Pico y Placa Medellín

viernes

2 y 8 

2 y 8

Pico y Placa Medellín

jueves

5 y 9 

5 y 9

Pico y Placa Medellín

miercoles

4 y 6 

4 y 6

Pico y Placa Medellín

martes

0 y 3  

0 y 3

Pico y Placa Medellín

domingo

no

no

Pico y Placa Medellín

sabado

no

no

Pico y Placa Medellín

lunes

1 y 7  

1 y 7

Tres relojes

hace 2 horas
bookmark
  • Tres relojes
  • Tres relojes

Por Amalia Londoño Duque - amalulduque@gmail.com

Tengo una amiga igual de obsesionada que yo con el tiempo. Su casa está repleta de relojes de todo tipo, a veces ella se pone uno en cada mano y, para rematar, hay dos lugares de su casa marcando la hora con diferencia de quince minutos. En la cocina son las 6:30 a.m. y en la habitación el reloj marca las 6:15 a.m. Dice que le gusta llegar a la cocina sin sentir afán para hacer el café y que, de alguna manera, adelantar el reloj le da un placer curioso: sentir que el tiempo pasa, pero que aún hay tiempo, que no hay necesidad de acelerarse.

Este mes el calendario de todos está como la casa de mi amiga: suenan ahora tres relojes que casi nunca coinciden. Hay un Papa todavía nuevo, León XIV, comenzando viajes papales y mensajes que dejan ver su identidad al mundo; empezó un Mundial que tendrá partidos en tres países simultáneamente y, en la mitad de todo, Colombia va por la segunda vuelta presidencial tras un año de campaña y un 2026 agotador, lleno de ruido, polarización y decepciones.

Vivir mucho, en el fondo, es ver pasar estas cosas: papados, mundiales, gobiernos. Cada uno parte el tiempo en un antes y un después, y rara vez los vemos coincidir como ahora, sonando juntos, cada uno marcando la hora a su manera.

El tiempo del Papa es el más lento, se mide en siglos, en una institución de dos mil años que cambia despacio y que, cuando habla, lo hace pensando en generaciones. El del Mundial es más cruel: vuelve cada cuatro años y, al volver, como lo dije hace poco en otro texto, nos pone de frente a nuestra propia vejez. Los jugadores que vimos jóvenes ahora se despiden y en ese relevo uno se mide a sí mismo, todos calculamos cuánto hemos vivido entre una copa y otra.

Y el tiempo de la elección, el más corto, resulta siendo el que más nos exprime y nos agota. Un cuatrienio, muy corto si se quiere evaluar un gobierno, pero demasiado largo si se padece un desgobierno.

Y es que cuatro años, conviene recordarlo, es mucho. Hagamos el ejercicio: piense dónde estaba hace cuatro años, en la elección pasada. Quién vivía todavía, qué relación empezaba o terminaba, qué hijo no había nacido, qué duelo no había llegado, qué casa, qué ciudad, qué trabajo. Lo mismo vale para un país. En cuatro años una nación puede ganar o perder la salud de su gente, la seguridad de sus regiones, la confianza en sus instituciones, el aire que respiran sus conversaciones, ya lo hemos visto.

Cuatro años alcanzan para transformar una vida y, también, para marcar a varias generaciones. Hay gravedad en esta elección, hay que entender que el reloj más corto, el de los cuatro años, es el que más rápido cambia la vida concreta de la gente.

Y por supuesto, que el doble de ese plazo, si se prolonga un rumbo que ya mostró sus costos, pesaría aún más.

Mi amiga adelanta sus relojes para sentir que, aunque el tiempo pase, todavía le alcanza. Con un país no se puede hacer esa trampa amable: el reloj de los cuatro años empieza a correr la noche del domingo y corre de verdad, sin quince minutos de ventaja. De lo que decidamos en las urnas dependerá buena parte de lo que podamos contar dentro de cuatro años.

Sigue leyendo

Regístrate al newsletter

PROCESANDO TU SOLICITUD