero su amigo no estaba. Se sentó, solo, a esperarlo en una de las mesas. El lugar más alegre y divertido, en realidad parecía un velorio. Los clientes parecían autómatas. Bebían en silencio, inmóviles. Nada más alejado de lo que esperaba encontrar, de hecho, se sintió -por el contrario- en el lugar más aburrido del mundo. Pero de repente todo cambia, todo despierta, todo cobra una vida festiva que ya daba por descartada.
Las voces no solo empiezan a escucharse, una especie de euforia colectiva además se apodera de ellas. La música de golpe cambia, se incrementa, se alegra. Todo parece despertarse en cuestión de pocos minutos. Las risas cómplices y contagiosas se suman. Gabo quizá sale del letargo causado por la idea de que el aburrimiento sería el trago más fuerte que probaría en lugar.
El bar está en un sótano -y tal vez con esa sensación de un guayabo prematuro de quien no entiende del todo absolutamente nada- mira hacia donde la atención está puesta: las escaleras. La algarabía es una bienvenida. El preámbulo a la entrada triunfal del que parece destinado a desterrar el tedio. Allí lo ve, bajando por ellas. Es Newton. El sitio, como se lo había dicho, en efecto es hermoso, pero no el lugar más alegre, porque no se imaginaba lo aburrido que es cuando él no está. Era él quien llevaba la alegría. Una que con su presencia, como ocurrió aquel día, duraba hasta la madrugada. ¿Y tú?.
Piensa en cuántas veces has entrado a un sitio sin notar que todo cambia cuando llegas. Puede que normalmente creas que la energía de un lugar es algo ajeno a ti, que el ánimo es algo externo a lo que simplemente te unes. Pero no es así. Las neuronas espejo hacen que las emociones se contagien, el cuerpo responde al entorno, y el entorno muchas veces responde a ti. Aristóteles lo llamaba “ethos”, esa cualidad invisible que hace que la presencia de alguien transforme y es un concepto también sagrado. La luz no se pone debajo de la mesa, sino sobre ella, para que ilumine todo, dice la Biblia. Y sin embargo, a veces lo olvidas.
Olvidas que eres más que un reflejo de lo que te rodea, que llevas dentro una vibración que impacta a otros. Es típico creer que el ánimo depende de lo externo, que la alegría es algo que se encuentra, pero realmente también es algo que se porta, algo que se brinda. Saberlo con certeza y recordarlo siempre, es una verdad que te transforma porque dejas de pensarte y aceptarte como simple espectador y comienzas a verte como un generador. Eres tú quien lleva luz, esperanza, ánimo a otras personas que quizá estén en la barra de la vida bebiendo amarguras. Si en donde estés, sientes que falta chispa, quizá es porque la chispa eres tú... y te están esperando.