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Por Natalia Zuluaga Rivera - nataliaprocentro@gmail.com
Yo tenía dos años cuando mis padres casaron a su primera hija: María Piedad (20) se unió por la iglesia con Benjamín Castro Salazar, un hombre diez años mayor, ilustrado, culto y con mucho “mundo” para la época.
Tuve la fortuna de que este hombre llegara a mi familia. Si bien la mayoría de personas lo conocieron desde su entorno laboral y profesional como periodista, locutor y maestro en la radio, yo lo conocí más de cerca desde que era niña, en la intimidad del hogar y hasta sus últimos días.
Dicen que es difícil tener recuerdos de la niñez, a no ser, de que esos momentos hayan estado marcados por alguna circunstancia que te hizo grabarla en la mente. Gracias a Benjamín, tengo memorias nítidas de mi infancia, tanto por lo que representaron en aquella época como porque quedaron grabados en cientos de fotos y filminas que él nos tomó para el recuerdo.
A Benjamín siempre lo recordaré como hombre auténtico e irreverente que me llevó a conocer otros mundos y me enseñó a mirar al otro lado del espectro. Hoy, desde donde estés, Min, te dedico esta columna, que seguro hubieras corregido hasta el cansancio.
A través de los libros, el cine y su colección de películas en Betamax y VHS, así como de la música que escuchaba sus conciertos de música clásica, Bach, Händel, Pablo Milanés, Silvio Rodríguez, Mercedes Sosa, Cat Stevens, Benjamín me iba mostrando cómo hacer para vivir en este mundo; ese que parecía a veces vetado para las niñas de mi edad.
Mientras nacía Federico (mi sobrino), que por fortuna tardó varios años en nacer, mi hermano mellizo y yo éramos como sus hijos. Esta fue una ventaja para seguir “pegados” a él y a su mundo, del que fuimos aprendiendo y conociendo hasta hacernos mayores. Desde pequeña pude ver la luna, las estrellas y el universo a través de un telescopio que Benjamín tenía en su casa. Desde ese momento comprendí que el universo era inmenso, que éramos muy pequeños y que teníamos mucho por recorrer. Otro día, llegó con una película de Betamax de la gimnasta rumana Nadia Comaneci; la repetí tantas veces que terminé aprendiendo sus diálogos de memoria, y así empezó mi pasión por el cine.
Entre todos los recuerdos de niña que me llenan de nostalgia y de alegría por haberlos vivido, hoy solo me queda agradecer. Gracias, Min, porque el primer libro que me diste para leer a mis 15 años fue “No nacimos pa’ semilla” de Alonso Salazar. Esa historia, que conecta la violencia juvenil con la exclusión social y la influencia del narcotráfico en Medellín, libro determinante para que yo estudiara Derecho; esa carrera que tú no quisiste terminar para dedicar tu vida a la radio.
Benjamín abandonó la facultad de Derecho, quizás, porque el mundo no podía perderse de escuchar una voz como la suya, con esa potencia y color que la hacía única en el gremio. A esto se sumaba su conocimiento en temas de arte, cultura, historia, política y religión, así como su precisión y rigurosidad al transmitir las noticias y presentar sus informes periodísticos. Hoy se apaga “la voz culta de Antioquia”, pero como dice el poeta Carlos Boaglio: “Los hombres que ‘viven’ no se mueren nunca”. Hasta siempre, Min.