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El regreso del lobo terrible y el debate sobre la desextición de animales

El regreso anunciado del lobo terrible no fue una resurrección, sino una recreación parcial que plantea preguntas sobre los límites de la ciencia y la urgencia de proteger la biodiversidad actual.

  • sdsaf Uno de los cachorros de cinco meses exhibe el tamaño y el pelaje atribuidos al lobo terrible, aunque no pertenece a la especie original extinta. FOTO Cortesía Colossal Biosciences.
    sdsaf Uno de los cachorros de cinco meses exhibe el tamaño y el pelaje atribuidos al lobo terrible, aunque no pertenece a la especie original extinta. FOTO Cortesía Colossal Biosciences.
hace 2 horas
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Imagine por un momento el aullido de un animal que no se oye en la Tierra desde hace 10.000 años. La escena es potente, cinematográfica. Pero la ciencia, menos proclive al mito, dice otra cosa: lo que algunos celebran como “regreso” del lobo terrible no es una resurrección, sino un experimento de edición genética que replica rasgos de una especie ya desaparecida, y ese matiz cambia el debate: no se trata solo de si podemos, se trata de qué estamos haciendo realmente y para qué.

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El caso estalló con el anuncio del Colossal Biosciences –una empresa estadouniense de biotecnología e ingeniería genética que trabaja para desextinguir varios animales extintos–, que presentó a Rómulo, Remo y Khaleesi como lobos terribles nacidos tras reescribir 14 genes clave del lobo gris para que coincidieran con variantes identificadas en material genético antiguo. La compañía sostiene que estos cambios bastaron para producir diferencias visibles —tamaño, conformación craneal y mandibular, pelaje, vocalizaciones— y que las mismas técnicas podrían ayudar a evitar nuevas extinciones: desde fortalecer elefantes ante el calentamiento global hasta “devolver” diversidad genética a especies en cuello de botella. Y claro que la narrativa es seductora, el problema, advierten investigadores colombianos, es confundir recreación parcial de rasgos con desextinción de una especie.

“El mayor riesgo es que la gente crea que la extinción no importa porque todo lo vamos a recuperar dentro de diez o veinte años. No es tan fácil como suena. Lo que se logra no es el mismo animal original, es un híbrido que termina siendo otra cosa”, explica Sergio Solari, coordinador del Grupo de Mastozoología de la Universidad de Antioquia. Y la diferencia no es semántica: clonación es copiar un genoma existente y edición es modificar segmentos de ADN para parecerse a otro. En el caso reportado, no se “insertó” ADN antiguo del lobo terrible en un lobo gris, se reescribieron genes del lobo gris guiados por referencias paleogenómicas. “Si a un libro le arrancamos una página, tal vez no pase nada, sin embargo, puede que justo ahí estuviera lo esencial. Así ocurre con los genomas fragmentarios: lo que falta podría ser lo que hacía viable al organismo en su ambiente”, añade Solari.

Alejandra Bonilla, bióloga y doctora en Ecología y Evolución, coincide en la precisión: “14 genes frente a 20.000 no significan desextinción. Podemos obtener la apariencia de un lobo terrible, aunque en esencia siguen siendo lobos comunes”. A escala de genoma, señala, hablamos de un puñado de ediciones frente a decenas de miles de genes. A escala ecológica, el salto es abismal: una especie no es un individuo. “Sin diversidad genética la probabilidad de adaptación es bajísima y aumentan los riesgos de enfermedades. Lo que tenemos son tres animales parecidos, no una población viable”, subraya.

Aquí aparece el segundo gran bloque del debate: los riesgos. La Unión para la Conservación de la Naturaleza UICN, advirtió que sugerir que la extinción es reversible por tecnología puede socavar la urgencia de conservar lo que existe. También están los riesgos prácticos: introducir organismos con combinaciones génicas nuevas en ecosistemas actuales puede producir efectos no previstos —desde fallas fisiológicas hasta potencial invasividad— o, en el extremo contrario, animales incapaces de sobrevivir fuera de reservas controladas. Según reportó Time, “los cachorros viven en un predio cercado y no se contempla su liberación”. Si la “desextinción” solo produce residentes permanentes de recintos experimentales, el valor ecológico es limitado y el costo de oportunidad, alto.

El tercero es un dilema ético y de prioridades. ¿En qué invierte una sociedad finita? Bonilla responde con contundencia: “A mí me parece perverso gastar un montón de dinero en generar tres o cuatro individuos para satisfacer nuestro ego, cuando hay especies que en este momento necesitan protección real de su hábitat. Es un mensaje equivocado, porque transmite la idea de que la humanidad puede eludir su responsabilidad con la conservación”.

El recordatorio no es menor: la genómica exige infraestructura, personal y presupuesto sostenido. En Colombia se avanza con limitaciones reales. Mientras tanto, bosques, páramos y mares sostienen especies en riesgo inmediato por pérdida de hábitat, cambio climático, contaminación y tráfico. El país es megadiverso y simultáneamente vulnerable. La pregunta no es si investigar biotecnología —es deseable—, es qué problema se resuelve primero: ¿aumentar la tolerancia a toxinas en un marsupial de otra región o cerrar la brecha de información y manejo para anfibios andinos que se extinguen ahora? ¿Recrear rasgos de linajes perdidos o recuperar conectividad ecológica para jaguares, dantas y osos de anteojos?

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Un cuarto asunto es comunicacional, pues la espectacularidad de los anuncios —mamuts en 2028, lobos “resucitados”— tensiona la frontera entre divulgación y marketing. Bonilla lo advierte: “Entre científicos hay cosas que son claras y aun así cuando el mensaje llega a la sociedad se tergiversa. No podemos dar la idea de que la extinción es un juego reversible. Ese discurso puede ser devastador para la política ambiental”. Y esto que menciona no es un detalle, pues en tiempos de algoritmos, los titulares grandilocuentes instalan ideas persistentes —“si se extingue, la revivimos”— que pueden desarmar políticas de conservación basadas en prevención y manejo del territorio.

¿Qué hacemos, entonces, con la promesa? Una vía sensata es descontaminar el término “desextinción” y nombrar con precisión: ingeniería de rasgos de inspiración paleogenómica. Esto permite discutir sin falsas expectativas. Otra, aceptar que la caja de herramientas genética es útil si se orienta a fines concretos de conservación in situ y ex situ: rescatar diversidad perdida en líneas vivas, mejorar trazabilidad genética para monitoreo poblacional, o acelerar diagnósticos ante patógenos emergentes. Hay ejemplos donde la edición podría reducir daño —por ejemplo, resistencia en especies nativas frente a invasores o enfermedades—, no obstante, requieren evaluación de riesgo, gobernanza y consenso social robustos antes de salida de laboratorio.

Así las cosas, el espejo colombiano ordena el debate. Un país que conecta dos océanos y pisos térmicos en pocos kilómetros, que perdió cobertura de bosques secos a mínimos históricos y que libra batallas por corredores biológicos, no puede distraer su agenda: evitar nuevas extinciones. Eso implica presupuesto estable para áreas protegidas y autoridades ambientales, justicia ambiental en territorios con economías extractivas, ciencia de largo aliento para conocer lo que ni siquiera hemos descrito, y alianzas con comunidades que cuidan ecosistemas en el día a día. Es menos espectacular que un mamut en portada, pero salva especies reales.

Al final, la pregunta no es si algún laboratorio logrará aullar con mayor fidelidad al pasado. Es si tendremos la voluntad política y social para que los aullidos, trinos y croares del presente no se apaguen. Porque una especie no es un set de genes intercambiables; es una historia de relaciones en un lugar y un tiempo. Y esas historias, aquí, todavía pueden escribirse si elegimos invertir primero en lo vivo.

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