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Doblarnos sin rompernos

Una nación resiliente no es aquella a la que nada le ocurre, sino aquella que, cuando todo parece ocurrir al mismo tiempo, sabe cómo volver a levantarse.

hace 1 hora
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Por María Clara Posada Caicedo - @MaclaPosada

Colombia comienza este nuevo ciclo político bajo una acumulación excepcional de choques. El terremoto del 10 de agosto dejó 494 municipios afectados, más de 324.000 personas damnificadas y una reconstrucción estimada por encima de 30 billones de pesos. Al mismo tiempo, el país recibió del gobierno anterior una seguridad territorial deteriorada: la MOE identificó 386 municipios bajo riesgo por factores de violencia antes de las elecciones presidenciales. Y, como si fuera poco, ya se avizora un fenómeno de El Niño que ha llevado al Estado a declarar una situación de desastre nacional ante el riesgo de interrupciones graves y prolongadas del servicio eléctrico.¿Cómo gobierna un país cuando las crisis dejan de ser excepciones y comienzan a superponerse?

Una respuesta particularmente útil la ofrece Markus K. Brunnermeier, profesor de Princeton, en The Resilient Society. Su tesis parte de una distinción decisiva. Una sociedad robusta intenta resistir el golpe; una sociedad resiliente desarrolla la capacidad de adaptarse, absorberlo y recuperarse. Brunnermeier utiliza una imagen sencilla: frente a la tormenta, el roble parece más fuerte, pero puede quebrarse; el junco se dobla, se adapta y vuelve a levantarse. Colombia necesita hoy menos obsesión por aparentar fortaleza y mucha más capacidad para recuperarse. Eso implica, primero, abandonar la ilusión de que la política pública consiste únicamente en evitar riesgos. Los riesgos existen. Terremotos, sequías, violencia, crisis energéticas, epidemias o conmociones económicas pueden aparecer simultáneamente. La pregunta verdaderamente importante es cuánto daño pueden producir y con qué rapidez puede una sociedad volver a funcionar. Segundo, necesitamos construir amortiguadores. Brunnermeier insiste en los “buffers”: reservas y redundancias que parecen costosas cuando todo marcha bien, pero resultan indispensables cuando llega la crisis. Traducido a Colombia significa reservas energéticas suficientes, redes eléctricas confiables, hospitales con capacidad adicional, infraestructura antisísmica, fondos de emergencia, abastecimiento de agua, cadenas logísticas alternativas, un Estado delgado y unas Fuerzas Militares y de Policía capaces de recuperar rápidamente territorios sometidos a organizaciones criminales. La eficiencia no puede significar vivir permanentemente al límite. El propio Brunnermeier propone pasar del “just in time” al “just in case”: no organizarlo todo exclusivamente para el escenario normal, sino conservar capacidades para cuando llegue lo improbable. Tercero, la reconstrucción debe evitar lo que él denomina “externalidades de trampa”: golpes que empujan a las personas hacia situaciones de las que después resulta difícil salir. Una familia que pierde vivienda, empleo y escuela al mismo tiempo no necesita solamente un subsidio sino condiciones para volver a ponerse de pie. Por eso reconstruir colegios, hospitales, pequeñas empresas, carreteras y tejido comunitario es tan importante como levantar paredes.

Ese debería ser el criterio transversal del gobierno: medir cada decisión no solamente por su costo inmediato, sino por cuánto aumenta nuestra capacidad colectiva para soportar el próximo golpe sin colapsar. Finalmente, resiliencia significa flexibilidad institucional, diversidad de respuestas y capacidad de aprender. No podemos pensar en reconstruir exactamente la vulnerabilidad que el terremoto destruyó. No enfrentemos El Niño improvisando cuando bajen los embalses. No recuperemos territorios para abandonarlos después.

Brunnermeier sostiene que el contrato social debería permitir asumir riesgos y, cuando llegue el fracaso, ofrecer posibilidades reales de recuperarse. Esa idea resulta profundamente colombiana. Hemos sobrevivido durante décadas a violencias, narcotrafico, desastres y crisis que habrían quebrado sociedades aparentemente más fuertes.Pero sobrevivir no basta. El desafío ahora consiste en convertir esa resistencia espontánea de los colombianos en una política de Estado: anticipar, diversificar, acumular reservas, proteger a los vulnerables, aprender rápidamente y reconstruir mejor. Prepararnos mejor evita improvisar ante la emergencia.

Y es que algo queda claro. Una nación resiliente no es aquella a la que nada le ocurre, sino aquella que, cuando todo parece ocurrir al mismo tiempo, sabe cómo volver a levantarse. Y con más fuerza.

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