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Trump en billetes, visas y pasaportes: inquietante culto

a la personalidad

El presidente de Estados Unidos se ha encargado de que su nombre y cara aparezcan en varios símbolos de su país, además su gabinete lo cree casi un hombre infalible que no se equivoca. Estos son signos que ya han tenido hombres que pasaron a la historia por fundar dictaduras.

  • Desde una estatua de casi cinco metros, encargada por sus fans, hasta aparecer en billetes, así va Trump FOTO AFP y Getty
    Desde una estatua de casi cinco metros, encargada por sus fans, hasta aparecer en billetes, así va Trump FOTO AFP y Getty
  • Daniel Rivera Marín

    Daniel

    Rivera Marín

Daniel Rivera Marín

Editor General

29 de abril de 2026
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Cuando Donald Trump apareció en Mi pobre angelito 2, por allá en 1992, ya era un hombre muy conocido en el ambiente farandulero e inmobiliario de Estados Unidos; aquella escena fue grabada en el Hotel Plaza, de su propiedad, y en el contrato con la productora se estipuló que el magnate tenía que salir en cámara dándole instrucciones al pequeño Kevin, el personaje que hizo famoso a Macaulay Culkin. En esa anécdota poco conocida perviven dos rasgos del carácter del presidente de Estados Unidos: su capacidad de negociación y el amor por su imagen.

Como empresario, Trump ha hecho de su nombre una marca: aparece en barcos, aviones, edificios, una veintena de campos de golf, clubs empresariales y hasta conjuntos residenciales, corbatas y agua en botella. Quizá el presidente fue uno de los primeros que se anticipó a las redes sociales e hizo de su nombre una marca personal; hay que recordar el reality show El aprendiz, donde enseñaba a una veintena de soñadores a cómo hacerse millonarios. Existe un video famoso, totalmente de ficción, donde saliendo de un edificio le compra un carro a una mujer y, como está de afán, también le compra los niños porque no tiene tiempo de bajarlos de la silla de atrás.

Ahora que es por segunda vez presidente, y que se asoman sus delirios de emperador, que tiene entre sus manos el verdadero poder, el egocentrismo deja de ser un chiste y se convierte en un rasgo preocupante.

Cuando apenas empezaba este periodo presidencial, la agencia Reuters publicaba: “Desde que regresó al cargo en enero, el presidente republicano ha estampado ​su nombre en destacados edificios de Washington, en un proyecto de buques de guerra de la Armada, en un programa de visas para extranjeros ricos, en un sitio web gubernamental de medicamentos con receta y en federales de ahorro para niños.

Algunos historiadores lo ven como un esfuerzo superficial por construir un legado que no resistirá el paso del tiempo. El cambio de nombre del principal centro de espectáculos de Washington por el de Centro Conmemorativo de las Artes Escénicas Donald J. Trump y John F. Kennedy generó polémica y varias actuaciones se han cancelado en señal de protesta”.

Pareciera que Trump se quiere adelantar a la historia, y quiere ver su nombre en calles y bustos antes de que el tiempo se lo lleve por delante, pero sus esfuerzos se pueden ir por tierra con la administración que se ha enfrascado en una guerra, casi trampa, con Irán, y que tiene la economía gringa completamente inestable.

Sobre esta aparición por todas partes del rostro del presidente, The New York Times publicaba: “Aunque Trump ha pasado toda su vida promocionando su marca personal (...) lo que está haciendo en su segundo mandato se acerca más a un culto a la personalidad que nunca se había visto en la historia del país. Otros presidentes buscaron cultivar su reputación, pero ninguno ha llegado tan lejos como Trump para crear un personaje mitificado, sobrehumano y omnipresente que conduzca a la idolatría.

Su imagen ha aparecido por toda la Casa Blanca, en pancartas de varios pisos que cubren las fachadas de edificios federales, en los pases anuales de los parques nacionales y pronto podría estar en una moneda de un dólar. Su nombre se ha plasmado en el Centro John F. Kennedy de Artes Escénicas, en el Instituto de la Paz de Estados Unidos, en cuentas de inversión federales, visas especiales y un programa de descuentos en medicamentos y, si se sale con la suya, en el aeropuerto internacional Washington Dulles, en la estación Penn de Nueva York y en el futuro estadio de los Comandantes de Washington”.

En esa andanada de horror vacui, en la que no resiste ver espacios sin su nombre, como si representara al personaje de una novela dictatorial y distópica, las dos últimas decisiones son las más escandalosas: se imprimirán una serie de billetes de un dólar con su firma —lo que garantizará que su rastro circule durante años por la cotidianidad de los estadounidenses— y su cara saldrá en los pasaportes.

La cosa es que la foto de Trump aparecerá en algunos pasaportes de Estados Unidos, en una edición limitada para conmemorar el 250º aniversario de la Declaración de Independencia que se celebra este año.

La noticia fue compartida por el portavoz del Departamento de Estado el martes pasado, donde mostraba un artículo de Fox News. Állí se veía la imagen de Trump en el pasaporte superpuesta sobre la Declaración de Independencia, con su firma debajo.

Hay pocos precedentes modernos en el mundo, y menos aún en una democracia, de fotos de líderes en ejercicio que aparecen en los pasaportes, ya que la mayoría de los países prefieren representar imágenes históricas o de la naturaleza.

Los pasaportes estadounidenses actuales muestran varias escenas de la historia del país, como el alunizaje, junto con lugares o monumentos históricos como la Estatua de la Libertad.

Donald Trump ha sabido capitalizar los momentos difíciles que ha pasado en su vida política, y quizá el punto de no retorno fue el 13 de julio de 2024, cuando le dispararon en la ciudad de Butler, Pensilvania, mientras daba un discurso de campaña. Entonces los agentes del Servicio Secreto se le fueron encima y él se levantó con un puño al aire, la cara ensangrentada y gritando como si regresara del infierno: “Lucha, lucha, lucha”. Fue en ese momento cuando se erigió el culto a la personalidad.

Esa religión “trumpeana” ha sido insuflada por un puñado de cultores, casi todos ellos emprendedores y ricos digitales que ven en el republicano un pequeño dios —entre ellos estuvo el mismísimo Elon Musk, quien lo veneraba hasta que partieron cobijas—.

Hace varias semanas los medios estadounidenses contaban la historia de una escultura llamada “Don Colossus”, de 4.6 metros de altura y recubierta de oro. Se trata de una enorme obra de bronce, diseñada para alcanzar los dos pisos de altura una vez instalada sobre una base de 2.720 kg. Representa a un Trump desafiante, alzando el puño en los momentos posteriores al atentado de 2024. Sin embargo, la estatua de 360.000 dólares, encargada por empresarios de criptomonedas y seguidores, ha esperado más de un año para ser erigida, en parte porque el escultor Alan Cottrill aún no ha recibido su pago.

Pero esto es solo una muestra del fervor que aúpa el amor propio de Trump. Hace varias semanas el diario The New York Times explicaba que Estados Unidos terminó enfrascado en la guerra con Irán luego de que el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, lo convenciera de que la intervención era pan comido. Ninguno de sus ministros y asesores pudo hacerlo echar para atrás, pues están convencidos de que Trump tiene un instinto que lo lleva a tener éxito, como sucedió con el caso de Venezuela o el de Gaza.

La historia ha demostrado tantas veces que los hombres que se creen iluminados por la verdad terminan presos de sus palabras y que los imperios suelen caer por el exceso de confianza, como cuando Ciro el grande entró a Babilonia luego de desviar el río Éufrates, aprovechando el lecho secó que rodeaba la ciudad, así acabó con un imperio. El problema hoy con Estados Unidos es que están embelesados con la imagen de Trump, algo que ya se vivió en la Unión Soviética con Lenin y Stalin, en España con Franco, en Cuba con Fidel.

En enero pasado, en el Foro Económico Mundial en Davos, Trump dijo unas cuantas frases inteligibles: “Normalmente dicen: ‘Es horrible, como un dictador; yo soy un dictador’ (...) Pero a veces se necesita un dictador”. The New York Times pidió a la Casa Blanca una explicación sobre esas palabras y el director de comunicaciones, Steven Cheung, dijo: “El presidente Trump pasará a la historia como el presidente más exitoso y relevante de nuestra vida. Ha construido el movimiento político y cultural más poderoso de la historia. Sus éxitos en nombre del pueblo estadounidense quedarán grabados en el tejido de Estados Unidos y los sentirán en las Casas Blancas que vengan después de él”.

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