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Por David González Escobar - davidgonzalezescobar@gmail.com
Lo veo difícil, así esta columna esté impresa en un periódico. Y no es un fenómeno solo colombiano, aunque la situación local sí parece especialmente grave.
Sigo con atención, y con cierta sensación de anonadamiento, un ejercicio sencillo pero juicioso que hace Valora Analitik a partir de información pública: recopilar año a año los ingresos y utilidades —o, más bien, las pérdidas— de los principales medios de comunicación del país.
En 2025, los principales medios sumaron cerca de COP 2,5 billones en ingresos, pero acumularon COP 127.000 millones en pérdidas. Una foto similar a la de 2023 y 2024.
Sin embargo, en este caso promediar todo despista: en esa cifra agregada se mezclan negocios de naturalezas muy distintas. Por un lado está la televisión, que concentra la mayoría de los ingresos del sector y todavía registra utilidades cada año en cabeza de Caracol Televisión. Por otro, los nativos digitales, con modelos de negocio más ligeros que los acercan al punto de equilibrio.
Cuando se mira solo a los periódicos, la situación es preocupante. Los siete medios de los que Valora Analitik recoge información en los últimos tres años acumulan pérdidas por cerca de COP 190.000 millones desde 2023, periodo en el cual sus ingresos sumados, además, decrecieron 20%. Una foto parecida se repite en la radio, donde además hemos visto recientemente la integración de La FM con RCN Radio y la fusión de W Radio con Caracol Radio como respuesta a la crisis.
No es un fenómeno exclusivo a los colombianos. Lo supo poner claramente el analista de tecnología Ben Thompson: los medios no están en crisis por mala gestión, sino porque desapareció la fuente estructural de sus utilidades: ser el único intermediario entre el contenido y el lector en un territorio. El internet volvió esa distribución de contenido en algo gratuito, y los “agregadores” de la atención humana en el siglo XXI —Google y las redes sociales— se quedaron con aquella relación rentable: la pauta y buena parte de la audiencia de la que vivían los medios tradicionales se esfumó hacia otros lugares.
En un principio hubo una suerte de apuesta “romántica” de los medios tradicionales ante esta realidad del cambio tecnológico: virar hacia modelos de suscripción digital, que en teoría alinearían todos los incentivos. El contenido pasaría a deberse a sus lectores —y, por tanto, a la calidad— en vez de a la pauta. En ese modelo tuvieron éxito el New York Times y unos pocos más como The Economist, WSJ o el Financial Times. Pero la competencia es global, triunfan unos pocos, y la propensión a suscribirse digitalmente es mucho menor de lo que fue en físico, sobre todo en países emergentes como Colombia.
Un análisis de Nieman Lab lo ilustra bien: la mayoría de los periódicos en Estados Unidos tienen hoy el 20% o menos de suscriptores digitales frente a los que tenían en impreso a comienzos de siglo, suscriptores que además pagan menos. La situación no debe ser mejor en Colombia. Un milagro se necesitaría para que con todo esto los medios tradicionales no estuvieran en crisis.
La época en que los periodistas brincaban a la presidencia probablemente quedó atrás, pero los medios mantienen una función indispensable: informar verazmente. No sé si salvación, pero mi apuesta es que su futuro está en una de dos vías: el “sin ánimo de lucro”, en manos de quienes vean en ellos un bien público que vale la pena sostener; o el “medio partidista”, de quienes lo tengan para un propósito claro de poder. Porque el modelo de negocio de antes está, para siempre, roto.