David Sánchez tuvo su primera cámara a los 14 años. Se la regalaron su papá y su mamá, después de insistir por meses. Quería hacer videos como los que veía en televisión, pero sobre todo en internet, que recién había llegado a su pueblo, El Libano, Tolima.
–En ese momento yo estaba viendo muchas películas, me gustaba mucho el cine, también veía mucha televisión local. Cuando llegó el internet y empecé a ver videos de skate, documentales de graffiti y el detrás de cámaras de cómo hacían las cosas, me pareció muy chimba hacer eso, cortometrajes, grabar... Cuando me dieron la cámara y empecé a grabar me di cuenta de que eso no me gustaba tanto, o que tal vez el equipo no me daba para eso, y empecé a hacer fotografías desde una exploración muy inconsciente, porque uno en ese momento no reflexiona tanto sobre lo que está haciendo. Eso pasó más adelante, con los golpes y los sucesos de la vida que lo sientan a uno y le dan los motivos de por qué hace lo que hace –dice David.
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Empezó registrando lo que tenía más próximo: su casa, su familia, su sobrino que estaba chiquito, sus papás, que han sido sus referentes; sus amigos, la vida cotidiana, íntima, nada parecía muy extraordinario. Así estuvo un par de años, la fotografía no era mucho más que un pasatiempo, nada de lo que se pudiera vivir.
–Para mí la fotografía nunca fue una profesión. Yo vengo de un lugar donde el fotógrafo no ocupa un lugar de privilegio o de estatus dentro de la sociedad. Soy de un pueblo, allá no existía esa posibilidad, ni en mi cabeza, ni en la de mis papás. Hacer fotos era un oficio, una recocha que se me terminó saliendo de las manos –añade David.
Quiso estudiar arquitectura, pero finalmente se decidió por trabajo social. Se fue a estudiar a Manizales, y justo en ese momento, cuando parecía que se alejaba de la fotografía, se acercó más.
En Manizales se encontró con una escena punk fuerte, consolidada y con una estética que captó de inmediato su atención y empezó a retratarla. Conoció la fotografía analógica y eso le abrió un universo de posibilidades. Comenzó a estudiar, a ser más riguroso en la parte conceptual, técnica y referencial, y eso hizo que su trabajo fuera destacado, reconocido.
–La gente empezó a valorar mi trabajo y a mí eso nunca me había pasado. Yo hacía las fotos sin ninguna pretensión, era algo muy pasional, no me preocupaba si alguien las iba a ver o no, simplemente era una fotografía de la sinceridad absoluta, de la intuición –dice David.
La carrera, por su parte, le ayudó a desarrollar todo un andamiaje crítico, teórico y conceptual, a poner a su fotografía en contexto.
–Más allá de hacer fotos que se vean lindas, es que las fotos tengan algo qué decir, que generen ruido, preguntas y que se hagan con tiempo, con paciencia, con metodología, que haya escucha activa, acción sin daño, esas son cosas que me dio el trabajo social, que me forjaron sensitivamente, y luego las anclé a la fotografía –apunta David.
Los dos mundos, el de la fotografía y el trabajo social, se juntaron en su proyecto de práctica llamado Narrativas del Bajo Andes, otro mundo posible. Un trabajo de un año en el que David registró el acceso de los jóvenes de Bajo Andes, un barrio de invasión en Manizales, a los derechos culturales. Allí, en ese proceso conoció el gravity, un deporte extremo y de alto riesgo, que consiste en descender pendientes a alta velocidad utilizando bicicletas modificadas.
Pero David no vio el riesgo, lo que vio en los ‘gravitosos’ fue otra forma de ser, de vivir y de estar en el mundo que choca contra otras más tradicionales o ya establecidas. Se encontró otra forma de ser joven, se encontró a sí mismo.
La fotografía, escribió la filosofa y ensayista Susan Sontag, es “como unos binoculares cuyos extremos pueden confundirse, la cámara vuelve íntimas y cercanas las cosas exóticas, y pequeñas, abstractas, extrañas y lejanas las cosas familiares”.
En el caso de David, la cámara se detiene frente a lo cotidiano, registra aquello en lo que ya nadie repara, las historias pequeñas, la gente de a pie. Mira con atención, con paciencia, y termina viéndose ahí, en eso que ve. La fotografía de David es siempre un encuentro.
–Mi fotografía es un trabajo de espejos, un encuentro, una confrontación constante con uno mismo, sin romantizar el proceso, claro está. Hay cosas muy complejas y muy chocantes, vueltas que uno se va encontrando de su vida, de sus relaciones con su familia, sus amigos, sus parejas. En todo eso siempre hay algo propio, un entendimiento de uno. Por eso la obra siempre está en construcción, uno nunca sabe donde va a terminar. Por ejemplo, lo que yo hacía hace un año es muy diferente a lo que hago ahorita, y eso está bien, porque para mí la fotografía no es un documento quieto, sino vivo, que se transforma con los demás –sostiene.
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¿Qué es lo que más lo ha sorprendido en estos años, de tanto que se ha encontrado a través de la fotografía?
“Algo que he visto es que no somos tan diferentes. Siempre encuentro las similitudes, siempre encuentro los lugares de conexión con el otro, más allá de las diferencias. Si bien Colombia es un país que por donde tú lo mires parece diferente, a la final todos somos iguales de cierta forma”.
¿Es más que queremos remarcar las diferencias para difuminar las similitudes?
“Sí, nos preocupamos más por marcar las diferencias y el camino nos dice es que somos más parecidos de lo que creemos. A mí me parece curioso que en todos estos años y siendo mi trabajo tan personal y autobiográfico haya gente a la que le interese. Eso me vuela la cabeza porque sigo teniendo el mismo pensamiento de un pelao de un pueblo. Pero la mayor sorpresa sí ha sido esa: lo mucho que nos parecemos y cómo todos tenemos manera de reconocernos en la otredad”.
El que mira siempre encuentra algo propio en sus fotos, aunque no sepa bien qué es...
“Sí, la gente conecta desde su lugar. Mucha gente me dice, esto me acuerda de mi abuela, de mi mamá, de mi casa, de donde nací. Entonces es una fotografía de ese territorio de todos, es una fotografía del lugar común”.
Es a la vez una realidad que no se quiere reconocer...
“Hay lugares donde mi fotografía no va a entrar, donde nuestro territorio no entra, nuestra relato no existe, lo quieren acabar, el poder de lo múltiple lo quieren volver algo homogéneo”.
Es una realidad que se lee muchas veces solo como una estética...
“Si, y eso es lo que a mí no me interesa. Yo no quiero que mi fotografía se entienda solamente desde lo estético. Yo quiero que mi fotografía sea más política y territorial que estética. Ese es uno de los problemas que a veces puede llegar a tener mi imagen y es que se presta mucho para el utilitarismo de los que dicen: “ah, que chimba esto, se ve lindo, venga yo lo cojo y lo pongo en mi videoclip o lo hago un poquito más suavecito para que sea más vendible”, pero le están quitando toda su fuerza”.
En este punto David quiere volver al principio. Quiere hacer video, documental, quiere hacer películas, darles movimiento a las imágenes, contar todo lo que hay detrás, la historia que hace posible cada foto. Quiere que se entienda más, mejor. Por ahora está haciendo collage, destruyendo y reconstruyendo las imágenes, jugando, buscando el movimiento, su manera propia, porque lo suyo es díficil de catalogar, no es fotografía documental ni periodistica ni artística. Es fotografía latinoamericana.
–La fotografía latinoamericana se trata de expandir la imágen, de no verla cortica, ni pulcra, ni idolatrada por allá en un museo, sino algo que se puede tocar, una imágen viva. Ese es el proceso en el que estoy actualmente y ha sido muy nutritivo, me da otro entendimiento de un mundo que tiene muchos significados en tantos temas simbólicos, narrativos, de texturas, de formas, de vectores, de grafías. Entonces se amplía un universo que ya está, como desenredar estos nodos en los que se mueve uno cuando selecciona estos temas para fotografiar –dice.
Quizás la forma de evitar que las imágenes sean solo una estética es viendose realmente ahí. Encontrándose en el otro, es decir, dándole un lugar dentro de uno. Saber que eso que uno mira y celebra o juzga es propio, está adentro de nosotros. Eso es lo que ha intentado hacer David. Su fotografía empezó adentro, en su casa, retratando su intimidad y se fue ampliando, a sus amigos, su barrio, su pueblo, otros pueblos, el país. La fotografía de David va recorriendo lugares, va borrando las fronteras, trazando un mapa distinto.
El trabajo que aspira ser crítico empieza siempre en cada uno, cuestionando lo propio. No hay reflexión posible, cuando uno la vida se vive como una certeza.
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