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El problema también somos nosotros

Lo verdaderamente terrible es que, por cada extranjero que se instala en la ciudad buscando todas esas cosas que a nosotros nos parecen terribles, hay un paisa que se tiene que ir, bien porque quiere huir de semejante voltaje, bien porque ya no le alcanza para vivir aquí.

hace 4 horas
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  • El problema también somos nosotros

Por Sara Jaramillo Klinkert - @sarimillo

La primera vez que Virginia Woolf visitó Nueva York le pareció una «ciudad de una fealdad espantosa; un lugar donde uno se siente como una rata en una alcantarilla de lujo». A Lorca no le fue mejor: «Nueva York es algo de lo más ignorante y de lo más cruel. Un mundo de muros secos y de una geometría de angustia». Yo fui una vez y no quiero volver. Jamás había pagado tanto dinero por una simple botella de agua ni caminado por calles tan sucias y malolientes. Les juro que después de ese viaje boté los zapatos.

Cito a Nueva York como una forma de recordar que hacer público el odio hacia una determinada ciudad no es nada nuevo, lo nuevo es que sea contra Medellín. La verdad, nadie dijo nada que no supiéramos aquí. No hay que tener dos dedos de frente para darse cuenta de que la prostitución, el narcotráfico, el ruido y las dificultades de movilidad nos tienen ahogados. No es que antes no tuviéramos esos problemas, es que ahora son tan grandes que hasta los de afuera pueden verlos. Nos criaron en la cultura del qué dirán, avíspese mijito, la ropa sucia se lava en casa, esconda la basura debajo el tapete para que la visita no la vea, el problema es que ahora hay mucho avivato, mucha visita y el tapete no alcanza para taparlos a todos. Sí, parte del problema también somos nosotros.

Tengo que admitir que amo a Medellín. Y eso que crecí padeciendo su lado más oscuro. Sobreviví la época terrible de los noventa y puedo asegurar que si la ciudad levantó cabeza después de semejante oscuridad, fue por los que nos quedamos: estudiando, trabajando, creando empresa, buscando motivos para seguir adelante, aunque fueran tan difíciles de encontrar. Podríamos habernos quedado con el título de la ciudad más violenta del mundo, pero sinceramente nos esforzamos, logramos poner la balanza a nuestro favor por una razón muy sencilla y que se nota a leguas: los paisas amamos a Medellín.

Ahora, fuera de todos los problemas que mencioné antes, tenemos otro que hace rato se nos salió de las manos y de la casa y de debajo del tapete, por supuesto, hablo de la gentrificación. Es terrible que los arriendos estén disparados y que haya cada vez más vecinos de chancleta, bermuda y gorra. Es terrible que seamos la ciudad más cara de Colombia, que los menús de los restaurantes estén en inglés y que en cualquier esquina se vendan drogas y mujeres y niñas, pregunte por lo que no vea. Es terrible que aquí haya tan pocos planes para los que no nos gusta el aguardiente ni el planchón ni el reggaetón. Pero lo verdaderamente terrible es que, por cada extranjero que se instala en la ciudad buscando todas esas cosas que a nosotros nos parecen terribles, hay un paisa que se tiene que ir, bien porque quiere huir de semejante voltaje, bien porque ya no le alcanza para vivir aquí. Y si nos vamos los paisas ¿quién va a amar y a defender esta ciudad?

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