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¿Estados Unidos está emulando a China?

Hay personas convencidas de que Estados Unidos debe parecerse más a China, ser más proteccionista, autoritaria y homogénea. Y paradójicamente, la potencia asiática se proyecta como socio estable y comprometido con el multilateralismo.

hace 44 minutos
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  • ¿Estados Unidos está emulando a China?

Son tantos y tan rápidos los cambios que se van dando en la geopolítica actual, que se hace necesario parar y tomar distancia para intentar comprender situaciones que antes parecían improbables y que ahora son una realidad. Si durante décadas Estados Unidos buscó que China se le pareciera, ahora la gran paradoja es que es la potencia norteamericana la que parece emular a su eterno competidor.

Resulta sorprendente que el interés siempre expresado por los últimos presidentes estadounidenses desde que Nixon empezó relaciones con la China comunista de Mao, haya dado tal giro en los dos meses que lleva en la presidencia Donald Trump. Mientras los anteriores gobiernos buscaron siempre que China abriera sus mercados y dejara espacio a la iniciativa privada para que floreciera la democracia, la nueva administración de la Casa Blanca parece decidida a imponer un capitalismo nacionalista de Estado semejante al que los chinos vienen desarrollando desde los años 70.

Basta una simple mirada al programa económico de la administración Trump para corroborar esta teoría. El anuncio de aranceles contra decenas de países que el mandatario hizo ayer, por ejemplo, y que calificó como “histórico” le pega un martillazo a las bases del comercio mundial. Entre las medidas anunciadas, Washington impuso arancel de 10% a prácticamente todas las importaciones desde América Latina, a partir de este viernes 5 de abril. Y una tanda más fuerte de 20% para la Unión Europea y de 34% para China, que comenzarán el 9 de abril.

Apoyándose en el proteccionismo, Estados Unidos pretende impulsar la producción industrial, abandonando los principios de la globalización y de la economía liberal de mercado. Al mismo tiempo, su política industrial favorece las inversiones públicas en sectores estratégicos tan poderosos como el tecnológico, en manos hoy de una selecta oligarquía con acceso privilegiado a los entes del Estado.

Y si nos fijamos en la estrategia política del nuevo gobernante estadounidense, nos daremos cuenta de que intenta recortar libertades y derechos civiles tan elementales como la libertad de expresión, además de promover una lectura única de la historia del país. Todo lo que Xi Jinping ha hecho durante su presidencia.

A lo anterior se suma la grave crisis constitucional que abrió Trump al menospreciar al Congreso y desobedecer a los jueces, pelearse con sus aliados de Europa, México y Canadá y alinearse con la Rusia de Putin en escenarios tan significativos como el de Naciones Unidas.

Al revisar las últimas décadas de la política china afloran algunas reformas económicas que aplicó el Partido Comunista por sugerencia de Estados Unidos, pero también se ven las serias restricciones a la inversión extranjera que mantuvo. A la par, fue firme en la exigencia de monopolizar el control de la tecnología para conseguir producir más barato todos aquellos artículos que consumían las sociedades occidentales.

Con mucha habilidad, China se convirtió en la fábrica del mundo y alivió las desigualdades que el capitalismo iba creando. La ilusión de que cualquiera pudiera acceder a productos que antes eran privilegio de unos pocos, a costa de la calidad, se extendió por todas partes. Semejante globalización permitió mantener la calidad de vida de las clases medias en Occidente al tiempo que sacó a mil millones de chinos de la pobreza.

Pero al llegar Xi a la presidencia en 2013 el panorama para el resto del mundo empezó a nublarse. Su gobierno comenzó a subvencionar empresas privadas, frenar la inversión extranjera, confiscar la propiedad intelectual de las compañías occidentales en China, subsidiar las exportaciones y cerrar el sistema financiero pahra poder ajustar el valor de la moneda. Consiguió así que los productos chinos ganaran en calidad y valor añadido, al tiempo que mantuvieron su competitividad. Y demostró de pasada que el capitalismo también puede funcionar donde la democracia, tal cual la entendemos, no se ejerce.

Todo esto, tan bueno para China, tuvo consecuencias en las zonas industriales de muchos otros países que ya no podían competir y que inevitablemente llevaron al cierre de fábricas. Cientos de miles de ciudadanos de la globalización se fueron quedando atrás y se convirtieron en el caldo de cultivo ideal para que crecieran populismos como el Make America Great Again (MAGA) de Trump.

Por sorprendente que parezca, ahora hay personas convencidas de que Estados Unidos debe parecerse más a China, es decir, ser más proteccionista, autoritaria y homogénea. Y paradójicamente, la potencia asiática se proyecta como un socio estable y comprometido con el multilateralismo. Al punto de atreverse a recomendarle a Estados Unidos menos proteccionismo y más inversiones extranjeras.

Seguro que el presidente chino siente algo de frescor al ver cómo las fórmulas aplicadas en su país durante tanto tiempo se han convertido en el modelo a seguir por sus eternos rivales, quienes por el momento no tienen más consejos que dar.

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